sábado, 15 de junio de 2024

Desvelo

                                                           a Hilario Barrero y Jesús Nariño

Después de lo vivido, qué ha quedado.
Al cabo de los años, aún qué espero.
La tierra era el lugar que amé sin alas
y entraba por mis ojos y mis manos.

Pasó la juventud con sus prodigios,
llegó la madurez sin deterioro.
La noche ardió por retener el fuego
que el sol al alba desplegaba mudo.

Hoy queda en mi memoria el fiel reflejo
del mundo y el color de los sentidos.
Me miro y sé que el tiempo fue sagrado.

Salvé lo que hasta al aire le era anhelo.
Pondría otra vez tu rostro junto al mío
antes de que el silencio borre todo.


* (A final de mayo, desde Brooklyn, salió el número 41 de los Cuadernos de Humo, revista personal que sostiene como ágora de poesía y amistad Hilario Barrero, tendida entre su colorido y plural Nueva York al que llegó hace tantos años y los cielos en torno de su Zocodover y Santo Tomé natal. Al recibir su invitación en febrero para participar con un poema inédito, un viaje en coche por la isla, donde tantas veces al conducir me abstraigo en su luz y su paisaje, dio pie a esta reflexión que me vino como unas palabras que oyera de su boca, pero que en el fondo hablan también del poeta mismo o podría hacer suyas cualquier lector posible. Este Cuaderno de Humo sale en mayo pese a la fecha impresa de julio, en la que ya en 2021 celebró el 50 aniversario de otro 7 de julio con la entrega de Siete poemas del deterioro, unos poemas de factura bellísima con la desnudez implacable y la conciencia del contraluz duro del tiempo, dueño de tantas "grietas invisibles", al que se quisiera rogar "un final menos agrio", cuando "ahora somos dos sombras" en "el curso de la noche", tan poderosa siempre que fue alto refugio para amarse. Ninguno de quienes queremos a estos dos amigos que suelen añorar el viejo mundo y nos comparten los colores vitales de la orilla del nuevo en el que viven, nos sentimos al margen de ese abanico de sentido y temblores que leemos en cualquier poema de esta travesía personal del tiempo y el deseo, testimonio de la fragilidad anhelante y sin embargo valiente que nos toca.)
  





                                                                         
fotografías de Hilario Barrero

domingo, 9 de junio de 2024

Celaje

                              a Pedro Ojeda Escudero

Bajo el sol matinal
de unos cielos volubles
hoy con nubes dispersas
veo caer -brevísimo el instante-
unas gotas de lluvia
que salpican
-ligera acuosidad
que la brisa nos deja-
y traslucen el mar
al fundirse en la piel
por ser salobres.


* (Hay poemas que dejamos en reposo un tiempo por afinar unas palabras y a la espera de calibrar su consistencia. Este es parte de los apuntes rápidos que no buscan una mayor reflexión. Este año, tras un invierno seco y demasiado templado, las lluvias han caído desde abril hasta mayo, y cada día que llegaban miraba en mi pluviómetro la marca de su pequeño caudal y su repercusión inmediata en el verdor de las hierbas del campo. Unas pocas gotas caídas paseando bajo un cielo ralo de nubes abrió estas sensaciones del agua al respirar su humedad en lo pasajero del momento. Suficiente para que en el aire y la piel quedara abierta esa dimensión sensorial por la que entramos a lo intemporal al sentir lo imprevisto.)
  

  

martes, 28 de mayo de 2024

La inmensidad de las pequeñas cosas

No había leído hasta ahora nada de la poesía de Diego Fernández Magdaleno. Lo conocí por un inesperado detalle suyo hace años cuando subió a internet un vídeo leyendo un poema mío, La frontera del agua, que tal vez simbolice más de lo pretendido, porque hay palabras con vida que por siempre se buscan. Tras recibir Ausencias en camino, tomé unas notas con la satisfacción de su lectura para trazarme el mapa de un libro que me atrajo por su lenguaje y del que no disponía de ninguna referencia de su composición y motivo. Sigo pensando que es un libro que transmite tanto o más con lo que no nos dice porque sabe llegar a quien lo entiende desde una actitud de vaciamiento y escucha. Escribí esto:

El libro es una miniatura. Como una pieza de cámara para escucharla a solas o una serie de estampas cercanas a la elementalidad del haiku, con la ligereza de lo breve y el ritmo de lo impar casi nunca mayor que el heptasílabo. 

