Sólo la soledad y la luz son verdad y consuelan.
Por eso espera la llegada del día
quien únicamente no traiciona
y responde sin fingir ni esquivez
a lo que ha rozado al vivir,
o como carga y entrega recibe y siente encima:
nuestro cuerpo, que es parte de la tierra,
por su conformación al crecer nos hablaría
con el lenguaje y sentido
que hace tanto nos obligaron a olvidar.
La soberbia hizo el resto. Así y todo,
con sobria solidez nos aguarda la muerte.
Y entonces, el cuerpo que nos sobra
y sin cubrir ya molesta,
con temblor y sosiego, como en vida,
en su oquedad sabe acoger y oculta.
Aunque en no pocas ocasiones, al cubrirnos,
si por azar o extravío nuestra naturaleza
fuera tan sólo humana, avergonzada olvidaría.
Pues el error también encierra una lección
en el ocultamiento y reposo
con el que la tiniebla pudiera tornarse claridad.
Y es que el alma, depositada sin forma
por la respiración en la saliva,
hubo un día que al hombre le sobraba en la boca
y escupió de sí mismo antes de andar.
