sábado, 17 de agosto de 2019

Ventana abierta

Primeras gotas.
Escribo con la lluvia 
que cae a tierra.

El aire huele
a palabra nacida
con forma de hoja.

Leo en la fuente
las ondas que rodean
a las libélulas.

Temblor de libro,
del agua circulando
ante mi vista.



     

lunes, 12 de agosto de 2019

Tanka de cumpleaños para Á. V.

Sesenta años
caben en el espacio
que ya has leído.

Y en los cielos azules
de aquel sol de la infancia.
   


* (Con unos días de retraso, valga esta felicitación a uno de esos bien apreciados amigos desde hace tantos años, con la sensación a la vez rauda y lenta del paso de la vida y del tiempo, y ese guiño esencial machadiano que sin haberlo querido nos resume.) 



miércoles, 7 de agosto de 2019

Gavillas

Hunde la mano
con plena confianza
en la corriente.

El sol conoce
un reflejo cambiante
dentro del agua.

Pídele luego
sobre la piel mojada
que te descifre

el pez que baila,
el viento de salitre,
la lluvia a veces.
   



lunes, 29 de julio de 2019

Aparición

Sobre tus manos
de nuevo el petirrojo
acude y danza.

Busca y celebra
la invisible corriente
hasta tu casa.

Del cielo temes
los colores que anuncian
su despedida.

Tras ese vuelo
la mirada acompaña
lo que se adentra.


*(Este poema recoge una historia relatada en la prensa de Mallorca en marzo de 2017 a la que ya me referí en una entrada anterior.)

Rupit, el otro habitante de Orient

Rupit de Orient se despide con la llegada de la primavera 



     fotografía de Pascal Vaugon

jueves, 18 de julio de 2019

Ventanal

Carece de importancia
la muerte cuando llega.
Sentimos desde niños
una noción lejana.
Ella misma no existe
para quien cree en la vida.
Y sin embargo el miedo
agita su figura.
Bien pronto nos la inculcan
como diosa imperfecta,
fría, devoradora.
Pero ella no respira,
ni viaja, ni ama,
ni seduce una mano,
ni saborea la fruta;
no penetra en el fondo
del tacto que deleita.
Tan sólo un día asoma
porque el tiempo es frontera
e igual que el día pasa
o la flor se marchita,
y la noche no implica
que la luz no resurja,
nuestro cuerpo requiere
de su presencia un día.
Y ella cierra los ojos
que dan a otra manera
de vadear las cosas
y a la vez traspasarlas.
Mas el tiempo permite
entrar en la materia:
saborear un rostro,
sentir una navaja,
bajar hasta la sima
clave de una memoria.
Porque la muerte nunca
viene si no la llamas.
Ella tan solo espera
como en un ciclo el vuelo
de la hoja que salta
del árbol a la tierra
y esa frágil distancia
el aire la amortigua.
Mientras las nubes pasan,
y la tarde se aquieta,
o se alza la mañana,
vendrá como la música
que ilumina las horas.
Duele como una ausencia
porque es cierto, separa.
Sin embargo no hiere
a quien lleva consigo,
ni el fin es una sombra,
ni el silencio vacía.
Su quietud nos devuelve
a una unidad primera.
Nuestra mente es posible
que acuda a la nostalgia.
Si de nuevo contemplas,
perdura la armonía.


* (En los primeros días de julio, la noticia de la muerte del compositor brasileño João Gilberto me llevó a oír de nuevo algunas de sus melodiosas canciones. Su familia habló de que había tenido un tranquilo morir, como muchas veces sucede y es posible. Con el sabor agradable de su música, quise escribir otro modo de concebir este final, pues en el fondo cada detalle de la vida sucede según nuestros deseos e ideas más profundas, y lo único inevitable para los que seguimos aquí es el dolor de la pérdida.)



        

     

domingo, 7 de julio de 2019

Lección del bosque

Con piel cobriza
atraviesa el invierno
la hoja del roble.

Llevan mis ojos
el origen del tiempo
de los helechos.

No pesa el agua
que resbala en los labios
bajo la lluvia.

La rama brota:
similar al comienzo
de las palabras.






sábado, 29 de junio de 2019

Es Carregador

          Es brumosa la tarde junto a un mar agitado que resuena, y al fondo, el destello reiterado de un faro salpica la cinta desvaída de niebla levantada en la calma de esta tarde estival que de lenta, no corre. 
          En medio de las rocas y la humedad transparente hay una soledad vegetal, presidida sin aves, que es la naturaleza. Ves raíces sinuosas abiertas que bajan a la orilla desde un acantilado hasta una cala, y te rodea un pinar de quietud escultórica circundando la costa. El borde de salitre de las flores y las aristas del descenso hasta el agua entre unas matas, pitas y tamarindos florecidos en malva son la exclusiva presencia de la vida que no vierte negrura en estas aguas templadas todavía esmeraldas. 
          Y una roca basáltica, en medio de las olas y a un paso de la costa, exhibe desde siglos en su piel las señales de una rara belleza ajena a cualquier canon superior de un artista. Guarda en su forma todo, el azar y el sentido. Estaba ahí desde antes y seguirá sobre el agua más allá de nosotros. Su emergente silueta no se inmuta, custodia un vibrar diferente, un saber sólo abierto a quien pueda moverla y conozca en lo frágil el don de lo infinito, una roca que tal vez se rindiera si pudiera trocarse en puro aliento.
          Aquí ahora, este sitio es un espacio abstraído en la bruma y el silencio sonoro del mar, a salvo de los ritmos que no van a nosotros. Y al borde de la costa, y anterior a la noche, es el reino de las plantas silvestres mecidas por el aire que las moja sin lluvia.