Un libro íntimo, con el recogimiento de lo que se rememora con deuda y devoción hacia quienes se nos han diluido en la vida. Parece hablar de despedidas en las que se concita la muerte y el amor. O se dirige hacia los más cercanos con quienes se comparten las más seguras sensaciones del encuentro cotidiano, y por eso gozoso. En esa dimensión inmaterial del sentir en la que se estilizan las vivencias, o lo que queda de ellas, se evoca con la ligereza del trasluz o de una veladura, pues su entidad va unida ya al vacío, con el tono confidencial donde basta salvar unos destellos "y así caen las palabras / al abrir vuestras manos." 

Se asiste a una memoria. Por eso, "vuelve la muerte / a ser un manantial, /cómo son las cenizas / aliento que no cesa." Quien aspira a la vida convierte en vida las huellas que hace propias de aquellos que recuerda. 

Un intermedio, que recibe el nombre de Reflejos, elige cinco personajes de la literatura atravesados por la alta sensibilidad en sus manifestaciones: Leopardi, Emily Dickinson, Virginia Woolf, Sylvia Plath y Francisco Pino.

Y en su cierre, Última luz, el mínimo lenguaje nos conduce, como en el despojamiento religioso, a esos lugares interiores donde la hondura de lo que se intuye se da en la desnudez de lo inefable. Ausencias en camino entona con unos pocos signos esenciales la dulzura y a la vez el dolor por todo lo incompleto que nuestro ser al encarnar aspira e interiormente de por vida busca. 

Se nos habla de "Quien olvida la sed / pero recuerda el agua". Ser capaz de alcanzar esta virtud o al menos disponerse en la actitud que hacia ella conduce, supone reconocer la cercanía de la fuente que mana allá a donde miras y, en esa totalidad abarcadora de la vida, nada de lo perdido en el presente cesa, pues es vivido en él como presencia. Hacia el final "en esa fuente / que da más sed" -la de la vida limitada- se nos desvela, desde la indefensión de la inocencia, la figura a quien invoca: "papá, / cuando despierto."

¿La luz del mundo puede caber en unas pocas pinceladas? Como en todo poeta que lo concibe y que se arriesga, la voz de Diego Fernández Magdaleno lo procura al compartirnos estos interiores sobre unas mínimas referencias concretas. Esa esencialidad hacia lo desnudo de su expresión pretende no interferir en lo que desde el silencio aflora, y desde ahí recobra su impalpable figura. De modo que la ausencia ahonda su dimensión tras las palabras mínimas que nos conducen -tras un cauce, un camino y una casa- de nuevo a un silencio que agranda su sentido al terminar los poemas. 

Ausencias en camino
Diego Fernández Magdaleno
Editorial Páramo, mayo de 2024
  
fotografía de la presentación de Ausencias en camino en la Librería Oletvm de Valladolid.


domingo, 12 de mayo de 2024

Sombra viva

                                   Aquella voluntad honesta y pura
                                             (Garcilaso, égloga tercera)

 
A quien la soledad sin más deshoja
el brillo y el color de la mejilla
mientras que se desliza por su mano
la tez de una invisible y honda ausencia,

cómo poderle mitigar el duelo
o sostenerle el corazón que inclina
si nadie puede consolar el frío
que esculpe el tiempo amado que ya es fuga. 

Las lágrimas descienden cada noche
al aroma de un patio en el que vaga
la imagen de dos almas y un silencio
capaz de resonar bajo la tierra. 

Te vi llegar al pie de la alegría
que aunque no estés se refugió en mi boca.
El sauce oscila siempre su verdura
y el día renuncia ante él a la desdicha.


