viernes, 13 de marzo de 2026

De un poeta que un día durmió en un cuadro de Magritte

Una de las noticias cordialmente felices de estas semanas a caballo entre días de primavera anticipada y coletazos del invierno ha sido la aparición, coincidiendo con su cumpleaños, de la antología Para menos morir (2008-2021) del poeta cacereño Mario Lourtau en la muy apreciada colección de poesía de la Editora Regional de Extremadura. Por más que la poesía sea un género que goza de prestigio y numerosos cultivadores -quién no ha sentido la atracción de esbozar alguna tentativa en este género personal, posiblemente por la disposición del mismo hacia la interiorización y la belleza, tan necesariamente universales- la mayoría de quienes la escriben ya han advertido (y esa es una lección de humildad) que los libros de poesía suelen ser pocos meses después de su aparición, salvo para un círculo de lectores y amigos, un material poco importante y no visible, y unos años después casi inencontrable, sin que eso dependa de la importancia de la voz. Por eso, coincido con que casi cualquier buen autor es un cultivador casi secreto de un lenguaje a la búsqueda de algo con otra intensidad y perspectiva, y a la vez una isla de agradable descubrimiento para cualquier lector sea cual sea el momento que elegimos para leer o en el que la obra llega a nuestras manos. No hay lectura que no requiera esperar al momento de complicidad y finura en el que el libro más nos cale y lo disfrutemos -descifremos- en sus más sutiles resonancias. 

No es esto una reseña sino un impulso de manifestar un festejo en un alto de lectura de las primeras páginas de esta antología. Conocí la poesía de Mario Lourtau por unos pocos poemas sueltos que bastaron para sentirme a gusto en su decir y percibir algunas de las cualidades de la escritura de este autor. Su fluidez creativa y ritmo, su capacidad de imaginación y de recrear entornos acogedores vivos, la satisfacción ante una expresión capaz de generar en el lector lo mismo que dio origen a su momento de escritura en una comunicación de dimensión claramente humana. Quiero decir que esa sintonía y sensaciones estaban propiciadas por algo natural en ese tono y uso personal de la palabra poética.

Traté luego a Mario más a fondo a raíz de su colaboración en Recobrada memoria, el homenaje a Ángel Campos Pámpano que en 2022 coordiné. Por un error de interpretación, el dístico que solicité a cada uno de los colaboradores de aquel proyecto, Mario lo entendió como un díptico original, laborioso, de deslumbrante frescura y con la libertad imaginativa de lo espacial y distinto. En nuestro diálogo, me devolvió a cambio un buen puñado de dísticos. El que entre ambos elegimos tenía una de sus señas poéticas, una sutil emotividad unida a su manera de dibujar en unas coordenadas de lugar y tiempo un momento vivido y de este modo convertido en un espacio rescatado y lírico.

Siento por tanto la alegría de conocer de modo más extenso gracias a esta antología una manera de escribir en la que me siento reconfortado al percibir la espontánea naturalidad de los que atraviesan la vida revelando su relación con ella e impresiones sin disfraces ni engaños. Y con el brillo a veces de un toque inesperado. El decir de Mario Lourtau sabe hacer de lo que rescata un reflejo o relato en una recreación a salvo en la que predomina el deseo de “celebración de lo nombrado” por encima de cualquier “sombra del error” o el “vacío de días desapacibles”.

La antología -que abarca seis títulos publicados, y un anticipo de poemas inéditos- se abre desde el libro inicial y de naturaleza amorosa Donde gravita el hombre, título para mí capaz de englobar su poesía fechada hasta ahora y posiblemente la que sea escrita en un futuro. Los libros iniciales suelen ser vistos con el tiempo con una cierta condescendencia crítica por el propio creador. Pueden tener una impericia o ingenuidad de lo todavía primerizo. Pero en ocasiones, también está sin velos técnicos la potencialidad posterior o el tono reconocible de una voz ya presente. Desde estos poemas acertadamente rescatados, Lourtau ya nos deja muy claras desde el principio sus coordenadas preferentes: la memoria y la palabra, y una modalidad de expresión capaz de recoger de otro modo lo vivido a través de lo que llama “las sílabas del tiempo”, es decir, un mensaje o confidencia verdadera y a la altura humana de la sensibilidad del lector, como es la suya. La dignidad a la que él nombra. 

