martes, 26 de diciembre de 2017

Fidelidad

¡Qué ha quedado del aire!
La memoria de voces,
la tarde sin señales al ponerse,
el frío que se agita en los cristales
mientras el fuego deja
entrever en sus llamas
el perfil de los rostros
cuyas brasas persisten.
Si repaso sus nombres,
continúa conmigo
la imagen y las luces
de todos los momentos
donde el tiempo era amplio
y el juego lento y libre.
Ahora acuden
con otra piel más sabia
cuando cuidan del mundo.
Ya no existen sus manos,
y por eso las mías
de pronto son mayores
y ahora soy quien extiende
con el calor del heno
la corteza del bosque
o el cobijo de un padre
mientras el día avanza
despacio en su temblor
y el vacío no duele
al arder y abrigarnos
Voy a dormir. Silencio
en la alcoba y el pulso.
Los enseres diarios
a oscuras me conocen
cuando giro en la noche
el cuerpo que se entrega
en el pozo del sueño.
Mi corazón no pesa.
Tranquilo, acepta y siente,
mientras atento sigue
el callado desvelo
de cuidar lo indefenso,
y el aliento más joven
que crece a nuestro lado
nos devuelve en sus ojos
su claridad más bella y frágil.
 

domingo, 17 de diciembre de 2017

Cementerio en el aire

                                             a Luis Arroyo Masa

Al pie de la muralla,
al final de la cuesta
empinada y granítica,
como a vista de halcón
que abarca una llanura inagotable,
se ha erigido el descanso
para quienes moraron
las elevadas calles de Montánchez.
Así que, bajo tierra,
es el aire colgado de un balcón sostenido
la materia en que yace
el pulso de la gente de este pueblo.
Deja que un día la nieve
reúna por la noche, en una sola imagen
caída de las nubes
como cal a estas rocas y paredes,
el alma sucesiva de quienes habitaron
y que rodea esta cumbre,
para que en ella haya,
junto a las piedras milenarias
que señalan la llegada a este enclave,
razón para el perdón a tanta guerra,
sentido al abandono y al olvido,
reposo a aquellas horas de labranza
que aún reflejan los olivos, el musgo,
la vid y los helechos,
clemencia a la fatiga de guardar estos lares.
El sonido del agua cuando llueve en las sendas,
el rezo de la tarde cayendo en los fogones,
el canto de los niños persiguiendo a unos pájaros,
la voz de las mujeres en torno a las labores
familiares, el vaho de las bestias,
la lentitud del bosque donde oír y perderse...
Miro el blancor que cubre estas casas que ascienden
hasta el pie del castillo y su fiel camposanto,
cuya verja conduce a otras calles inmóviles
con otra resistencia:
¿hay belleza en lo inerte frente al cielo cambiante?,
¿hay otra realidad o una clave profunda
más allá de la muerte?, dime por qué volver
adonde, a pesar de que hay flores,
estas están cortadas sobre vasos exánimes.
Es tan cuidado el sitio que sólo el viento daña
las aristas y el liquen de las cruces.
Nada me da la mano, 
más bien, me confirma su tránsito,
su relevo o derrota.
Y el respeto a mis pasos.
¿Cómo daros diálogo, fidelidad, aliento?
Apenas que retorno de los muros que honran
este recodo venerado,
su advertencia de tiempo limitado e injusto,
todo lo que cayó me devuelve a un vacío
que prefiero que llenen otras voces.
Donde suenen las fuentes,
mejor sentir el ruido y el relieve despierto
del día inesperado.
¿Quién viene a recoger de las higueras
como siempre se hizo?
Lo que nace en la tierra celebra su belleza.
Alcanzo con la mano su frutal certidumbre
con la atracción de quien recibe el mundo.
 













lunes, 11 de diciembre de 2017

Bajo la oscuridad. Cortometraje

Hay relaciones amorosas que tienen la condición y tacto de una conversación cinematográfica, con el reflejo y sonido de un real escenario recreado en palabras. Y puesto que así suceden, y descubren esa latitud escondida y paralela de lo que no se daba, no sería posible entender ya ninguna otra historia sin esa proyección de los sentidos en cuya memoria sonora, y necesaria nostalgia, consiste su refugio y territorio, cierto, voraz y desvelado, y donde, sin miedo a lo que dure, todo pasa.
 

martes, 5 de diciembre de 2017

Trece lunas

I. Contradanza

Busca seguridad el frío.
Bajo él todo transcurre
hacia ninguna parte.
El vértigo es ajeno a las alondras.
El alma es manantial
o es insurgente.
¿Puedes parar el sol con un latido?
¿Puedes cerrar la noche sin herirte?


