domingo, 26 de julio de 2015

Saudade

Cuando uno ama no envejece. Aunque se puede amar lo que no existe o amar lo que está lejos, muy distante. Y esa certeza duele porque sabes que no hay ningún lugar ni te conoces. Hasta que un día la memoria de arena se desprende. Y no valen sus sombras: eres libre, eras libre. La mano abierta antes, es nube, tacto, nieve, un brote.
  
  
* (Este año, la costumbre interrumpida de visitar Portugal y estar de nuevo a orillas del Atlántico no impide la conexión con lo que si se conoce -y aún antes- se hace vivo al momento, se esté donde se esté. Así somos. Hay lugares -y también formas de vivir, sosegadas, amables, especiales pese a la aparente ausencia de relevantes señales salvo las percibidas desde dentro-, con el don de ese encuentro y recuerdo, con esa resonancia que, como decía Antonio Machado de los campos de Soria, "me habéis llegado al alma, o acaso estabais en el fondo de ella". ¿Y quién descubre a quien, qué es lo exterior y lo interno, lo diferente y lo único? He recordado estos dos textos (Ruas e largos sem nome y El portal del instante) escritos en Sesimbra hace cuatro años. Con ellos enlaza esta otra prosa reclinada al sentir de cualquier fado y la conciencia suave de superar esos límites.)
  

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