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domingo, 26 de julio de 2015

Sombra débil

Cuando uno ama no envejece. 
Aunque se puede amar lo que no existe 
o amar lo que está lejos, muy distante. 
Y esa certeza duele cuando sabes 
que no hay ningún lugar ni al mirar te conoces.
Hasta que un día la memoria sin ojos se disuelve
y el canto del ayer opaco oyes.
No resuena en la voz lo que un labio no dice 
ni el deseo sostiene. Más allá de las horas
el silencio prosigue. La mano abierta vuelve
a ser espacio, nube, fuente, un brote.
 
 
* (Este año, la costumbre de visitar Portugal y estar de nuevo a orillas del Atlántico, interrumpida, no ha impedido la conexión con lo que, si se conoce -y aún antes- se hace vivo al pensarlo. Hay lugares -y también formas de vivir, sosegadas, amables, sentidas en sus tranquilas señales que hablan desde dentro-, con el don de ese encuentro, con esa resonancia que, como decía Antonio Machado de los campos de Soria, "me habéis llegado al alma, o acaso estabais en el fondo de ella". ¿Y quién descubre a quien, qué es lo externo y lo propio, lo diferente y lo único? He recordado estos dos textos (Ruas e largos sem nome y El portal del instante) escritos en Sesimbra hace cuatro años. Con ellos enlaza esta otra reflexión reclinada al sentir de cualquier fado y a la conciencia suave de superar cualquier límite.)
  

domingo, 27 de julio de 2014

Silves

Cenefas verdes enmarcan las ventanas. Y de otros colores. Al sur el verano toma forma de aire húmedo, de luz intensa, sin matiz y marítima. En la ladera, calles de piedras desiguales serpentean y conducen a una manera de vivir silenciosa, ajena a la estridencia, reposada en sí misma, como a la espera de algo que tal vez nunca llegue, pero que ha impregnado de lejos cada forma. Preside una respiración callada la presencia escondida de los gestos y cuidados detalles. Es fácil encontrar a cualquier vuelta macetas y hasta flores que nacen entre las junturas como un pulso secreto ante la cal de las paredes. Más arriba, sobre ellas, una veleta ennegrecida desafía una burla. Y hay pináculos arriesgados que gravitan su mística. En tal calma, una fuente entre algunas palmeras llega a ser un derroche en una plaza. Lo demás es historia en su frágil burbuja.
 
El río llevaría a otro lugar, pero hace tiempo ha elegido los arcos que lo cruzan para venir, para quedarse. En alguna memoria fue posible el oasis. Lo presiente quien recorre este espacio. Hace siglos, alguien levantó aquí una hermosa leyenda para el amor y su palabra. Pasó el tiempo. Llegaron otros hombres de un poder diferente. Incapaces de entender como el agua atraía la umbría, y la sed, los frutales. Sus costumbres negaban que la luna evocara unos ojos.
 
 
* (De un reciente viaje al Algarve, esta imagen de Silves podía ser intercambiable con la de otras muchas poblaciones del sur de estas tierras portuguesas. Cuesta más encontrar en esta zona lugares así, tradicionales y con vestigios de historia y de arte, pero por fortuna subsisten entre la voracidad del cemento y el turismo masivo de algunos puntos de la costa. La inquietud del viaje siempre es la llave para descubrirlos. En Loulé, antiguo enclave árabe sobre otra colina, también quedaba un encanto especial en la vitalidad del presente y lo salvado de antiguo.)
  

 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Reloj de arena

Aguas del Duero
vertidas al Atlántico,
si no os volviera a ver
qué adiós diría,
podría sentir aquí
ver morir la tristeza.
Fado abierto de Oporto,
puente tendido
desde el recodo
secular del viento.
Un espejismo huir.
¡Tan cerca queda el mar
desde esta orilla!
Sobre el agua se graba
el día entre las barcas.
 

martes, 16 de agosto de 2011

Indolencia

En la laguna,
bajo el sol se desplazan
siluetas de agua.

Lenta seduce
el maíz y la arena
de una mejilla.
 
Vendrá sin falta
la palabra que buscas
al caer la noche.
 
Pregunta siempre
el camino de vuelta
a la lechuza.
 

(Sesimbra/Lisboa)
 
 
* (Este poema, terminado de hacer el pasado 26 de julio en el aeropuerto de Lisboa, evoca, en la vitalidad de unas sensaciones simbolizadas en el agua, ocho días de un especial remanso en tierras portuguesas a orillas del Atlántico. Como si uno hubiera venido aquí a reposar en sus fuentes. Debe ser esa la relación con lo magnífico: disfrutarlo de corazón unos días cada cierto tiempo. Al leerlo, por la ventanilla del avión veía el mar de paja del estuario del Tajo. Y el sabor del retorno. Hasta siempre.) 
 

viernes, 12 de agosto de 2011

Évora

I
 
De nuevo en la ciudad de cal y piedra,
Évora amurallada y cadenciosa,
debo pedir perdón a la rosa que llora.
Sostuvo el pétalo no sólo la ternura
sino la magnitud de aroma en una reja.
El toro en la dehesa pace, inclina
su libertad solar, su calma intacta.
  
II
  
Despliegan sus velas
al calor de la tierra
las fachadas blancas.
  
(Sesimbra)
  

viernes, 5 de agosto de 2011

El portal del instante

Repetidos lugares para estados sin tiempo: los saltos de un gorrión, hábiles, temerosos; el bullir casi palpable y sordo de una fuente; el viento a ras de suelo del mosaico que observas; el bullicio que tapa el surtidor donde el agua te abre ese segundo en que de pronto ya no eres el de antes y cuando partas volverás a donde sabes. Una línea de agua en que nada es lo mismo, abierta desde siempre, dirigida hacia adentro.
 
(Sesimbra)
  

sábado, 30 de julio de 2011

Ruas e largos sem nome

Hay sitios donde te sientes bien y en otros sólo de paso. Igual que hay días en que eres y otros en que resistes. La muerte no es morir, es lo que pierdes. Y hay dos maneras de dolor: el que inevitablemente sucede y el que impide que la vida conecte con sus momentos felices.
  
(Sesimbra)
   

sábado, 9 de julio de 2011

Ocaso

¿Se pone el sol
o silba el horizonte?
Rendido en su trasluz,
el mar te crea.
El fuego te dirá
por qué se apaga,
por qué el mar del oeste
no te ciega,
por qué la luz el más allá perfora,
y tú tocas el mar
que a ti te ama
y el mar, canción sin luz, lágrima oscura.
  
  
                                                             a Carmen y Ángel Campos
                                                             Portugal
 

   
* (En 1991 hice mi primer viaje largo a Portugal al que entré desde Ciudad Rodrigo y Guarda y que me llevó hasta Évora -que todavía recuerdo, si así pudiera decirse, como la más hermosa ciudad de Extremadura, o al menos la vi entonces de ese modo-, y que finalizó volviendo por Marvão y Valencia de Alcántara. Este poema fue escrito unos días antes, ya embebido en el espíritu de ese viaje. Había leído -y si no es verdad, al menos es hermoso-, que los griegos cuando llegaron a este lugar y contemplaron la puesta del sol sobre el Atlántico contaron que el sol al entrar en el mar silbaba. Dentro de unos pocos días podré de nuevo comprobarlo. Algo tiene esta tierra que nos hace sentirnos como en casa. Quiero dejar con esta entrada la gratitud y el gusto por las lecturas que desde Portugal a esta isla de lápices con suavidad constante y silenciosa le llegan. Que no falten. Como tampoco los días para volver siempre a esta tierra.)