viernes, 23 de octubre de 2026

Grieta

Me paro ante una planta
que se atreve a brotar en la calzada
condenada a extinguirse
como un hierbajo mustio y polvoriento
apenas contemplada y a su suerte.
Y sin embargo, mientras perdura ahí,
al cruzarme con ella
reparo en cómo se alza desmayada y persiste
sin posible esplendor que la ennoblezca
en su altura apagada y casi sucia.
Tomo el impulso de verter en su hendidura
algo de agua, lo justo
para que vuelva a erguirse ante lo adverso
y el verde deslucido aún resista más allá de lo árido.

Así, su aparición precaria
me recuerda que en nada es diferente
su azar a la existencia,
a cualquier devenir expuesto y discordante
en lo desconocido que nos toca
y a su combinación de soledad y confianza
o de temblor y vértigo con los que resistimos
y avanzamos allá donde la vida nos conduce
mientras el tiempo irremisible corre.

De este brote ignorado
anclado en la amenaza de lo adverso
contemplo su valor más allá de las horas,
su presencia certera en lo olvidado,
su aparente elección en lo que nada importa,
su transcurrir inadvertido y firme.

Y vuelvo hacia mi casa comprendiendo
que ha resistido al tiempo en un mínimo hueco
donde la vida se cobija
sin aparente forma de grandeza
en una persistencia hacia sí misma
que advierto estremecido y mi mirada aloja.

Imprevista, recibo en su intemperie
lo que me identifica con su entidad escasa
encontrada en el curso
de un paseo sin mayor importancia
y su naturaleza no por ello menor,
pues así somos
en lo que en nuestro sino no parece elegido
lo mismo que este suelo que ocupamos,
mientras el devenir y lo impensado sigan.

Y retorno abstraído ante estos vestigios no apreciados
que un día faltarán aunque habrá otros
sin duda poseedores de algo grácil
donde reconocernos.

Porque el tiempo nos borra,
y en ello la memoria y el azar nuevamente
repetirán los ciclos que nos llevan a idénticos lugares,
a explorar cada cosa, a indagar el origen,
y ante lo inesperado, a retomar el paso
con asombro aprendido frente a lo que no reparamos a diario.


fotografía de Isabel Martín Román


lunes, 19 de octubre de 2026

Jovial corriente

Cuánto revuelo
de voces en la calle
cada mañana.

En los balcones
las sábanas se agitan
entre macetas.

Al abrir puertas
aroman las naranjas
a las alcobas.

Qué idioma imita
la fuente que repite
su brote de agua.

Pasan mujeres.
Bullicio de canciones
de lance y risas.

Aunque te escondas,
verás bailar colores
bajo tu blusa.


de Laureà Barrau i Buñol (1863-1957)
 

sábado, 3 de octubre de 2026

Viveza

Desciende lenta
una hoja en el aire
y al girar brota.

La tierra anhela
unirse con las nubes
en verde brisa.

La luz florece
en la tibia paleta
que al valle inunda.

Se alzan colores
fraguados en la noche
por un orfebre. 

A donde mires
asoma la armonía
de las estrellas.


flores silvestres de la naturaleza en Artà

sábado, 19 de septiembre de 2026

Caudal

Continua y lenta
la lluvia es sinfonía
sobre las plantas.

Sus gotas calan
la piel de los caminos
y a quien los cruza.

En los segundos
de un reloj olvidado
arden relámpagos.

Sigo en tu iris
las nubes que humedecen
la luz del sueño.

El cielo a veces
desliza su semilla
hacia la tierra.

 
La lluvia sobre un tronco caído en descomposición, cubierto por los hongos
Els Pujols, Artà


viernes, 11 de septiembre de 2026

Elevación

Fue maravilla
el vuelo de esa alondra
en lontananza.

Del aire quiso
cruzar su inmensidad
en transparencia.

Grabó en la brisa
la misma sensación
que en la mirada.

El agua pudo
copiar su claridad
sin ser distancia.

Nos deja dentro
la aspiración a ser
silencio y vida.

Hermosa fuga
en donde lo elevado
al cielo toca. 

