domingo, 17 de septiembre de 2017

Nostalgia

En el otoño,
bajo el cielo dorado,
el mar crepita.

Si sabes refugiarte,
la lluvia escucha.

Por la calle del agua
ya no me buscas.

La mano que se moja
y abierta gira.
  

martes, 12 de septiembre de 2017

Imagen veraniega

Flor entre rejas.
Y en la calle vacía,
sobre la cal y piedra,
el cactus desplegaba
su memoria solar,
la llamarada efímera.

Fugitiva verdad.
Quien te contempla
recobra nuevamente
la imagen imprevista
del ciclo de la vida y su pureza.

Más allá de un final
la sed crea la fuente,
la órbita del tiempo,
el pulso y el latido
de lo audaz
que se inicia.
     

     Montánchez, agosto de 2017

viernes, 1 de septiembre de 2017

Gin tonic

                                  a Luis Ángel Lobato

Roza el labio el cristal de la copa celeste
mientras el jazz recorre el alma de la noche
y en la barra otro espejo abisal y salobre
te conoce y se acerca sugeridor de historias
como un dátil abierto en la mitad de un filme.
Varios tragos deslizan el foulard de su canto
que en espirales suelta las sombras de un eclipse.
Sabe tu corazón oblicuo a la penumbra
de luces patinadas en oasis nocturnos
la manera de alzar sobre un mástil destellos
que tintinean el hielo de sueños boreales
y el esplendor del rimmel que hiere sonriente.
La voz angelical, la boca temblorosa,
la silueta del mar extendido delante.
Todo el alcohol se mezcla en música que envuelve
mientras cae rodando a los pies del invierno
la noche helada, el cierzo de la calle,
los juncos que se inclinan al temblor de unos ojos
de celuloide y nieve para nunca olvidarlos.
Dame tu mano, pulso y asombro de mi origen,
tan soñado en las tardes bajo un canal sin agua
sepulto solamente por el llanto del aire.
Esa cintura frágil que recorro y conozco
con perfil de Los Ángeles o un jardín de Verona,
me visita y me invade, la recibo en los parques
marchitos de mis versos y en mi sangre de otoño.
Sigo el vuelo a las aves que sostienen las torres
de las que nunca supe o separarme quise.
Soy su raíz y vértigo donde abrazar la muerte
y recibirla joven como el eco de un pozo,
Ofelia sin retorno, perfil de luz, palabra
herida y tibia, aldaba incendiada en las tardes
como eterna presencia del anhelo y el beso
en la cadencia malva anterior al ocaso
o el acorde metálico que corona el silencio.
Un capitán no torna ni sabe cómo hacerlo
cuando ha tocado el canto de sirenas y esfinges.
Borges, Cernuda, Gimferrer o Cortázar
me esperan cada alba para abrazar confines
y recibo en mi aliento su saliva de sombra
y junto al vaho me dictan la bruma de esos ojos
grabados en las piedras que envenenan la tinta.
Apuras hasta el hielo la ginebra humeante
mientras te abraza el sueño y caes en la certeza
de que fuiste de sobra tantas noches de copas
la forma de las formas de trazar los insomnios
con que la fiebre pinta galerías que retumban,
o un telón se levanta de un cine entre la niebla
y seguirá enlazando sus sesiones continuas
donde Bogart, Visconti... o Greta y Dashiell Hammett
quisieran ser tú mismo, sobre ti se prolongan,
y cuando cierra todo y nada aún comienza
te deslizas lo mismo que los gatos que en Ítaca
te conocen y maúllan al llamarte Luis Ángel.
   


Nevada sobre el parque de Medina de Rioseco, 2015

miércoles, 16 de agosto de 2017

Estampa filipina

                                         Para Rosa (o Mendieta)

Sol submarino.
Y en su túnel de luz
un universo asciende.

La piel descalza, al fondo,
en el agua recibe
la espiral de vivirse.

Al trasluz de corales
peces de espuma y aire
son semillas de luces.

Busco el remo sonriente
en su estela volátil, 
en la hendidura azul 
de la pala en lo verde.

A la orilla de un lago
un anfibio recrea
y nombra el horizonte.

Es pagoda su bosque
y como un dios sedente
da fe de su inventario:

La selva es como un pájaro
que emite un tatuaje;
el cielo cada noche
con su carbón lo cubre.

Sobre la isla, el eco
de fuentes nos repiten
el origen del mundo
más allá del origen.