Uno agradece leer esta manera de expresar en palabras una confesionalidad abierta y compartida que recorre lo vulnerable de la vida con signos que van de la tristeza a la magia diaria, presente gracias a la manera de mirar y decir limpia de este autor y a su voluntad afirmativa de la existencia. A una pureza creativa. Este libro es un regalo que nos hace mejores hablándonos y haciéndonos reconocer una desnudez imperfecta y fugitiva que es común a todos, sin que esa realidad nos deje más expuestos, más bien nos resalta el sentirnos más semejantes entre todos. Poesía contra la destrucción y a favor de la felicidad perecedera. Donde cabe el hechizo de una asombrada mirada. Por eso la elección del título, Para menos morir, que es un verso poderoso y sencillo de otro gran poeta por muchos tan querido, Tomás Sánchez Santiago. Y a la vez una declaración de lo que alienta a esta escritura.

Para mejor morir (Poesía, 2008-2021)
Mario Lourtau
Editora Regional de Extremadura
Febrero de 2026





martes, 10 de marzo de 2026

Trasluz celeste

                  a Gaspar Caballero Femenias

A ras del agua
el vuelo se refleja
y se desdobla.

Azul el lago
y azul el cielo y hasta
azul las alas.

Sólo el sosiego
traspasa y reconoce
la luz del día.

Así se eleva
en un color que es todos
la sed callada.

La transparencia
comienza con la altura
que nos impulsa.

Adquiere forma
de fuente que se escucha
afuera y dentro.

El aleteo
que emerge de la vida
va en nuestros ojos.

Presencia clara:
serena se desliza
sin fin la tarde.

En lo que fulge,
cruzan aves un aire
de lapislázuli.


* (Esta imagen tomada de una nueva 'perla' -La gran muntanya, de su cuaderno audiovisual El so del silenci de Gaspar Caballero Femenias- referida a una reflexión del maestro zen Taisen Deshimaru tuvo el suficiente impacto para impulsarme el inicio de un haiku, tras una larga temporada de haber abandonado su cultivo. Y un haiku enlazado tras otro me devuelve a la costumbre de habilitar de ese modo un espacio fractal de reflexión más amplio. 
Nada más espontáneo que ser y expresarnos desde nosotros mismos. Desatendí su cultivo bien por temer el riesgo de reiterar su escritura o influido por la opinión de algunos de nuestros relativos amigos sobre lo "improductivo" de dedicarse a esta modalidad "menor", como si para la alta reflexión pudieran desdeñarse las vocales.
La escritura del haiku parte de una atención a detalles de nuestra realidad natural más cercana. Y esa actitud de sorprendida vigilancia es un umbral creativo suficientemente valioso para el acecho del haiku como de otras muchas posibilidades de escritura que sustentan su profundidad sobre el certero cuidado de lo mínimo. Por lo tanto, la atención creativa del haiku es digna incluso por su riqueza puramente vital. Porque su génesis es una conexión interior con muchas sensaciones de la vida atendidas desde la captación meditativa de esta breve modalidad japonesa. Y su práctica es una apertura a la comunicación alentadora de la vida en su presencia y realidades inmediatas. Bienvenido sea el silencio para aprender a profundizar o saber retirarse, y bienvenida la creatividad adquirida al ritmo de las estaciones y de la coloración cíclica y variable de la naturaleza.)
  
  

jueves, 26 de febrero de 2026

Apropiaciones

       
        Territorio
 
  
        Siquiera este refugio
 
        Donde poder volver
 
        A este lado del alba
  
  
(Acude el corazón a su costumbre)


 Apropiaciones (u homenaje)
 

viernes, 13 de febrero de 2026

Territorio, o la culminación de una mansa costumbre

                                                                                
                                                           Si contemplas con calma este lugar,
                                                           podrás ver algo más de lo que ves:
                                                           la vida de quien supo concebirlo.
                                                                                                         Á.V.