* (Recuerdo cuando en segundo de carrera comencé a leer a Garcilaso, el asombro que me causó su sensibilidad hendida de un idealismo amoroso y melancólico -en este ámbito, la separación y el dolor ha inspirado más veces poemas muy intensos que los debidos al disfrute y el gozo- y la musicalidad de sus versos. Ese clasicismo fue capaz de levantar un canon hoy todavía atrayente cimentado sobre la selección del lenguaje poético y el lirismo al servicio de convertir el impulso vivido o anhelado en una plasmación de lo armónico donde lo musical y la naturaleza se conjugaban para ennoblecer ese empeño. Lo amoroso -como en las edades del hombre- es un espacio presente y casi ineludible en el comienzo de todo movimiento creativo, y así las jarchas son un claro testimonio elemental de ese origen. Estamos al principio de nuestro Renacimiento, y allí un poeta joven de aprendizaje petrarquista expone la suavidad de su ansiado paraíso con la virtud de las letras que consagran lo que la realidad y las armas no le dieron.

En aquel momento universitario, estas y otras lecturas más actuales me impulsaron a escribir unos pocos poemas recogidos bajo el rótulo de El asedio del agua en los que me acerqué a esta sensibilidad en la que quise conjugar lo poético con lo narrativo sin renunciar al lirismo y el placer de lo estético. El adentrarme en un borrador nuevo como este me ha devuelto a aquel tiempo. 

Se nos olvida a veces que el lenguaje genera realidad y que el poema es una creación donde la realidad nombrada no existe más que en el cuerpo y espacio propio de esa secuencia expresiva, sin derivar de otra referencia donde pudo apoyarse al tomar forma, aunque tal vez en la universalidad que ese lienzo despliega pudiera estar captando un reflejo invisible de una vivencia acaecida a otros. Porque la palabra anticipa o se amolda a una tácita e intuida vivencia que el sentir comunica. Y el creador antes que nada escucha. Con el tiempo, poemas como este que salvamos del pozo de otros borradores interrumpidos o imperfectos quizás sigan diciendo algo o también se descarten como un noble ejercicio fallido de una tarde valiosa.)
 
 
     fotografía de Carmen Fernández-Daza, del patio de su casa familiar en Almendralejo

lunes, 29 de abril de 2024

Ajimez

                                              a Basilio Sánchez

Si pudiera la flor volverse roca
y leve catedral en cada pétalo
que girar por el tallo en una ofrenda,

si el vuelo pasajero que ahora cruza
de un ave en este cielo perdurara
grabado sobre el aire en un reflejo,

si fuese el azul mar canción o nieve
y su hondo corazón desfalleciese
para débil rendirse ante la noche,

si ver y oír en el trigal la lluvia
nos uniera al latido a flor de tierra
que sólo rasga el rayo y la ventisca,

si cuando cae la luz algunas tardes
baja el deleite hasta el que espera poco
y en su fugacidad y fragua huye,

así transcurre el día en sus crisoles
como un vilano que unos labios soplan
asidos al deseo que al fin buscan. 


* (Si hay dos poetas destacados en la actual lírica escrita en Extremadura, sin duda alguna son Álvaro Valverde y Basilio Sánchez, tanto por la calidad y extensión de su obra escrita, como por la solidez de su reflexión literaria, el sentido vital y literario con que conciben su continuada dedicación creativa a este género y su cuidadosa tarea con que enfocan su voz para dar forma a sus universos personales. A ello unen su amplia formación lectora, que es un modelo de orientación y de un gusto equilibrado para muchos. Además, cercanos por edad a la generación mía y, por tanto, con la sintonía y diálogo de similares vivencias del tiempo que nos toca. Sin duda alguna, hay más poetas destacables de obra conseguida además de ellos en nuestro panorama regional. Y esa fecundidad es digna y generadora de más creación poética, celebrada desde el ilusionado resurgir literario en Extremadura de los años 80. Sí que mencionaría los recordados por desaparecidos. Entre ellos, Ángel Campos, Vicente Sabido, Santiago Castelo -aún pendiente de rescatar su rica obra en prosa, como sus sensoriales Habaneras, que son sus personales Sonatas caribeñas, tan sólo difundidas en edición no venal encuadernada para regalar entre amigos o en la edición poco conocida de sus Hojas cubanas,  o sus artículos literarios en prensa, o sus inéditos diarios escritos para él mismo y conservados en cuadernos mimados con su letra-... Si algo acompaña a la verdadera poesía no es su capacidad de exhibición ni su fin es el éxito de un ejercicio de modas, sino una callada y solitaria atención para quien entiende el retiro y el silencio que la dedicación a su búsqueda requiere. Este poema dedicado a Basilio cumple una deuda desde el placer de lector con la belleza, misterio y transcendencia de lo natural y sencillo que en su poesía reside.) 


