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viernes, 13 de febrero de 2026

Territorio, o la culminación de una mansa costumbre

                                                                                
                                                                   Si contemplas con calma este lugar,
                                                                   podrás ver algo más de lo que ves:
                                                                   la vida de quien supo concebirlo.
                                                                                                                 Á.V.


Suele decir de sí Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) que él pertenece a la generación poética de la democracia o de los años 80 como más o menos así se tituló una antología donde él fue incluido, elaborada por José Luis García Martín, como también se alude por este nombre a la pléyade de creadores entonces jóvenes que comenzaron a publicar en aquellos años ilusionantes de recién estrenadas libertades tras la Constitución de 1978, y que dieron voz -como en otras disciplinas- a unos años de florecimiento creativo y confluencia de muchas expresiones, con el referente de la alta lección literaria y cívica de todos los poetas precedentes de más de una generación que bajo el régimen represivo anterior alentaron en su obra el logro de otro país sin grisuras ni limitaciones. Mirando atrás, sin duda estos años 80 fueron para quien de esto participó un periodo personal y social estimulante y satisfactorio. Fueron jóvenes y estaban aportando a su propio mundo, ya sin condicionantes, unas modulaciones más ricas desde la experiencia -y no excepción- de ser libres.

Y sin embargo, esta alusión generacional no supone adscribir la poesía de Álvaro a una voz coral o de época en la que se mimetizase, pues su poesía, si bien ha ido modulándose en el tiempo y ha tocado algunos tonos y facturas diferentes, pertenece a la de los autores con una voz propia clara y diferenciable, como es preferible, pues la escritura de verdad, si no olvida su radicalidad creativa, no es sino un reflejo de una personalidad, actitudes y enfoque vivencial y comunicativo singular e irrepetible.

Atendiendo a su origen geográfico, dentro del ámbito de la poesía extremeña, Álvaro, sin duda alguna, ha sido desde estos años 80 hasta hoy uno de los tres grandes autores de la lírica de esta inquieta e interesante región en este tiempo, junto a las figuras capitales de Basilio Sánchez y Ángel Campos Pámpano. La muerte, injustamente temprana privó al último de ellos de completar una obra poética con el desarrollo y calado como la que han podido aportar estos otros dos vértices de la lírica contemporánea en nuestra región. Tres grandes autores con proyección nacional, amistad, colaboración y reconocimiento entre ellos, con un compromiso cultural con la regeneración cultural y literaria de una tierra hasta entonces algo baldía en esta materia, y a la vez referentes cercanos en quienes reflejarse para la gran mayoría de otros jóvenes escritores de la propia región.

Estos primeros días de febrero, en los “Nuevos textos sagrados” de Tusquets, su editorial de siempre, Álvaro ha culminado uno de los más bellos propósitos de todo escritor noble y conscientemente profesional, pues este es un rasgo innegable al haber hecho de su vida literaria una labor central y minuciosa, por otro lado fecunda y reflexiva. Territorio no sólo fue el nombre de su primer libro sino el que ha elegido también para el conjunto de su poesía reunida, aludiendo así a esa identidad del espacio fielmente sentido y elegido para vivir desde sus orígenes en adelante, en el que una vez y otra no ha dejado literariamente de explorar y de encontrarse a sí mismo en una geografía conocida y propia, en la que también sucede, con y sin intemperie, su trascurso, trazando al escribir la presencia y detalles de esa naturaleza, y en sus paseos y contemplación en soledad, la resonancia interior de las propias cavilaciones y vivencias.

Estamos en esta recopilación de doce libros y algunos poemas más ante la coronación de un corpus que da sentido a una dedicación considerable y constante. Una tarea desde sus inicios diaria, si atendemos a la naturaleza de ávido y buen lector, con la meticulosidad de alguien que desde siempre ha comenzado sus jornadas ante su mesa de despacho antes de que el sol rayara, en esas horas silenciosas y propicias más que otras a leer, a atender una correspondencia que antes de la aparición de los emails solía remitir escrita a mano con esa letra diminuta y cursiva en cuartillas o tarjetas de color crema, y horas que también daban para un seguimiento exhaustivo de la actualidad (pareciera que las noticias, literarias o no, existieran para que las conociera antes que nadie Álvaro). La escritura era parte de un conocimiento y reflexión de un amplio y buen lector, gustoso de conocer el oficio y el abanico del mundo por las consideraciones literarias y vitales de tantos otros escritores en sus memorias, diarios y meditaciones. La literatura, por tanto, permitía acceder a esa otra dimensión del pensamiento y el testimonio humano ajeno a cualquier limitación de lo físico e inmediato. En el fondo, una experiencia recogidamente expansiva para alguien sabedor de que el espíritu del hombre es un lugar tan incontable e inasible como los átomos del aire.

El corpus que supone la aparición de Territorio como poesía reunida muestra también la huella de un escritor sistemático, acostumbrado a ritmos habituales y predecibles en los cuales esa mecánica natural era parte de una armonía desde la que componer un universo que se despliega de esta forma. Desde bien pronto, por la lectura o las veces en que afortunadamente nos tratamos, la imagen que de Álvaro se me iba formando era la de estar ante un escritor inglés, meticuloso, elegante, con corrección tanto en su imagen como en el trato considerado, observador con aprecio, generoso en una conversación confiada y sin tamices, y además de su predilección por la proporción y la medida, raudo en una ironía sagaz y viva, cercana a su rapidez nerviosa. Tal vez, esta experiencia de lo personal me acompaña sin interferir en la lectura, dándole una corporalidad añadida la suerte de haber vivido cerca y paseado Plasencia, como también sus alrededores de la Vera y el Jerte.

