jueves, 31 de marzo de 2016

Demora

A veces el decir cuesta o no importa.
Es el silencio la señal
de que es mejor la espera,
que la palabra ya brotará
de lo que ahora
aún se prepara
o es vagamente una canción indefinida.
Decir es la figura y certidumbre
que sólo expresará quien llegue a ella
y la conciba sin esfuerzo
como se llega a la intuición o se entra al sueño.
Callar por tanto es respetar
que se diluya cierta sima o frontera
de lo que queda atrás o más bien no inaugura,
que no conduce en este instante a nada
que sea verdad o tentativa 
diferente y nueva.
Más bien la ingravidez ha de quedar
en el sabor y la memoria.
La palabra no urge a que se diga
y como el agua fluye sola. Está ahí.
Sabe aguardar a quien un día
la toca y hace suya
y entonces siente esa realidad
que se desliza y nombra
con la facilidad de las horas templadas,
las mismas que estos días asoman
y pueblan de color trinos y brasas
las tardes que hacia abril se desperezan.
Callar también es dar
y es la nostalgia
de la conciencia que al mirar de sí se olvida. 



* (Más de un amigo de este blog me ha incitado a escribir, sin que ello yo lo sintiera como una urgencia o prioridad, ni tampoco, por ese aparente silencio, una pérdida. Cada cosa a su tiempo pues cada impulso encuentra su momento. No sé si este poema responde de algún modo a esa invitación, o si tampoco hace falta referirse y justificar ritmos, ocasiones y prioridades de la vida, ni previsibles ni seguras. Vivir es un azar y mucho mejor hacerlo libre. Lo volátil de todo encierra una lección lúdica. Mientras tanto, nos bastaría, en los momentos más duros, con que la ligereza se sostuviera más allá del deseo y la sonoridad de esta grata palabra.) 
  

martes, 9 de febrero de 2016

De vuelta

Al trasluz de una tarde luminosa
bajo un sol impecable
la flor rosada y blanca del almendro
mece sobre los surcos
el pulso del relieve que circunda:
roca, corteza, lagartija, grieta,
niña que corre o mujer que sueña
con una tarde al sol
que el pintor y ella misma
contemplan a distancia, sin tocarse, sin verse,
y a la vez les sucede
que los envuelve
un ave, una brisa y una fuente
junto a un monte, un camino y una choza.
Luego, la inmensidad del mar
y estas palabras
donde no importa que se ponga el día
si el fuego permanece.

  

* (Por más que el gusto de escribir no es fácil sin el ocio o la disposición propicia, hay borradores que se rebelan contra ese silencio. Tener la paciencia de guardarlos hasta el día en que perfilados cobran vida propia nos devuelve el aliento. La creatividad era eso: centramiento, pureza.) 
   
  

lunes, 18 de enero de 2016

Mientras llueve

                              Me basta así
                              Ángel González


El caso es aceptar
lo que somos, el límite,
el cielo abierto bajo el cual estamos,
el sol, las estaciones,
la propia imagen, lo perdido
que nunca va a pasar
y que es memoria
y fuerza.
La brisa suave,
el rostro inesperado,
la paz, el bienestar
también acuden.
Pero, de paso,
igual que cada día reconozco,
me despido
-pues todo fluye mientras lo cuidamos-
del ser que justifica aquí mis días
cuyo nombre de amor
se llama hijo, hija,
y aventa mi promesa
porque ante todo es libre y, sí, me asombra.
Pero no sólo.
Tú que me lees, y con quien hablo,
que a veces nos cruzamos,
eres parte también de mi lección
y referencia,
razón por la que el mundo no está solo
y su rumor es una lengua necesaria.
Así a veces
la contemplo y no estoy,
soy parte suya.
Cierra este libro, como yo mis ojos,
y ante tu ventanal sabré qué miras.
   