Suele decir de sí Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) que él pertenece a la generación poética de la democracia o de los años 80 como más o menos así se tituló una antología donde él fue incluido, elaborada por José Luis García Martín, como también se alude por este nombre a la pléyade de creadores entonces jóvenes que comenzaron a publicar en aquellos años ilusionantes de recién estrenadas libertades tras la Constitución de 1978, y que dieron voz -como en otras disciplinas- a unos años de florecimiento creativo y confluencia de muchas expresiones, con el referente de la alta lección literaria y cívica de todos los poetas precedentes de más de una generación que bajo el régimen represivo anterior alentaron en su obra el logro de otro país sin grisuras ni limitaciones. Mirando atrás, sin duda estos años 80 fueron para quien de esto participó un periodo personal y social estimulante y satisfactorio. Fueron jóvenes y estaban aportando a su propio mundo, ya sin condicionantes, unas modulaciones más ricas desde la experiencia -y no excepción- de ser libres.

Y sin embargo, esta alusión generacional no supone adscribir la poesía de Álvaro a una voz coral o de época en la que se mimetizase, pues su poesía, si bien ha ido modulándose en el tiempo y ha tocado algunos tonos y facturas diferentes, pertenece a la de los autores con una voz propia clara y diferenciable, como es preferible, pues la escritura de verdad, si no olvida su radicalidad creativa, no es sino un reflejo de una personalidad, actitudes y enfoque vivencial y comunicativo singular e irrepetible.

Atendiendo a su origen geográfico, dentro del ámbito de la poesía extremeña, Álvaro, sin duda alguna, ha sido desde estos años 80 hasta hoy uno de los tres grandes autores de la lírica de esta inquieta e interesante región en este tiempo, junto a las figuras capitales de Basilio Sánchez y Ángel Campos Pámpano. La muerte, injustamente temprana privó al último de ellos de completar una obra poética con el desarrollo y calado como la que han podido aportar estos otros dos vértices de la lírica contemporánea en nuestra región. Tres grandes autores con proyección nacional, amistad, colaboración y reconocimiento entre ellos, con un compromiso cultural con la regeneración cultural y literaria de una tierra hasta entonces algo baldía en esta materia, y a la vez referentes cercanos en quienes reflejarse para la gran mayoría de otros jóvenes escritores de la propia región.

Estos primeros días de febrero, en los “Nuevos textos sagrados” de Tusquets, su editorial de siempre, Álvaro ha culminado uno de los más bellos propósitos de todo escritor noble y conscientemente profesional, pues este es un rasgo innegable al haber hecho de su vida literaria una labor central y minuciosa, por otro lado fecunda y reflexiva. Territorio no sólo fue el nombre de su primer libro sino el que ha elegido también para el conjunto de su poesía reunida, aludiendo así a esa identidad del espacio fielmente sentido y elegido para vivir desde sus orígenes en adelante, en el que una vez y otra no ha dejado literariamente de explorar y de encontrarse a sí mismo en una geografía conocida y propia, en la que también sucede, con y sin intemperie, su trascurso, trazando al escribir la presencia y detalles de esa naturaleza, y en sus paseos y contemplación en soledad, la resonancia interior de las propias cavilaciones y vivencias.

Estamos en esta recopilación de doce libros y algunos poemas más ante la coronación de un corpus que da sentido a una dedicación considerable y constante. Una tarea desde sus inicios diaria, si atendemos a la naturaleza de ávido y buen lector, con la meticulosidad de alguien que desde siempre ha comenzado sus jornadas ante su mesa de despacho antes de que el sol rayara, en esas horas silenciosas y propicias más que otras a leer, a atender una correspondencia que antes de la aparición de los emails solía remitir escrita a mano con esa letra diminuta y cursiva en cuartillas o tarjetas de color crema, y horas que también daban para un seguimiento exhaustivo de la actualidad (pareciera que las noticias, literarias o no, existieran para que las conociera antes que nadie Álvaro). La escritura era parte de un conocimiento y reflexión de un amplio y buen lector, gustoso de conocer el oficio y el abanico del mundo por las consideraciones literarias y vitales de tantos otros escritores en sus memorias, diarios y meditaciones. La literatura, por tanto, permitía acceder a esa otra dimensión del pensamiento y el testimonio humano ajeno a cualquier limitación de lo físico e inmediato. En el fondo, una experiencia recogidamente expansiva para alguien sabedor de que el espíritu del hombre es un lugar tan incontable e inasible como los átomos del aire.

