miércoles, 25 de abril de 2012

Somno 34

Eran primeramente dos siluetas
como las de las tardes de retorno:
dos instantes y un ambiente.
En un gran prisma de silencio
buscaron sus espejos
y sobre un mismo lienzo se trocaron:
quedó rota la indiferencia.
Eran la transparencia de su imagen
y sus etéreas sombras se cruzaron flameantes.
Tan sólo en un instante de ansia inmensa
un sentimiento como el hierro incandescente
dejó el labio sangriento por el beso
y un amplio latigazo marcó el seno.
Y sobre el eco, el cuello sintió miedo
y restalló ante el abrazo de su cuerpo.
Un amor denso
sonó en la rabia de su escalofrío,
                                                           ciegamente.
   
  
* (Este es el poema de Corro más antiguo del libro y uno de los más apreciados por Luis Arroyo, que lo conoció en el primero de aquellos tres años en que fue profesor mío del bachillerato. Si algo tenía aquella escritura era la inmediatez de su impulso no sometido al control de unos conocimientos y técnica que algo después sí que condicionaron el posterior ejercicio, hasta que de nuevo concibes desprenderlos del momento creativo. El oído, la intuición, la importancia de las imágenes modulaban esta sensibilidad a través de lo amoroso y lo erótico presente en buena parte de la escritura de aquella inicial edad en la que irrumpía así la afortunada identidad de este territorio. Por la temprana edad a la que fue escrito y el mundo que salva, se demuestra que la escritura, cuando es clara y espontánea como sucede con la naturaleza, permite una intemporalidad a la que acudir siempre, a mano de cualquiera otra edad y circunstancia.)

miércoles, 18 de abril de 2012

Remolino

Se alza la niebla
y un remanso de sol
alboroza abubillas.
  
Viene de lejos
la algarabía imprevista
que aquí salpica.
  
El camino celebra
su danza luminosa
a donde vayas.
  
Será a la tarde
un chillido de gala
en la memoria.
  
Aunque no vieras,
la vida recomienza
tras cada curva.
   

miércoles, 11 de abril de 2012

Estela

Ya que no me conoces,
déjame que lo exprese:
revivo en mí la fuerza
que hacia nada conduce.
En el lugar del sol
un ídolo de olvido
vuelto bruma se rinde.
O yo solo he esperado
ver como nace el aire.
Del espejismo queda
silencio en cada nombre.
Y un pájaro de barro
por debajo del agua
sin fatiga se pierde.
Si relatas la vida,
haz de cualquier momento
una hoguera en la noche.
Así la luna saque
del fondo de los lagos
el dolor de las fuentes.
   

martes, 3 de abril de 2012

Escrito en Cáceres

Dátiles y membrillos.
La más cálida tarde
no vencida
en su luz
que persiste
como límite abierto
me procura
leve región de halago más sabroso.
Es la brisa palmera y osadía
que vela como sur y red de cumbre.

Ven, gaviota de amor,
sobre estos cielos
libres de las caídas estaciones del norte.

La tarde inmemorial grana los frutos
lejos de aquella voz que los destruye.
  
   
* (Como señala el título de esta entrada -que no del poema, que no lo tiene- este poema de Las horas próximas fue escrito en Cáceres, en concreto, en la plaza de la Concepción. Recién llegado de Valladolid donde todavía el frío del invierno dominaba, aquel día de 1986, más al sur, ya el aroma de la naturaleza asaltaba en los jardines y las calles, donde me paré a escribirlo.)