viernes, 1 de enero de 2016

Minucia inagotable

Abres los ojos y la vida es bella
pues la muerte, seducida, se duerme.
Puede doler no haber llegado antes.
El tiempo pasa. No sentir es fracaso
cuando en cada color residen sensaciones.
Sabes del espejismo y del errar de los dioses.
Como también del ritmo y de la confianza.
Puedes alzar la imagen del recuento
y la veta que al buen tacto retiene.
El día nace
con su suerte de hallazgos y luces temporales.
Disuelves la demora. Cuidas la paz del sueño.
Mas la fuente que sacia
no siempre mana aunque el rumor se oye. 

lunes, 28 de diciembre de 2015

Palomas

Recorro de la piel la extensión de tu espalda,
una vasija que respira;
en mis yemas llega a crecer
el aleteo de la mañana,
y descubro en silencio
un lienzo en que zurea
el cristal indefenso
tumbado sobre el aura
que despide la boca.
Palpita somnolienta la armonía
de un cuerpo
en su aérea certeza
pulsada como un arpa
que disuelve en el aire
su silueta sonora,
el vuelo desprendido de una nota.

  
* (En la escritura, hay poemas que dirigimos más y otros que más bien nos visitan y en ese caso intentamos que salgan fielmente, si acaso con más tacto. Nacen de una mínima resonancia exterior, de una señal captada tras la que estaban, pero ante ellos ponemos la escucha de un silencio mayor, para que nada se pierda, interviniendo apenas, salvo en el cuidado artesanal para que este hilo se logre. Al final, su mensaje es del todo nuestro y lleva el sello de nuestra sensibilidad o ideales. Esto, en su factura final es algo inadvertido, pero son textos que, desde un lugar interior, al poeta le dicen algo, le recuerdan. Así han surgido los dos que he compartido este mes de diciembre. Valga este destello de belleza para despedir y agradecer este largo y difícil año, con todos los mejores deseos, intactos, hacia adelante.)
  

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Claridad

Un ser nuevo,
-como todo lo bello-
o con los ojos limpios,
igual que tú o nosotros,
escribe al conocerse.
Mira los cielos,
atiende las señales.
Nada es en vano.
Oye.
Sin darse cuenta sabe.
Dentro del aire entiende
el lugar del origen.
Y aguarda esa palabra
donde todo sucede.
En el momento justo
de estar y de sentir
en que se llega,
aún antes de los nombres,
a lo concreto
es cuando cualquier signo
abre la realidad
y evoca lo creado.
Sucede lo indecible:
lo sencillo era hondo.
El día recorre con la luz
el iris de las voces del mundo,
sus rostros semejantes y distintos.
Así, en lo temporal,
sin carencia ni pérdida,
todo lo contemplado
estaba dentro,
era parte de sí,
un silencio o murmullo,
casi al lado, esperando, 
simultáneo.
El instante
en que al mirar, quien habla
su idioma se hace otro
y al decir ha cambiado
sin retorno.