II. Cigarras

"Siempre he huido de los hombres que me han tratado bien. Al final me he quedado con los que en un momento dado te hacen daño y has de salir corriendo".

Soy del planeta Ausencia.
Todavía el reflejo 
de la luna en el agua
no mueve ni una onda:
ni hacia mí ni a la calma
extensa de esta noche desvelada y concreta.


III. Tres axiomas

Contémplate en lo amado que se aleja.
Su aroma llora una patria distinta.

***

Un día de doce horas.
Para que no descienda el sueño ni la noche.

***

La mañana descalza
no entiende tus preguntas:
nace limpia.

 
*(Recientemente aparecido en el número cero de la colección de publicaciones ensambladas La vida desatenta, de la caja revista Bajo Presión, Jaén, 2017.)
  

martes, 7 de noviembre de 2017

Sin olvido ni ausencia

A veces, la presencia del amigo que falta es tan grande que parece advertirnos de que algo no presente, mas con la misma fuerza, quisiera ser pese a no darse ya entre él y nosotros la cercanía de antes; y entonces sucede como un golpe: una conversación, un gesto, un impulso tan real en su ausencia que podría repetirse; y, sobre todo, el apoyo de querer estar cerca asistiendo sin pausa para hacer que logremos lo arriesgado o difícil que nunca abandonamos. Es su modo de rozarnos sin cuerpo y estar de nuevo en tierra. No se han ido, ni está roto lo que nunca en el fondo se separa porque nunca fue otro. Es su emoción lo que hay en los ojos: la calle abierta, el cielo que se mueve, el blanco y sus reflejos oscilantes que dan su luz al día. Nada duele. Accedes hasta ellos: a su vivir distinto. ¿Quién sabe si es posible ser igual de este lado? Lo concibes.
  
  
*(Días antes del uno de noviembre, paseando, anoté esta reflexión y vivencia que ahora saco desde el recuerdo frecuente y afectivo. Digamos que soy parte del sentir aprendido al lado de ellos. Me refiero a algunos nombres queridos de esta página: Juan Manuel Rozas, Ángel Campos Pámpano, Santiago Castelo... ¿Geografía extremeña? No sólo, pero no somos tanto de otro sitio. Lo que nos une a los lugares, sobre todo al de aquellas coordenadas en especial entrañables, y más allá del territorio y relieve de su espacio, suelen ser las personas con quienes convivimos y nos recuerdan. Mientras vivan o sigan ahí está el puente y es posible el retorno que a cada vuelta nos cobija. Pero cuando no están, solemos recordarlos junto al hueco y hoguera de los días que se acortan, como ahora. Vivir es compartir y una experiencia de diálogo. A distancia, no pocas veces se está cerca. Cualquier lugar también nos lleva a cualquier sitio y es parte de nosotros. Hay señales de que todo nos roza y espera en su momento. Podemos escucharlas. Mientras tengan sentido, nos conforman.) 
 

domingo, 29 de octubre de 2017

Manos

                                                  a María Hoyos

Manos pálidas, leves, a veces casi místicas,
incapaces de un arma, ajenas a la sombra,
volcadas al reflejo de la vida,
si acaso melancólicas, conformes
con las briznas que cuidan y el reflejo que rozan.
Las miro bendecidas
por su propia frescura y transparencia.
Dejaría yo en ellas
la sed del mediodía, la mirada más clara,
la vocación de tierra a la que no renuncian,
porque como una fronda 
o un pájaro de agua
que vertiera su estela de color o de música
según el mundo vuela,
merecen ese aroma
del jazmín, del olivo, de la luna,
sereno como el tacto
de un rincón de costura a la luz velazquiana.
 

