sábado, 20 de octubre de 2018

Ira

Dentro de la angustia
un barco dorado
recorre la niebla.

Tras de la tormenta,
destellos y ráfagas
de un fulgor que inunda.

Atruena sediento
el roce imprevisto
de un golpe de agua.

En la mano fría
la mortal cosecha
de un pozo de sombra.

El barro renace
de lo que fue ciego
caudal de materia.

Vida sumergida:
todo se reduce
a un duelo que arrastra.

Un sueño sin aire
preludia la nada
de rostros en fuga.

Sobre la memoria,
la flor amarilla
de lo que no queda.

Esperas el alba.
Llega sobre un cauce
dorado que borra.



* (Este poema respondió a las graves inundaciones sufridas en San Llorenç des Cardassar y su comarca el pasado martes 9 de octubre, en ese repentino y desbocado diluvio y río de lodo que arrasó cuanto pudo, incluidas esas vidas frágiles truncadas como un soplo. El desorden y destrozo del barro semejaba la informe conmoción de un azar asesino que alteró para siempre el tranquilo sentido del otoño, cuyo curso sencillo era hacerse más verde en los días más cortos.) 
  

miércoles, 29 de agosto de 2018

Altivez de La Palma

Frente a la magnitud
de lo no compartido:
la cristalización
mineral 
de las horas,
la soledad
que oxida
su cuchillo
incisivo,
la corteza amarilla
de las mudas palabras,
y
porque sólo la muerte
perdura 
en su desgarro,
ha de soplar el viento
muchos años y noches,
muchos cielos y espacios,
mucho abismo y silencio,
antes que nada pueda
arañar esta tarde
y borrar sus reflejos
de arbolada corriente,
el rescoldo profundo
de cada movimiento,
o cegar el destello
vertical de los bosques
aquí donde,
retenido en los pétalos,
el océano sucumbe
al latido terrestre
de un sol negro y volcánico.



martes, 21 de agosto de 2018

Señales

Traspasa el mar
un pájaro de fuego
hacia el ocaso.

Su vuelo a veces
vuelve desde la voz
al horizonte.

Cuando se hunde,
un líquido topacio
inunda el pecho.

En la penumbra
lees el humo salobre
que borra el aire.

  

                        fotografía de Carlos Marzal, tomada de FB

lunes, 13 de agosto de 2018

Faltaba su lugar

Bastaba con sentir.
No hacía falta hacer nada.
Ni siquiera palabras.
Era el lugar
en el cual
ves llegar
las gaviotas
y flotan como voces
restos de algas.
Salí del mar
para extender mi cuerpo,
felizmente empapado,
recibiendo la brisa,
a ras de arena.
Respirando 
del sol,
brillante
sobre quienes
también lo recibían
desde la espuma de las olas
y el salitre esencial
al mediodía.
Te entregabas
a la quietud del movimiento
a la vez que, crecida,
en el rumor del mar
cada señal
brillaba sin cadencia.
Y era todo al alcance
a un lado y otro,
en lo que ves y sientes,
te rodea y te impregna,
fuera y dentro.
De modo que en silencio,
oyendo el palpitar,
el cuerpo adquiere
el vigor de la roca,
la flexibilidad del verde
de unas plantas
allí alzadas justo
en esas aristas
en vertical sobre las olas,
o cualquier sensación
abierta en el espacio
a esa hora de humedad y destellos,
aérea como cumbre,
en donde el interior se abisma
en lo que existe con derroche.
Porque llega a doler sentir
tanto fulgor como pureza.
Todo colma a la altura
en la que lo que ves
se transparenta
y se revela en las formas
plenas de claridad
que hasta a ti llega 
para permanecer aquí y ahora
no sólo un tiempo justo y limitado
sino más, cuando quieras.
Ese era el regalo que sabías:
que el sol no cesa,
ni el aire nunca falta,
ni tú vas a perder apenas nada.
Lo que anhelas, recíbelo.
Sin ti faltaba su lugar, el centro 
capaz de su memoria,
la consciencia
por la que el mundo
es mundo
y, de repente, sin vuelta,
te asombra 
sobre el tiempo
que detiene su marca.
Ahora ya en ti, la luz
entiende y puede verse
en el sentido que guardaba
para ti cada cosa
y ser por eso incluso diferente.
La vida estaba ahí,
sin medida y sencilla,
en esa invitación a descubrirla
como el que deja que la nieve
le incendie
la sed de la inocencia,
la voluntad de inaugurarla.
Y ahora te toca,
en el correr del agua,
no decirle que no,
pues todo está y lo ves
sin la separación
cansada del dolor y la falta,
de lo que era en el rostro
la cicatriz profunda
de lo que se perdía
y limitaba, y ya
no importa.