* (El lunes 14 se presentó en Madrid, en la sede del Instituto Cervantes, el libro de Santiago Castelo La sentencia. Quienes sintieron el deber de asistir eran sin duda amigos, de una y otra índole, desde lo profesional a lo más íntimo. Sé que pidieron intervenir por gratitud varios de los participantes, y a fe que reflejaron la deuda y alta atención en vida suya recibida. Era lo habitual, sentirse en su trato valorado, con el regalo de su tacto, su saber y su tiempo. Un hombre espléndido -"es así como sé escribir, de esta manera, no lo sé hacer mejor, os guste luego o no, pero ante todo reconozco la valía de los que saben hacer una obra magnífica y así lo he expresado cuando a mí algo me gusta"... o "cómo me alegro de lo que hacen los jóvenes" -dejó también constancia de la desafección y la maledicencia, aludida por cierto de pasada en unos versos de este libro. Tras su muerte, el sentimiento y dolor se dieron de un modo amplio al lado de algún pobre y cobarde caso que apartamos. Los humanos, lo son para aprender a poder serlo. El propio Abc, al que sirvió con fidelidad y apasionada entrega más de cuarenta años, como si ya considerara suficientemente enfriado su cuerpo, ayer mismo no estuvo representado por ningún algo cargo ni dio foto o noticia del homenaje en el papel del día siguiente. Solía Santiago decir que a la muerte de un poeta muchas veces el olvido de su obra comienza. A los que ayer desde la periferia nos acercamos a Madrid y nos reunió acompañarle en este último jalón de su escritura poética, nos recorría el frío de su falta. Su vozarrón, su risa satisfecha, su mirada feliz y dirigida a los ojos, su cadencia vibrante y con emoción en su lectura, su amplio poder de convocatoria fuera allá donde fuera eran ahora meras ascuas en quienes lo recordaban en un escenario sin él, presidido por una gran fotografía del joven periodista varias décadas atrás, en sus comienzos. Nadie podía llenar el lugar ni sustituirlo. Como recordó Víctor G. de la Concha, el acto lo convocaron "sus amigos" y entonces él quiso sumarse a ese conjuro del vacío, en honor de lo mucho admirado y recibido. "Pero el cadáver, ¡ay!, siguió muriendo". Juan Ricardo Montaña, Pilar Molinos, Carmen Fernández-Daza, Paloma Morcillo, María R. Lairado, Juan Manuel Cardoso venidos desde Extremadura, o Carlos García Mera, Juan Manuel de Prada, Antonio Garrigues Walker, Carmen Posadas, Urbano, Teodoro y muchos otros que sin conocer no los puedo nombrar quisieron estar del modo más sentido al lado del amigo que sí que vivirá mientras vivamos, mucho más que por la orfandad atronadora de su enorme pasión y corpulencia. Fuimos algunos a cenar a uno de sus rincones preferidos conscientes de que ahora nos toca mantener en nosotros lo mejor de sus cualidades. Las personas se van, mas nunca sus valores, sobre todo en quienes con tan grata atención los recogimos. Y es que el mejor regalo que nos hiciste es ser mejores. Nos falta tanto su corpachón donde refugiarnos que una ciudad como Madrid desde su muerte es una extensa construcción desolada y entran ganas de huir de lo que antes era una cálida geografía poblada por sus conversaciones y placeres de mesa. Este poema fue escrito en la mañana de ese lunes 14 de diciembre, festividad de San Juan de la Cruz, durante el viaje de ida emprendido para ser nuestro último modo de arroparlo. Aquí os lo dejo. Él los sigue leyendo y sé, que si cierro los ojos, Castelillo -como Lucía Mera lo llamaba, ausente por un viaje a la India, que si no...- estaría ordenándolos para que un día formen libro. Ya llegará, mi niño. Lo que importa es que no nos eches de menos. Eso, ya nos pasa a nosotros.)
  

domingo, 29 de noviembre de 2015

Otros cielos

Bajo la lluvia
extiende el musgo
su tibieza indefensa.

Cae de las nubes
una clara neblina
de verduras y copas.

La brisa ondea
la ladera poblada
de árboles a la fuga.

La rama seca
de una higuera con liquen
sin más es sabia.

Cada árbol quisiera
camino del invierno
dibujar otra historia.

La geometría
de sus ramas desnudas
el mundo limpian.

Una zarza, una mata
retienen en la tierra
el calor, el cobijo.

Casi invisibles,
les basta el aire
a las aves que pasan.

Nadie profana
esta tarde la hiedra
sobre las rocas.

Sencilla calma
de un noviembre descalzo
que nos empuja.


* (Este poema comenzó a escribirse el pasado 2 de noviembre en uno de los paseos que frecuento por los alrededores de mi casa. El cambio de estación se leía en la llegada a esos cielos del frío, al comienzo de un mes cada vez más poblado de nombres esenciales ausentes, y no por ello lejanos ni menos importantes.)