 

lunes, 23 de octubre de 2017

Te remito una foto de madroños

Pedí al mar que vertiera en mis labios
la pulpa del madroño
y el sentido del aire hizo el resto.
Posó sobre mis manos sus rugosos colores,
su corazón abierto y granulado,
su acorde blando y roto a cualquier roce,
su deseo de huida como un pájaro
que deja atrás su sangre para un niño.
Lo probé al sol bajo el que paladeo
esta escala de rojos
cuyo orbe es dorado
igual que un día se abre
la temblorosa entrada que da a un templo
donde la luz es el don más invicto,
el tacto de un sonido,
el vitral escanciado como un grito
sobre un diamante líquido,
o el regazo inviolado
al pulso de unos ojos. 
Y ahora siento
de nuevo
bajo un cielo de azules
la espiral del salitre y de lo cálido.
Sostengo en la templanza de este fulgor granado
la ausencia de deseo pues de nada carezco,
y al ofrecerte el fruto cuyo sabor te envío
en él recibo el mundo.
Es un balcón su rostro
minucioso y extenso
desde este lugar alto
en que el madroño crece
en la ladera donde el aire fluye.
Pienso en ti. Nada falta.
Si siento el mediodía,
soy en él. Y por tanto,
te invito, te contemplo,
como si fuera cierto aquí encontrarte.
 

 
 

jueves, 28 de septiembre de 2017

Habibti

Bajo la lluvia,
¿mi aliento te recorre
o te pronuncia?

Mínima sílaba,
vi volar las vocales
y ansié ser música.

Tu vestimenta
fue la piel delicada
de cada hora.

Verte callada
me trajo el oleaje 
de las orquestas.

En lo que olvidas
el vértigo se calma
si se desdobla.

Dejo que dance
el aire en tu figura
por no dañarla.

Como en la orilla
del cauce sobre el agua
que te refleja.

Sabiduría
del nombre que nos lleva
al pie del alma.

La luz desea
mostrarnos la palabra
que da la vida.

Para que vuelvas,
aguardo en el silencio
la misma lluvia.

  
* (En el recuerdo de los destellos poéticos del habla mozárabe de las jarchas nos resuena el término árabe habibi que en boca de aquellas doncellas mencionaba al destinatario de esos amores tocados con el temor de no volver a verlo o el sufrimiento de la separación tras el encuentro. Con la delicadeza de aquellas confidencias de esta esencial y primitiva primera muestra de las cantigas de amigo hispánicas y su mestizaje tan necesario hoy -y en verdad luminoso- de nuestra identidad y cruce de culturas, surge este poema y el título elegido. Junto al término árabe  حبيبي  -habibi, amado, amigo-, está el correspondiente femenino حبيبتي , habibti, aquí elegido. Agradezco a mi amiga Fátima Zahra su ayuda filológica.)
 
  

domingo, 17 de septiembre de 2017

Nostalgia

               I

El mar crepita
frente a un cielo plateado
previo al otoño.

Cuando hay tormenta,
si sabes refugiarte,
la lluvia escucha.

Fruta que rueda. 
Por la calle del agua
ya no me buscas.

Corren regueros
de manos y de adelfas
tras de una sombra. 


               II

Frente a un cielo plateado
el mar crepita.

Si sabes refugiarte,
la lluvia escucha.

Por la calle del agua
ya no me buscas.

Veo manos como adelfas
tras de una sombra.
 
 
* (De un anterior poema que mezclaba dos cauces breves por mí apetecidos, haikus y dísticos, escritos tras la visita una mañana airosa a Cala Torta momentos antes de resolverse en lluvia, doy ahora estas dos versiones en ambos metros de modo independiente.)
 
 


martes, 12 de septiembre de 2017

Imagen veraniega

Flor entre rejas.
Y en la calle vacía,
sobre la cal y piedra,
el cactus desplegaba
su memoria solar,
la llamarada efímera.

Fugitiva verdad.
Quien te contempla
recobra nuevamente
la imagen imprevista
del ciclo de la vida y su pureza.

Más allá de un final
la sed crea la fuente,
la órbita del tiempo,
el pulso y el latido
de lo audaz
que se inicia.
  