El corpus que supone la aparición de Territorio como poesía reunida muestra también la huella de un escritor sistemático, acostumbrado a ritmos habituales y predecibles en los cuales esa mecánica natural era parte de una armonía desde la que componer un universo que se despliega de esta forma. Desde bien pronto, por la lectura o las veces en que afortunadamente nos tratamos, la imagen que de Álvaro se me iba formando era la de estar ante un escritor inglés, meticuloso, elegante, con corrección tanto en su imagen como en el trato considerado, observador con aprecio, generoso en una conversación confiada y sin tamices, y además de su predilección por la proporción y la medida, raudo en una ironía sagaz y viva, cercana a su rapidez nerviosa. Tal vez, esta experiencia de lo personal me acompaña sin interferir en la lectura, dándole una corporalidad añadida la suerte de haber vivido cerca y paseado Plasencia, como también sus alrededores de la Vera y el Jerte.

Hablo de ello porque todos estos rasgos los considero humanamente complementarios de una obra que al presentar ahora completa permitirá la lectura sostenida y global, hasta ahora tal vez sólo al alcance del propio escritor en su trabajo consciente de intimidad y tinta. Una escritura correcta y a la vez sensitiva, a veces perceptible como cinematográfica, en escenarios y disertaciones que desde una pantalla atrapan al lector como a un espectador privilegiado en su butaca ante un personaje que desgrana las luces y las sombras de sus pasiones y fragilidades, y la preferencia de sus parajes y lugares algunas veces abiertos, naturales, u otros, como los jardines urbanos de una naturaleza menor trazada por el hombre, que permiten una delectación y un refugio para abstraerse y recrearse. Estamos, en general, ante una poesía concreta de sucesos, situaciones, personas y lugares que podían tocarse con la mano, desde el agua que corre sin detenerse río abajo a los ojos de dos personas que se cruzan y se pierden estremecidos en direcciones diferentes. Los sentimientos personales pocas veces o discretamente se expresan, y por eso mismo, por esa reserva y dignidad ante lo íntimo, cuando afloran ante seres queridos con los que se comparte la vida o que nos han abandonado, conmueven en una expresión en que la propia mención de lo que se cuenta es muestra de una biografía íntima sentida con un certero aprecio. En la visión del poeta hay un tacto presente hacia el relieve de los días y el mundo. La fragilidad, el pesimismo de algunos momentos, el claro desgaste de algunos acontecimientos en el paso del tiempo no eclipsan una referencia amable y justa que contiene el ideal de armonía con el que se contempla la vida y desde el que empezó esta aventura de escribir en una edad desbordante mucho más fascinada por los brillos y la estética. Y sin embargo, no estamos ante una poesía de oropeles y retórica. El lenguaje es lo que identifica la obra de Valverde, y este bien pronto optó por la cercanía a las palabras usadas a diario, sin afectación, sin rodeos, de tal modo que esta dicción y el ritmo de sus versos de naturaleza impar conformaran la identidad de una voz reconocible de autor, que a la vez con pericia y naturalidad se hacen parte fundamental de la experiencia poética transmitida. Lo particular y lo universal, lo íntimo y lo externo adquieren el color de estas palabras, como el tono y la luz de ciertas fotografías son parte y señal de la visión de quien las toma.

Esta edición -impecable, pulcrísima; no hay mejor homenaje para un escritor que culmina su obra- de la poesía reunida de Álvaro, se completa con la novedad de un breve y reciente libro inédito fechado en 2025, Geografías del jardín. Me atraía abrir la obra por aquí. En general, son apuntes más rápidos, alguno cercano al haiku, y tendentes a la brevedad de sus últimos versos, con la herida esencial de lo lírico en ellos. De nuevo esos espacios reducidos y apreciados que se abren a la vez como ventanas del alma para el que busca esa sensación invisible de lo que se presiente y se ha perdido, pero a veces en su placidez se nos hace presente. En el arranque de la página 17 del libro leemos un verso conocido de antiguo: “Lenta procede la enramada”. Y en el final de la página 648, se nos dice “Que la naturaleza, / en suma, / se ocupó de crear / ese simple prodigio.” Esta palabra es la sensación con la que los lectores amigos hemos recibido este libro. Si la poesía, como concebía Paco Pino -entre otros poetas más- radica en la mirada (recuerdo los poemas de una de sus plaquettes, Nada más que mirar), la escritura poética de Álvaro Valverde es un testimonio sincero de alguien que con una contenida palabra ha recogido algunas huellas del mundo -el enclavado en su Plasencia natal y el de sus proyecciones y viajes- donde ha encontrado las señales de la luz y del tiempo que fugazmente se nos ha concedido e inquietamente atravesamos descifrando. Tras adquirir el libro, hay noches que no deberían acabarse hasta llegar a las últimas páginas de lo que recogido en un solo volumen a lo largo de cuarenta años de escritura es un esmerado regalo. Agradecido.