    fotografía de Carmen Fernández-Daza, de una orquídea cultivada en su casa, capaz de devolvernos 
    la pureza acogedora que amamos en la vida. 

jueves, 18 de abril de 2024

Aguanieve de abril

y todo es paz
y estrechas lo que amas
y una tarde infinita y siempre abierta

Aguanieve de abril.
Tras los cristales te adivino,
oh transparente anhelo de vivir
asido al cántico.
Bajo un cielo invernal
esplendoroso
nacen briznas de amor
donde el tacto cautiva
con la intensa emoción 
del fiel encuentro.
Empapados, dichosos, aún más bellos,
todo es alta sonrisa al descubrirnos.


* (El comienzo de este mes de abril en el que las bajas temperaturas dieron paso a un frente de nevadas tardías e inesperadas me hizo recordar este poema escrito en Valladolid en otro abril de 1986 a mitad del cual, pese a lo avanzado de la primavera castellana, el frío que allí a veces cuesta soltar, y casi es parte del paisaje de esas tierras de la meseta alta, trajo unas ráfagas de aguanieve -y con ellas este poema- bajo cuya blancura recibida desde los ventanales del edificio del Conservatorio de música acudía hasta allí con su violonchelo quien fue merecedora de estas líneas. Al igual que la nieve sólo puede ser contemplada unos días antes de disolverse en agua, esta estampa refleja lo irrepetible del momento en la fugacidad sorprendida que recrea.)

viernes, 29 de marzo de 2024

Túmulo de Son Ferrer

Aquí aguarda,
a salvo del olvido,
lo que nadie conoce
bajo el cielo cambiante
de siglos y estaciones
que han dado a este montículo
su sesgo de erosión, derrumbe y líquenes,
hasta el que hemos venido sin saberlo.

Alojan estas piedras circulares
-en torno del altar que sobrevive
para una ceremonia sin testigos
que este lugar repite y nos devuelve-
el sol que no sucumbe,
el salitre cercano,
la rosa de los vientos empujando las olas
sobre el acantilado de la costa,
al pie de unos cipreses verticales aún jóvenes
y el temple acogedor de olivos y acebuches
que ennoblecen el tiempo
aquí perenne.

La hierba tras las lluvias,
el brillo dispersado de unas flores silvestres,
el canto semioculto de unos pájaros,
como el planeo ingrávido de un ave
sobre lo inamovible del momento,
dan a la luz de esta mañana alta
el profundo sentido de un instante entrevisto
donde también cruzaba el aire
la piedra de una honda que en el cielo lejano 
de antiguos moradores de esta tierra
trazó su elíptica defensa
curvada para el nombre de estas islas.

Posiblemente un cuenco con aceite votivo
y una mecha encendida
velaron como ofrenda en este túmulo
a aquellos que yacieron
dejando sus facciones bajo tierra
y su frágil memoria en semejantes
igualmente abolidos por el tiempo.
Callamos ante ellos.
En el vacío persiste un motivo sagrado
intemporal a quien acude hasta esta linde.
Algo más que unas piedras
hallo en este legado al descubierto
donde los puntos cardinales caen
como cualquier otra distancia cede
en el sendero reservado hacia lo interno
que aquí resuena intacto
para el inesperado caminante.