     Montánchez, agosto de 2017

viernes, 1 de septiembre de 2017

Gin tonic

                                  a Luis Ángel Lobato
 
Roza el labio el cristal de la copa celeste
mientras el jazz recorre el alma de la noche
y en la barra otro espejo abisal y salobre
te conoce y se acerca sugeridor de historias
como un dátil abierto en la mitad de un filme.
Varios tragos deslizan el foulard de su canto
que en espirales suelta las sombras de un eclipse.
Sabe tu corazón oblicuo a la penumbra
de luces patinadas en oasis nocturnos
la manera de alzar sobre un mástil destellos
que tintinean el hielo de sueños boreales
y el esplendor del rimmel que hiere sonriente.
La voz angelical, la boca temblorosa,
la silueta del mar extendido delante.
Todo el alcohol se mezcla en música que envuelve
mientras cae rodando a los pies del invierno
la noche helada, el cierzo de la calle,
los juncos que se inclinan al temblor de unos ojos
de celuloide y nieve para nunca olvidarlos.
Dame tu mano, pulso y asombro de mi origen,
tan soñado en las tardes bajo un canal sin agua
sepulto solamente por el llanto del aire.
Esa cintura frágil que recorro y conozco
con perfil de Los Ángeles o un jardín de Verona,
me visita y me invade, la recibo en los parques
marchitos de mis versos y en mi sangre de otoño.
Sigo el vuelo a las aves que sostienen las torres
de las que nunca supe o separarme quise.
Soy su raíz y vértigo donde abrazar la muerte
y recibirla joven como el eco de un pozo,
Ofelia sin retorno, perfil de luz, palabra
herida y tibia, aldaba incendiada en las tardes
como eterna presencia del anhelo y el beso
en la cadencia malva anterior al ocaso
o el acorde metálico que corona el silencio.
Un capitán no torna ni sabe cómo hacerlo
cuando ha tocado el canto de sirenas y esfinges.
Borges, Cernuda, Gimferrer o Cortázar
me esperan cada alba para abrazar confines
y recibo en mi aliento su saliva de sombra
y junto al vaho me dictan la bruma de esos ojos
grabados en las piedras que envenenan la tinta.
Apuras hasta el hielo la ginebra humeante
mientras te abraza el sueño y caes en la certeza
de que fuiste de sobra tantas noches de copas
la forma de las formas de trazar los insomnios
con que la fiebre pinta galerías que retumban,
o un telón se levanta de un cine entre la niebla
y seguirá enlazando sus sesiones continuas
donde Bogart, Visconti... o Greta y Dashiell Hammett
quisieran ser tú mismo, sobre ti se prolongan,
y cuando cierra todo y nada aún comienza
te escabulles lo mismo que los gatos que en Ítaca
te conocen y maúllan al llamarte Luis Ángel.
 


     Nevada sobre el parque de Medina de Rioseco, 2015


miércoles, 16 de agosto de 2017

Estampa filipina

                                         Para Rosa (o Mendieta)
 
Sol submarino.
Y en su túnel de luz
un universo asciende.
 
La piel descalza, al fondo,
en el agua recibe
la espiral de vivirse.
 
Al trasluz de corales
peces de espuma y aire
son semillas de luces.
 
Busco el remo sonriente
en su estela volátil, 
en la hendidura azul 
de la pala en lo verde.
 
A la orilla de un lago
un anfibio recrea
y nombra el horizonte.
 
Es pagoda su bosque
y como un dios sedente
da fe de su inventario:
 
La selva es como un pájaro
que emite un tatuaje;
el cielo cada noche
con su carbón lo cubre.
 
Sobre la isla, el eco
de fuentes nos repiten
el origen del mundo
más allá del origen.
 
Son las horas finales del viaje.
 
En el sopor amable
de un cuerpo que se rinde,
 
el polen que braceas 
convocando a la nieve,
 
la sombra donde un ave
gime para olvidarte.
 
 

* (Hay amigas que al hacernos vivir sin que salieramos de casa su estancia en Filipinas gracias al envío y comentarios de las fotos de varios de los rincones del viaje -buceos incluidos-, han dado pie a este poema horas antes de su despedida de este otro alejado mundo, intacto (y no) y diferente. A la vez que nos dieron a conocer, por su veta pictórica, la existencia y el arte de una mujer irrepetible y en nada indiferente como la cubana Ana Mendieta, exploradora de otra manera de expresar e integrarse en el arte, antes de que la vida se le tornara tan difícil. Sea esta mención a su memoria una manera de brindar por lo que en nuestros ojos cada día renace.)