Territorio (Poesía reunida, 1985-2025)
Álvaro Valverde
Nuevos textos sagrados, 335
Editorial Tusquets, febrero de 2026


 
 
 


martes, 10 de febrero de 2026

Ni gloria ni poder, son lágrimas las cosas

                                                a Fermín Herrero


                                    pararte a comprender  / esa simpleza [...] 
                                    volver / a congraciarte con el mundo
                                                            Fermín Herrero


La vida es lo mortal. También relieve.
El bosque cruje al cobijar la noche.
Afuera puede helar y el musgo vive.
Si cae, la nieve apenas las raíces toca.
Son joyas pasajeras su blancura liviana,
la ceñida corteza de la luz que cautiva,
la incerteza del hielo que la savia detiene
en la tierra dormida como un cuerpo que ama.
Afuera, el frío hace brillar el aire y es hondura
la paz de los silencios. En esa fronda el alma
en su caudal acude e incita el vuelo
que ha de poder alzarse en la alborada.
Renace en soledad lo que queremos,
lo que cobra sentido a tiempo lento,
la oscilación de lo que descubrimos
como una flor aislada cuyo aroma
al aspirar indemne nos transporta.
Tu rostro sabe ser limpio refugio.
He vuelto a regresar y tú esperabas.


* (Tras varios meses de silencio en que llegué a perder la confianza en garabatear de nuevo un solo verso que salvar con un mínimo de resonancia lírica por una de esas circunstancias, invisibles o no, que en ocasiones nos bloquean la claridad y el bienestar suficiente para dedicarnos a esta gustosa labor que requiere de nuestra finura y fluidez para la expresión meditada y creativa, este poema anotado en un viaje de vuelta en las demoras de dos aeropuertos, el de Pereira y el de Bogotá, puedo considerarlo como el agua esperada después de una larga sequía, o el cielo despejado tras meses de tormenta. Como todo lo bueno e impensado, no hubiera surgido sin mediar la lectura en ese momento de la poesía de Fermín Herrero -en concreto, tenía a mano su libro Sin ir más lejos, que elegí para las esperas de este largo viaje- y la sintonía literaria y afectiva con su escritura y amistad. Porque la escritura no sólo parte de la experiencia de la vida, sino de la lectura misma -e incluso más-, que es un modo selecto de reflejar la vida y trasladarnos sin ninguna carencia a cualquier sensación y vivencia posible y diferente.

Tal vez de fondo operaba mi debilidad por la tierra de Soria, a la que llegué desde la lectura juvenil de Campos de Castilla, y mi posterior estancia de un año como profesor de lengua y literatura en Covaleda, en esta tierra alta cercana a la Laguna Negra y al pie de los Montes del Urbión en donde nace el Duero. Esta querencia por la tierra soriana es la que me condujo a su poesía, desconocida hasta que la encontré tardíamente en una librería de Valladolid y al ojear esos poemas adquirí más de un título para leer y regalar también.

Que el poema vaya dedicado a Fermín era una obligación gustosa. El título se apropia y modifica libremente algunas expresiones de unos versos suyos, y las citas proceden de otro poema de este libro, que invito a descubrir al más curioso. Además, yo sentía la deuda de no haberle podido escribir carta desde nuestro último encuentro, también por esta imposibilidad temporal ya dicha para hacerlo.

