sábado, 27 de junio de 2020

Más allá de los nombres

                                                  que la tierra es un bien irremplazable
                                                                                      Juan Gil Albert
  
Si hubiera de morir,
yo te he elegido para despedirme.
Incluso aunque no estés, que en mí estás siempre.
Porque un día llegará en que nos iremos
y al expirar el cuerpo será sólo
una prolongación sin fuerza ni cansancio
que diga adiós a esto. Pero antes,
veré otra vez tus ojos, oiré en paz
el contorno de tu voz y de un gesto
vital y vulnerable y tan cercano...
Podré decir que supe estar despierto,
y atreverme a cruzar la frontera del miedo,
la intemperie, la falta u otro daño,
de modo que este instante
parecido a dormir pero tan cierto y claro
tendrá también su luz, los sonidos tranquilos
y el pulso cotidiano de lo vivo,
como si no pasara nada en lo incesante
ni en el tiempo siguiente hubiese un hueco.
Me basta que hubo un día que enfoqué lo vivido
para sentir mi entorno cada vez más amado.
Si hubiera de morir,
hoy tu recuerdo elijo, tu dignidad
reconfortante, tu sereno desvelo,
semejante al diario cuidado que te tengo.
 

martes, 23 de junio de 2020

Propósito

Deja el sueño encendido
antes de recoger tu casa.
Siempre hay color, hasta de noche,
y el interior del pozo da un reflejo
en su profundidad que hechiza a un niño
desde que el día desaparece
para acallar su incendio.
Donde hay recogimiento no hay olvido
y somos en reposo lo que somos.
Un lirio nota en torno a sí los ojos
cautivados de verlo, pero es lirio,
incluso en el sigilo de la brisa
donde no llega nadie a contemplarlo.
Es más,
un alga fluye en su recodo húmedo,
sin que nadie la encuentre. Y sólo así
confía normalmente
lo frágil de la vida su despliegue
en su tarea de ser sin más conciencia
que estar ahí en su lugar preciso
y perdurable
que da relieve y protección a lo que existe,
y es manifestación y apartamiento.
No hace falta más senda
para vivir en este mundo
que desaparecer para encontrarlo,
que esquivar los reclamos
y escuchar en silencio los latidos
de uno mismo o del agua de una fuente,
desde cualquier otro signo, desde el canto de un mirlo
al reflejo irisado de la luz vegetal que cae de un bosque.
No aspiro ya a otra cumbre que respirar despacio
o pensarte las veces que recobro tu imagen
y conversas conmigo
mientras busco la umbría salobre del verano
estos días de junio.
  
     fotografía de María Hoyos, El bosque encantado, 2020.
 

martes, 9 de junio de 2020

Cercana lejanía

                                    ¿Habrá algo más hermoso que quedarse sin huellas?
                                                                                                 Francisco Pino
  
  
Una nueva manera de nombrar sin palabras, 
una bandada de aire bajo un ala suspensa, 
una libre mirada como el agua más honda, 
el perfil de una cara sin las marcas del tiempo, 
un planeta o la lluvia que al mencionarlos fueran.
  
Miro hacia atrás. Pido perdón por tantas cosas 
todavía no disueltas. O sólo algunas,  
ya más liviana la carga de nacer
sin más guía o sentido 
que avanzar desanclando la intemperie embebida  
en la piel, en los huesos, en la misma mirada.  
Sin más armas desnudas que la espera,  
o la voz aquietada de las cosas que vibran.  
 
Me apoyo en la ternura de una sombra  
que procura el descanso de unas ramas.  
Hablo sin la destreza de reflejar apenas 
el brote de una nueva primavera.  
El tiempo pasa y quien camina ahora 
y atesora el vacío de sus manos abiertas 
capaces de acoger la confianza, 
por un instante tiembla en mitad de estos días, 
reacio a abandonar sus señales más próximas 
en mitad del sentido al ir sumando años. 
Limpias tus ojos con la hierba o la brisa,
esperas de la tarde su celaje que arda. 
Y en la imagen de un joven asomado a un remanso
te basta lo que calla el rumor de este lienzo,
mezclado en el continuo balbuceo de una noria.