 
 

viernes, 21 de julio de 2017

Si no te vuelvo a ver

Amanece.
Después de haber sentido la pureza
las formas de las cosas
nos vuelven a la tibia
desnudez de saber
que todo es diferente.
Y el abismo es el hambre
que sacia sin querer
la incertidumbre.
Yo te daría la lluvia
y el corazón que late
por seguirte.
Queda escrito entre luces
mientras yace lo bello
a la hora más joven
en el reloj del aire.
  

martes, 4 de julio de 2017

Lugar del aire

                                   a Mariajo Maripepa, para su torreón de musarañas

Mira la mariposa
que entre las flores se camufla.
Es pétalo que aspira
sin tallo ni raíz
a una callada geometría
que no es música
y suena
tenazmente trazada bajo el sol
en un ir y venir de estanques a macetas.
Contraria a la quietud,
si la retienes huye, quiebra
el aire, no es posible pararla,
sería puro destello
que no grita
de un silencioso y tibio iris
ya nunca aleteador, sí para siempre yerto.
En cambio, cuando quieta la esperas,
se posaría en tu piel
si renuncias al ruido que nos nubla,
si tu mano respira
como el musgo en la sombra
la luz inaprensible de la lluvia
donde nace el impulso
que preludia sus alas.
Y si la miras hasta querer seguirla
ella también te ve y envidia tu melena
que sostiene la brisa cuando rozas
las cortezas y rocas. Porque entonces,
la misma mariposa que reflejas,
revolotea y vuelve en torno
de la fruta y la menta,
de los aperos mansos, los fogones,
los horizontes y llanuras,
y los cielos y torres de Siruela.
 

sábado, 24 de junio de 2017

Ceremonia de San Juan ante el agua

                                       a Hilario Barrero
 
Atardecer de arena,
ligeros cielos cárdenos,
contraste elemental entre el aire y la tierra
de un color y unas formas
expuestas como ofrendas
a los pocos que quedan
ante el agua. 
Si apuras del solsticio sus hogueras,
el sonido del mar,
más intenso a mi espalda,
sin verlo está más próximo.
Nítidas sensaciones.
La piel es la guarida
para el asalto en calma de la brisa
a un rastro de gaviotas
que en nada al cielo estorban.
Queda el vuelo en sus huellas,
tatuada escritura sobre tierra,
geométrica, sin alas, simple y libre.
Al respirar, la playa es parte tuya,
pulso adentro resuena
y ahora está el mar donde tú estabas,
y se funde al hablar, y en ti se ondula
todo aquello que ves hasta envolverte
en el vaivén del agua,
y a la vez su rumor por tu voz llega.
A la orilla baja un hombre desnudo
a sumergir su cuerpo entre las olas
y en silencio bucea
hasta un fondo esmeralda
sorprendido, duradero en la tarde,
limpio en el girar de su braceo
y un perfil de burbujas cuando avanza
platea el movimiento
del prisma de su rostro
al cortar en el agua.
Nada con importancia
se enreda entre sus piernas
cuando roza las algas y se desliza
en la quietud templada
del agua que se azula ante la noche
en un tibio zafiro
que refleja aún la fuerza
de la luz que se entorna 
sobre su inmensa llama,
fuente de este lugar y cercanía,
el orbe de esta playa donde, 
como si fuera un valle, un bosque inextinguido
o un corazón capaz de confianza,
llega a aplazarse el frío, y la duda y su sombra.
  

jueves, 8 de junio de 2017

Últimas luces

                                       a Luis Llorente

Donde la luna me derrote
bajaré al fondo del silencio,
vencido pulso de un espacio
desdibujado contra el rostro
de la pasión más libre. Tanto,
que sostenerla dentro quiebre
la paz del mármol de las fuentes
y la emoción del labio jadeante
y triste. Es la ciudad un copo
de vilanos que vuelan y se 
pierden. En donde se persiguen
el eco presentido, el golpe
y la belleza de lo incierto
que en lo fugaz lo eterno funde. 
El corazón vencido sabe
que dio cobijo a un sol que huye.
Y en lo que calla el aire, rompe.