El diálogo interno con los autores leídos y apreciados es un lugar frecuentado y favorable, y sin ellos no hubiéramos escrito apenas algo de lo mejor de nosotros. Leer es transitar un seguro sendero hacia lo que buscamos, y esa fidelidad y disfrute ante su obra escrita es la vía donde 
lo verdadero frente a lo trivial cobra nitidez y relevancia. Y donde esa tradición (entrega, transmisión) es un testimonio capaz de hacer nuestro recorrido más valioso y seguro. Por ejemplo, al recibir la sencillez de lo diario, la observación de lo pequeño, la fragilidad de lo que somos, la conciencia del error y de lo limitado, la celebración de lo que nos configura y sale al paso, la humildad como sensibilidad lúcida y sin embargo ni débil ni tampoco maleable, la discreción como sabiduría callada, la importancia de la dignidad permanente en las palabras y los hechos, la memoria familiar de la que procedemos, las enseñanzas no olvidadas de los que nos precedieron, los nombres de las cosas aprendidos en la infancia, la casa y los paisajes por los que vieron nuestros ojos, la sangre nueva que a nuestro lado crece y nos alienta, el valor concedido a cada una de las cosas, la escucha ajena al grito, la aceptación, lo que asombra, los paseos, los lugares secretos y queridos, la inquietud, lo inevitable y sabio del destino, el humor que nos salva de
 la escasa grandeza... En los libros de Fermín Herrero estamos no sólo frente a una conversación sin disfraz de un hombre ante a sí mismo sino ante un honesto espejo a igual altura de nosotros donde reconciliarnos con lo humano.)

Els Pujols, Artà, enero de 2022
 

domingo, 24 de agosto de 2025

Madrigal

Con la luz por delante,
sobre la piel la nieve
perfila una promesa
de colores difíciles.
El pie semeja un brote,
la huella crece y fulge.
El sol abre su iris
a un ave que hacia él arde.
Volcado en el silencio,
el cielo se refleja
detrás de lo que corre.
La sed no se diluye,
se abisma en lo que es leve.
Más bien conforma un rostro
sereno en lo intangible.
Un aroma y un canto
donde el cielo destella
dueño de una memoria
nítida e indeleble.
La senda de los bosques
mira también su cumbre.
Los pasos se dirigen
donde el aire no vuelve.
Recrean aquella imagen
que el sueño quiso libre.

Mallorca, agosto 2025
 

viernes, 1 de agosto de 2025

Delicado retorno

Es un día de calor. Sin especial propósito.
Tomo el menú de un restaurante
habitual donde leo el periódico,
me siento junto a otros clientes,
algunos conocidos, los saludo,
y sin necesidad de más,
disfruto de comer y me distraigo.
Llega el postre. Me inclino por un flan
que no tomo hace tiempo.
Es fresco su sabor. Viene con nata.
Al verlo, me deslumbra un recuerdo
de mi madre. Su costumbre de hacerlos
para la cena algunas noches.
La veo en la cocina,
a la tarde, horas antes, preparándolo,
huelo el azúcar caramelizado
y su vaho en reposo hasta cuajar al enfriarse.
No aprendí como hacerlos. Pero distinguiría al instante
el recipiente humilde, la tapa irregular,
la mezcla de ingredientes al batirlos,
y su bullir al fuego. Siento también
esa disposición callada de mi madre
con que aromaba, sin querer, de este modo la casa,
a esa hora en que la luz se entibiece
prolongada al nimbar esa costumbre suya
que en el fondo era ofrenda.
La infancia era el tiempo de los dulces.
Mi madre, tan liviana y discreta,
inesperadamente reaparece
detrás de aquellos gestos
ilesos, interiormente libres y felices,
no exigidos por nadie, sólo suyos,
en su manera silenciosa
de estar y hacer sin dejar huella,
impregnando las cosas de su cariño tácito.
Y esa fragilidad del sentimiento,
inseguro pero sin duda necesario
para vivir, lo supo transmitir en lo minúsculo,
sigue estando tan próximo
como a veces las olas imprevistas
que nos mojan los pies,
y en esta orilla sucesiva del tiempo
basta un soplo furtivo
para inquietar de nuevo y conmovernos,
en esa indefensión de lo sensible
al fin y al cabo tan real y persistente.