Son las horas finales del viaje.

En el sopor amable
de un cuerpo que se rinde,

el polen que braceas 
convocando a la nieve,

la sombra donde un ave
gime para olvidarte.



* (Hay amigas que al hacernos vivir sin que salieramos de casa su estancia en Filipinas gracias al envío y comentarios de las fotos de varios de los rincones del viaje -buceos incluidos-, han dado pie a este poema horas antes de su despedida de este otro alejado mundo, intacto (y no) y diferente. A la vez que nos dieron a conocer, por su veta pictórica, la existencia y el arte de una mujer irrepetible y en nada indiferente como la cubana Ana Mendieta, exploradora de otra manera de expresar e integrarse en el arte, antes de que la vida se le tornara tan difícil. Sea esta mención a su memoria una manera de brindar por lo que en nuestros ojos cada día renace.)



          

viernes, 21 de julio de 2017

Si no te vuelvo a ver

Amanece.
Después de haber sentido la pureza
las formas de las cosas
nos vuelven a la tibia
desnudez de saber
que todo es diferente.
Y el abismo es el hambre
que sacia sin querer
la incertidumbre.
Yo te daría la lluvia
y el corazón que late
por seguirte.
Queda escrito entre luces
mientras yace lo bello
a la hora más joven
en el reloj del aire.
    

martes, 4 de julio de 2017

Lugar del aire

                                   a Mariajo Maripepa, para su torreón de musarañas

Mira la mariposa
que entre las flores se camufla.
Es pétalo que aspira
sin tallo ni raíz
a una callada geometría
que no es música
y suena
tenazmente trazada bajo el sol
en un ir y venir de estanques a macetas.
Contraria a la quietud,
si la retienes huye, quiebra
el aire, no es posible pararla,
sería puro destello
que no grita
de un silencioso y tibio iris
ya nunca aleteador, sí para siempre yerto.
En cambio, cuando quieta la esperas,
se posaría en tu piel
si renuncias al ruido que nos quiebra,
si tu mano respira
como el musgo en la sombra
la luz inaprensible de la lluvia
donde nace el impulso
que preludia sus alas.
Y si la miras hasta querer seguirla
ella también te ve y envidia tu melena
que sostiene la brisa cuando rozas
las cortezas y rocas. Porque entonces,
la misma mariposa que reflejas,
revolotea y vuelve en torno
de la fruta y la menta,
de los aperos mansos, los fogones,
los horizontes y llanuras,
y los cielos y torres de Siruela.
    

sábado, 24 de junio de 2017

Ceremonia de San Juan ante el agua

                                       a Hilario Barrero y a Myriam Aguiló, grandes amigos


Atardecer de arena,
ligeros cielos cárdenos,
contraste elemental entre el aire y la tierra
de un color y unas formas
expuestas como ofrendas
a los pocos que quedan
ante el agua. 
Si estiras del solsticio su aventura,
el sonido del mar,
más intenso a la espalda,
sin verlo está más cerca.
Nítidas sensaciones.
La piel es la guarida
para el asalto en calma de la brisa
o un rastro de gaviotas
que en nada al cielo alteran.
El vuelo está en sus huellas,
tatuada escritura sobre tierra,
geométrica, sin alas, simple y libre.
Al respirar, la playa es parte tuya,
ha invadido tus vísceras
y el mar ahora está donde tú estabas,
y se funde al hablar, tú mismo ondulas
a todo lo que ves, o te sucedes
en un vaivén de agua,
y a la vez su rumor te cuenta y calla.
A la orilla, baja un hombre desnudo
a sumergir su cuerpo entre las olas
y en silencio bucea
hasta un fondo esmeralda
no esperado a estas horas, sorprendido,
igual que su braceo en lo ingrávido gira
y, cuando avanza, un perfil de burbujas
platea el movimiento
al cortar en el agua el prisma de su rostro
que el propio mar asalta.
Nada, sin importancia,
ahora se enreda
en las algas que rozan a sus piernas,
en la quietud templada que desliza
el agua que se azula ante la noche
y refleja aún la fuerza
de la luz que persiste, nunca ida,
bastándose a sí misma
como una llama inmensa
capaz de este lugar y cercanía,
del orbe de esta playa en donde,
como si fuera un bosque, un parque inextinguido,
o un corazón -si existe- en confianza,
llega a aplazarse el frío, y la duda, y su sombra.