 

* (Recuerdo a Luis Arroyo en sus clases de bachillerato hablarnos de la originalidad del eneasílabo y de cómo en nuestro siglo veinte José Hierro era uno de sus escasos y fieles cultivadores. El otro día, en una conversación con mi entrañable amigo segoviano Luis Llorente -que fue a su vez amigo de Luis Javier Moreno, discreto entre los grandes-, y lector insaciable que gusta de volver regularmente a nuestros clásicos, hablamos precisamente de este metro. Con lo que, a continuación, me puse, sin querer, a intentarlo. Costaba, teniendo hecho el oído al endecasílabo y al resto de sus combinaciones de cuatro, cinco, siete con que se articula libremente. Luego, el sentir puso el resto. Se escribe -cuando se escribe bien- desde la intuición, y la belleza al vivir en ocasiones es tan intensa que duele. Porque aspiramos como humildes dioses a vencer la muerte. Habrá que no olvidar el eneasílabo. Todo, lo literario y lo vital, mientras haya alguien dispuesto a estar ahí y recogerlo, es sencillo y posible. Porque sentido siempre tiene. Al menos, hemos venido a superar ciertos retos y límites.)
 

sábado, 3 de junio de 2017

Selva

Tú sabes hablar lenguas que yo no.
Sabes amar, huir y ser sincera.
Porque te escondes no, porque cobijas
una fogata con tu risa y forma
y la perseverancia de los días de lluvia
cuando resbala por tu cuerpo a tierra.
Ante tus pies coloco piedras lisas
que sé que son monedas y señales que escuchas
para contar leyendas y el origen del día.
Si a tu mano se acerca lo que tocas,
una canción de ausencia se convierte
en suave primavera y voz de niña,
mientras cierro los ojos y en el sueño
una mujer dormida me despeina.
 

 
* (Cuando llegué a Mallorca en septiembre de 1992 entré por Selva, uno de los lugares más singulares de esta isla, donde viví quince días en el Carrer de la Llum, número 1, en casa de una antigua y exquisita amiga de los años de estudio en la carrera hasta que encontré en Artá la mía, y aquel fue el mejor modo de llegar a esta tierra. A Selva vuelvo con alguna frecuencia, en el camino de subida a Lluc, al pie, por Inca, de la Tramuntana. Este poema es un recuerdo y homenaje. Todo encuentro en la vida es un reencuentro, pues todo es movimiento y confluencia, o todo lo que se aleja un día vuelve y, como ya he contado, hay órbitas que a cada aproximación se reconocen y transforman. Para cualquier otro paseo, a la noche, entre las buganvillas -tan mencionadas en sus poemas por Castelo-, limoneros, jazmines, casas de piedra en calles que se giran mientras bajan y suben y abrazan miradores, en donde a veces adquieren forma humana las estrellas, quede este canto recuperado de un cuaderno y presente en mis ojos que bendicen lo libre.)
 

sábado, 20 de mayo de 2017

Hégira

Plaza abierta, intimidad, llanura.

Tan pocas realidades verdaderas:

Elige una palabra.

                                El alma en ellas.
 

martes, 16 de mayo de 2017

Seda

Sobre la flor ajada
la mariposa blanca
no marchita

el corazón del agua
quieta.

La flor no sigue a la razón que vuela
la dimensión que el aire no pregunta.

(poder mirarte como a un sabio pozo, 
poder entrar en ti como a un espejo)
 

domingo, 30 de abril de 2017

Un reflejo

Besarte, como a un templo.
Entrar en ti, descalzo.
Sentir sin sed el rastro
del ave que desciende,
el aire en el abismo,
el alma al deslizarse.
El cuerpo como un fruto
bajo la luz despierto.
El tacto cae a un río.
El día es su corriente.
  

martes, 25 de abril de 2017

El anhelo del alma

De una esquina secreta
puede brotar callada
lo que eclipsa a la luna.
La rosa que sostienes
ha bebido en tu orilla.
Cada noche despliega
la sed de las miradas,
el aroma que late
al vaivén de figuras.
No se sabe si, al verla,
una gota de savia
comete la nostalgia 
de querer ser tan tibia
como una joven pálida,
pues su anhelo de alma
rebosa en las espinas.
Del licor derramado
de ese tallo que truncas
como un llanto de viola
o un cristal que gritara,
el sueño de Venecia
viene a ahogarse a tu casa,
agita las cortinas,
se ha inclinado en la hiedra.
  
