viernes, 12 de agosto de 2011

Évora

De nuevo en la ciudad de cal y piedra,
Évora amurallada y cadenciosa,
debo pedir perdón a la rosa que llora.
Sostuvo el pétalo no sólo la ternura
sino la magnitud de aroma en una reja.
El toro en la dehesa pace, inclina
su libertad solar, su calma intacta.
  
II
  
Despliegan sus velas
al calor de la tierra
las fachadas blancas.
  
(Sesimbra)
  

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