Tan honda huella,
tan leve y tan real,
tan decisiva.


fotografía de Tony Stamp
fotografía de Dimitris Vetsikas
 
 
* (En la tradición literaria occidental, la alondra simboliza por su vuelo vertical y su canto al amanecer valores como el despertar de la mañana y de la naturaleza, la alegría, la inocencia, el deseo de libertad, la esperanza tras la adversidad, la elevación espiritual y de la conciencia, la transcendencia, la llegada de la luz, como también un sentido existencial de lo efímero ante la inmensidad del tiempo y de lo eterno.
Hoy 11 de septiembre era el día en que nuestro querido amigo José Miguel Santiago Castelo cumplía años. Desde hace 11, en cambio, es un día para su recuerdo. Sirva este poema para nunca estar lejos.)

sábado, 18 de julio de 2026

Un brote

Sueña una flor. Que crezca
en su oscilar flotante
en sus colores.
O si no,
un curso umbrío 
y lento de agua
en su hondo reflejo,
o un plumaje
al cielo iridiscente.
Estás dentro de él
y nada más existe
exterior ni vacío,
sino su misma cualidad, 
su serena presencia.
No hay límites. Permites,
eres, sientes,
eso sí, te diluyes
y nada impide el tú.
Respiras como el aire
que hace oscilar la tarde
y es la tarde lo único que existe.
Respiras y eres aire
y a donde llega el aire
tú concibes 
algo que es conmoción
y sin cesar en ti también sucede
igual que dentro y fuera
laten y son unidos día y noche.
En tu interior,
esa mano que mueves,
el pétalo que se abre,
cualquier oscilación
del mundo o tuya
resuena como un cuenco
cuyo temblor penetra
y como arena nos deshace
y basta un mero instante
para sin dimensión, sin tiempo,
abrir lo inmensurable,
y desde ahí luego saber
volver desde ese umbral
imperceptible
de lo real tan diferente
sin diferencia de nosotros,
sin que el aroma y el color,
lo etéreo y lo compacto,
o el destello recóndito
de cada pulsación del universo
nos pesen, nos extrañen,
nos esquiven,
al ser parte también
tangible y esencial,
impensada y tan libre,
de nuestro propio cuerpo
cuando se asoma
a un monte, a una llanura,
a un abismo, a un lago
y llega a descubrir tantas señales
rendido ante esa imagen. 


fotografía de Juan Carlos Viñals
  

martes, 19 de mayo de 2026

Del color de los días

Un ángel es de barro 
y sin caer no vuela
y sin dañar no ama.
Un ángel se desploma
y tirita de frío,
no sabe y se equivoca,
tropieza sus palabras,
tiembla, padece y calla
lo que más necesita,
teme herir y es herido
y nadie se da cuenta
de su íntima grandeza.
Un ángel pasa al lado
y nada nos agita,
más puede derrumbarse 
ante nuestra indolencia.
Un ángel también siente
la sed, el frío, el miedo,
la soledad más honda
y la desesperanza.
Un ángel vuelve a alzarse
muchas veces a solas,
pasea bajo la lluvia,
mira crecer la hierba
y en esa paz reposa.
Un ángel como un niño,
un viejo, una amiga,
un animal perdido,
un ave solitaria,
un reflejo entre sombras,
una pared aún firme,
una gota de agua,
un instante de aliento...
sucede como el tiempo
delante de nosotros.
Está ahí y ya se ha ido
y tiene nuestra forma.
A cada instante muestra
lo que apenas decimos,
lo que a solas nos falta,
la ausencia que arrastramos,
la comprensión herida,
la mano que aparezca
sin exigirnos nada.
Un ángel se parece
bastante a la intemperie,
a unos ojos cansados,
a un siglo de fatiga.
Está a la espera siempre
de que lo recibamos.
Se nos parece tanto
que quiere recordarnos
tanto olvido en nosotros,
tanta pérdida ingrata.
Sus manos son tan huérfanas
que en ellas cabe el mundo.
Y casi nunca vemos
el ángel en nosotros.

 
Marc Chagall, El violinista celeste, 1934

Vuelo sobre el caballo de ébano, 1948