  
* (Hay poemas nacidos del regalo de una fotografía, por lo demás, espléndida.)
 

miércoles, 19 de abril de 2017

Tras la noche

La ceniza del aire,
si llega al mar,
lo agita.
 
Su daño hondo,
sin paz,
de nuevo
ahora
espuma rota,
azul, serena
y verde.
 
Así tiembla
en la piel
el día blanco,
limpio,
extenso,
hacia lo abierto,
en lo real,
en lo difícil.
 
Ese jirón que eres,
espejo y filo frágil
de amor libre.
 
Miro el sol
en las manos.
Nada urge.
 

domingo, 16 de abril de 2017

Como el rayar del alba

Que no te manche el mundo.
 
Escribe.
 
Con palabras que alumbren.
 
Y su mancha ilumine.
 
 
* (Vuelvo a cumplir años en estas fechas. Este poema -si lo es-, y mucho más su propósito, llegue y me lleve hasta donde tenga que llevar. El día a día, el futuro, como la inminencia de un salto, es un abismo donde el deseo sería de realización, de más paz. Desde ese clarear el día cervantino, alzo lo dicho como un brindis en el nombre y recuerdo de Luis Arroyo Masa -Mozart- y de todos los que conmigo han llegado hasta aquí. Porque es así y no cuesta. Hoy es domingo de Resurrección y pasan estas cosas: "Mozart, el petirrojo se ha parado, y en su silencio te contempla".)
 










fotografías de Pascal Vaugon

sábado, 8 de abril de 2017

Desde el fuego

Si arde el cielo,
retén del horizonte
el cristal de la noche
que abre la voz del aire,
la llama infranqueable
en torno a lo inocente.
Donde el musgo persiste,
en los ojos del bosque,
la danza de los peces
y el pulso de las fuentes
responden al destello
de la vida al dormirse.
 

      imagen de un atardecer sobre Artà, tomada el 25 de diciembre de 2016 

sábado, 1 de abril de 2017

Carta abierta

Todo por aprender.
Frente a tus ojos,
la moneda de oro
que se disuelve en nada,
el valor de una imagen
avivada en su calma.
En lo que tú me des
sin que yo te lo pida
-el sencillo presente
de unas manos abiertas-
trazaré la hora y senda
por donde se recoja
la tarde demorada
como una certidumbre,
la voz de esa vivencia
en las formas que alumbra.
Sin falta de más cosas.
Una silla, la calle,
el frescor de ese caño
cercano que te alivia.
Como una ofrenda pobre
o una verdad sin lucha,
la dicha era posible
ante ti, sin palabras,
como el que corta el pan
con la mano y te mira
y su parte te entrega.
 

sábado, 25 de marzo de 2017

Visita a Yuste

Sobre la nieve
el trino estremecido
de los cerezos.

Al pie de Yuste
la mirada se ahonda
a ras del agua.

De aquel estanque
los nombres más queridos
al aire emergen.

Sientes con ellos
la misión y el alcance
de sus palabras.

No cabe olvido
ante el pie de una niña
frente a la historia.

Un ave helada
regala la armonía 
de cada nota.

Silencio blanco
en torno del retiro
del monasterio.

Dentro, en la piedra, 
el humo de las horas
y la penumbra.
 
  

* (El jueves, mi amiga Carmen Fernández-Daza colgó en su perfil de FB un vídeo de la Academia Europea de Yuste en el que nevaba sobre el Monasterio Jerónimo, a la vez que se oía, brillante, el canto de los pájaros. Esta semana, la nieve de marzo envolvió los cerezos de la Vera y el Jerte, que fueron mi escenario por tres cursos en los que enseñé, si sé algo, a los alumnos de Jaraíz, o pude estar con ellos, que no es poco. La imagen invitaba a esbozar un haiku de inmediato. He aprendido que visitamos los lugares del mundo, especialmente si hemos vivido en ellos física o espiritualmente, a través de los ojos y las palabras de los amigos que de nuevo lo cuentan. En este poema, Carmen, que en Granada es huerta, viña, jardín, espacio cultivado para el gozo del hombre y de la naturaleza, pisa la entrada a Yuste en un día como este y ante el agua del estanque revive la memoria -casi presencia a veces- de los seres queridos que nos vuelven y sin nombrar evoco. Me refiero a su padre y a Santiago Castelo. Sé del valor de ambos para ella. Y de su permanencia. No sabía que la vida iba a hacer coincidir la escritura de este poema con el aniversario del primero. Siga nevando el canto de los sabios en los ojos que suelen retirarse a esta flor del silencio.)
 