domingo, 5 de agosto de 2018

Latitud

Ser mero espectador.
Celebro que tú existas.
La humana geometría
que desprende en el aire
la pincelada ágil 
de unos tonos intactos
serenos de belleza.
Como un brote que elige
arriesgado en la nada
ser así y valerse
de la luz en lo árido,
no cuesta contemplarte.
Y cada vez que paso
junto al verdor que lame
la humedad de la tarde,
en su color resiste
la bondad de una fuente.
Su figura es alarde
de vivir en lo mínimo.
En tu mirada extiendes
un frágil universo
labrado en lo minúsculo,
un mundo inmarcesible
que pocos más conocen.
De la delicadeza
una casa construyes.
Sin embargo, tú eres
su último reflejo.
Puedo oler los jardines
que leyeron tus ojos
y vivir de otro modo
un sinfín de detalles.
Recrean las palabras 
otra forma de vida
nítida y exquisita.
En tu reino encendido
sólo cabe el anhelo
de lo más elevado
y raudo en su destello.
Quien rozara tus manos
marchitaría su vuelo
inaccesible al tacto.
A salvo en tus cuadernos
tocaron otro espacio
por encima del tiempo
del caos y del ruido.
Los colores del agua
salpican el camino
como el paso del cielo
en las ondas de un río
se mezcla con los rostros
del azar y el deseo:
su dorado reflejo
atraviesa lo escrito.





martes, 24 de julio de 2018

Voluntad


Sirvo para que las cosas se vean. 

Y al decirlas perdure lo que llega a mis ojos.







* (Esta cita, en cursiva, de Sophia de Mello, que recordaba hace poco Elías Moro, no dejó de ronronearme a todas horas queriéndome revelar o incitar a algo. Hay maneras de ser que nos abren -y comunican- hacia adentro el sentir, y hacia el mundo los ojos. Al agradecérselo, Elías me dice que para nada es suyo el mérito, pues la lectura de esta escritora se la debe a nuestro añorado Ángel Campos Pámpano, que tradujo su obra poética. A la vez, me cruzo en internet una alusión a esta misma escritora de otro amigo común, Tomás Sánchez Santiago, mencionando la cita desde su destello y asombro. Es este, con las justas palabras, el que quise marcar como claro propósito en un único verso. Y como suele ser costumbre, permite la distancia lo impalpable que es hondo.)
   

martes, 10 de julio de 2018

Siesta

Estival, a la sombra,
la brisa entre cortinas
agita como un junco
el deseo que reposa.
La molicie contempla
el despertar de un cuerpo.
Su mirada palpita
desde un lienzo en penumbra.
Por la piel se deslizan
nubes que son siluetas,
laberintos de agua
para una sed sin boca.
Los sentidos del aire
conducen al aroma
de un nenúfar durmiente.
El temblor que recorres
paraliza la música,
vuelve frágil las horas.
En el prisma que gira
la luz se despereza,
la muralla es morada
donde el tacto se oculta
y en su cauce trasluce
la presencia más honda.
No penetra la muerte
esta brasa tranquila,
ni merodea la calma 
de la blanda materia.
El color de la tarde
guarda el altar de un bosque.
En la alcoba hay un cuenco
que recoge la fruta.
  


        pintura de José Pando y Fernández 


* (Los poemas suceden y nos suelen visitar de una manera inesperada. La impresión de una imagen, una emoción, unas palabras leídas... pueden dar pie a su escritura, distinta de la más previsible o voluntaria de la prosa. Las palabras del poema suceden desde otra intensidad y trazan una realidad que se revela desde una disposición y señales intuitivas.

Una alusión en apariencia intrascendente de mi compañero de antología Sentados y de pie Luis Alonso dio pie para escribir Siesta. Uní a ello el recuerdo de su sensorialidad minuciosa que, cuando él escribe, con la facilidad del virtuosismo recrea. Así, en una sinestesia de sensaciones, espacios, referencias y recuerdos, comenzó a configurarse esta imagen no existente antes, aunque figurada o sucedida con todas sus variaciones multitud de veces. Pues todo lo que sentimos es universal en su alcance. Y por lo mismo, todo acontecer, situación o experiencia, de ahora o cualquier época es, a la vez y en ciertas circunstancias de sintonía o identidad, nuestra.

La palabra no sólo nombra sino que crea realidad siempre. De ahí la responsabilidad de su uso y la capacidad de su poder que origina y supone realidad. Si dijéramos que la palabra sólo influye en lo real y en nosotros, su valor o importancia sería escasa. Sostiene todo lo que somos, y es mucho más que una impresión añadida. Para quien vive cerca de las palabras, sin dejar de aprenderlas, o de captar también la vida a través de ellas -si no, cómo contarla-, la realidad son las palabras y desemboca felizmente en ellas. Y del mismo modo, el mundo está, nos llega y enriquece porque penetra en las palabras hasta crearlas, donde todo matiz, sensibilidad y vivencia encuentra su lugar y sentido. Hay quien habla del centro de las cosas como punto de toda resonancia. La voz -como otros materiales expresivos- devuelve vida a lo vivido, y nos envuelve en el proceso al hacerlo. El arte aspira, en la plasmación de cualquier ideal, armonía o belleza, a conectar con lo esencial de lo que es y somos, desde un estado lindante a la revelación y lo transcendente, al menos, al penetrar más allá de las formas y vivencias y traspasar lo evidente.

La escritura es una suma de elecciones, hallazgos y renuncias. Al terminar este poema, e incluso al escribirlo, recordé la sensualidad decadente y gozosa de un libro magnífico, no suficientemente conocido por su breve edición, las Habaneras de Santiago Castelo, que me traslada a otro, las Sonatas de Valle, de las que hablamos, y él, al poco de conocernos, me regaló gustoso. ¿Un sabor a orfandad en medio del verano? Intentamos que no, aunque nos falta su prodigio. Nunca nada está lejos, si bien, nada se escapa al tiempo. Mientras sucede el nuestro, vivir es la única exigencia, al recorrerlo y descubrirlo.)