 

  

domingo, 19 de febrero de 2017

Atardecer

Cuerpo de la delicia, flor del olvido.
La memoria del aire
sostenida en los nombres.
Cada reflejo mueve
como el humo unas claves.
Un surtidor de alas
donde el verde reside.
Figura del aliento
de una danza volátil.
No hay rastro del hechizo
tras cruzar los cometas.
Ni curso transparente 
camino de la nieve.
Pero sí de una tarde
similar a frutales.
En mis ojos la noche
da cabida a estas luces,
al color del ocaso
sobre la piel que duerme.
 

sábado, 11 de febrero de 2017

Ruibayat

¿Quién dijo que la pasión había de durar? La pasión nos llama a arder, no a durar en el tiempo. Coge esa vela que te tienden y consúmela. Después, muere.
Cristina Requejo
 
 
Arde en la llama que se extiende, y luego muere.

Que la pasión describa en su ceniza
el tacto irreversible al descalzarse.
Que en sus repliegues testimonie el cuerpo
la memoria del rayo sobre las ramas de la noche,
la claridad en los confines de la hierba sin marcas
que te gime, la luna que desciende por oírte,
el frío del aire que desbarata formas y señales
y perdido no conduce a los cauces.
Pues gira y busca y en el polvo vierte
lo que ululante araña y derrotado huye.
Arde, como el que olvida en los espejos
el sueño calcinante de quien deslumbra, sin saberlo.
  

jueves, 2 de febrero de 2017

Canción de tarde

                                    (homenaje a Manuel y Antonio Machado)

Crucé la orilla
de un murmullo de flores
tras una verja.

Allí el silencio
del violín de las nubes
sobre la seda.

Mi sed sentía
a la sombra del agua
la transparencia

de los colores
ágiles en la brisa
junto a la hiedra.

La celosía
que entremezcla y desvela
una silueta.

Cielo y alondra
para mi calle blanca,
que voy de vuelta.

El tiempo espera
de la imagen dormida
su aroma y huella.
 
 
* (Estaba en los propósitos del blog: jugar con las palabras. Y es así como surgió este poema, tras un paseo nocturno de los que limpian -no me rodea más que naturaleza-, al hilo de unas resonancias sevillanas. Hoy dos de febrero cumple años un exquisito y querido amigo para no pocos paisanos. Vaya el brindis para Juan Ricardo Montaña y, de paso, para Carmen Fernández-Daza, tan valiosa y presente, que disfrutaron del borrador de este poema pese a mi pretensión de condenarlo a las tinieblas. Ellos saben mejor, que el sur lo tienen cerca. Y yo me he de fiar, diablo.)
  

viernes, 6 de enero de 2017

Cruzo un parque

Ahora tienes un sol en cada mano:
la hija que te lleva,
la luz por compañía
de un paseo tras la niebla
en medio del invierno de Castilla.
Entre hojas caídas del otoño
la mañana de enero te concede
la brisa blanca, el frío que origina
lo extenso de esta tierra
que es altura.
Enfrente al sol le cuesta
levantar su color, y su fogata
se aferra a los cristales
de humedad de las hojas y el sendero
donde el rocío perdura.
Ligero se respira lo vivido.
Limpia profundidad helada
invade tras el vaho con que miras
el prisma de las horas
que no templan. 
El camino conduce
a un espacio más amplio
-el río y los pinares-
que inicia las afueras.
Ves la gente que pasa con la bolsa
del pan y al cruzar se saludan
en calles ya vividas. 
Mientras vuelves,
el día extiende al aire
unos cielos intactos
como velas de un mar en la meseta
que anclan la claridad de esta llanura.