Hablo de ello porque todos estos rasgos los considero humanamente complementarios de una obra que al presentar ahora completa permitirá la lectura sostenida y global, hasta ahora tal vez sólo al alcance del propio escritor en su trabajo consciente de intimidad y tinta. Una escritura correcta y a la vez sensitiva, a veces perceptible como cinematográfica, en escenarios y disertaciones que desde una pantalla atrapan al lector como a un espectador privilegiado en su butaca ante un personaje que desgrana las luces y las sombras de sus pasiones y fragilidades, y la preferencia de sus parajes y lugares algunas veces abiertos, naturales, u otros, como los jardines urbanos de una naturaleza menor trazada por el hombre, que permiten una delectación y un refugio para abstraerse y recrearse. Estamos, en general, ante una poesía concreta de sucesos, situaciones, personas y lugares que podían tocarse con la mano, desde el agua que corre sin detenerse río abajo a los ojos de dos personas que se cruzan y se pierden estremecidos en direcciones diferentes. Los sentimientos personales pocas veces o discretamente se expresan, y por eso mismo, por esa reserva y dignidad ante lo íntimo, cuando afloran ante seres queridos con los que se comparte la vida o que nos han abandonado, conmueven en una expresión en que la propia mención de lo que se cuenta es muestra de una biografía íntima sentida con un certero aprecio. En la visión del poeta hay un tacto presente hacia el relieve de los días y el mundo. La fragilidad, el pesimismo de algunos momentos, el claro desgaste de algunos acontecimientos en el paso del tiempo no eclipsan una referencia amable y justa que contiene el ideal de armonía con el que se contempla la vida y desde el que empezó esta aventura de escribir en una edad desbordante mucho más fascinada por los brillos y la estética. Y sin embargo, no estamos ante una poesía de oropeles y retórica. El lenguaje es lo que identifica la obra de Valverde, y este bien pronto optó por la cercanía a las palabras usadas a diario, sin afectación, sin rodeos, de tal modo que esta dicción y el ritmo de sus versos de naturaleza impar conformaran la identidad de una voz reconocible de autor, que a la vez con pericia y naturalidad se hacen parte fundamental de la experiencia poética transmitida. Lo particular y lo universal, lo íntimo y lo externo adquieren el color de estas palabras, como el tono y la luz de ciertas fotografías son parte y señal de la visión de quien las toma.

Esta edición -impecable, pulcrísima; no hay mejor homenaje para un escritor que culmina su obra- de la poesía reunida de Álvaro, se completa con la novedad de un breve y reciente libro inédito fechado en 2025, Geografías del jardín. Me atraía abrir la obra por aquí. En general, son apuntes más rápidos, alguno cercano al haiku, y tendentes a la brevedad de sus últimos versos, con la herida esencial de lo lírico en ellos. De nuevo esos espacios reducidos y apreciados que se abren a la vez como ventanas del alma para el que busca esa sensación invisible de lo que se presiente y se ha perdido, pero a veces en su placidez se nos hace presente. En el arranque de la página 17 del libro leemos un verso conocido de antiguo: “Lenta procede la enramada”. Y en el final de la página 648, se nos dice “Que la naturaleza, / en suma, / se ocupó de crear / ese simple prodigio.” Esta palabra es la sensación con la que los lectores amigos hemos recibido este libro. Si la poesía, como concebía Paco Pino -entre otros poetas más- radica en la mirada (recuerdo los poemas de una de sus plaquettes, Nada más que mirar), la escritura poética de Álvaro Valverde es un testimonio sincero de alguien que con una contenida palabra ha recogido algunas huellas del mundo -el enclavado en su Plasencia natal y el de sus proyecciones y viajes- donde ha encontrado las señales de la luz y del tiempo que fugazmente se nos ha concedido e inquietamente atravesamos descifrando. Tras adquirir el libro, hay noches que no deberían acabarse hasta llegar a las últimas páginas de lo que recogido en un solo volumen a lo largo de cuarenta años de escritura es un esmerado regalo. Agradecido.


Territorio (Poesía reunida, 1985-2025), Álvaro Valverde
Nuevos textos sagrados, 335
Editorial Tusquets, Barcelona, febrero de 2026


 
 
 


jueves, 5 de diciembre de 2024

Remanso

                                        Como el agua, que, 
                                        toda claridad, es espejismo
                                                         Álvaro Valverde


Miro el curso del agua que refleja
por su modo de ser cuanto a ella acude:
el paso de la vida, los cielos
intocables que tan altos
aquí bajan despacio y hasta tiemblan
a un palmo de las algas y los peces,
el ganado que lentamente bebe,
la tarde inhabitada sin testigos,
el vuelo de las aves, las inmóviles rocas,
las horas detenidas bajo un arco
a la luz variable con que llega el reflejo,
y en él la conmoción, la certidumbre
de acceder de otra forma a lo visible,
distinta a la diáfana del aire,
aquella que en la lámina del agua
sucede al discurrir e incide en ella.
Y entonces cada instante irrepetible
adquiere al oscilar y deslizarse
río abajo en la corriente,
igual que al respirar el vaho huye,
la condición de un hondo alejamiento,
y dulcemente duele al desprenderse,
pese a su pulsación más inmediata,
lo que recién vivido es ya nostalgia,
pasión desposeída por el tiempo
y clara aceptación hacia el olvido.
El rumor atrayente de las aguas
al deseado e íntimo descanso
nos sirve por igual desde su orilla
para admirar el verde que allí brota
que asistir con el tiempo a este diálogo
que sabe que el fulgor también concluye.
Hacia el atardecer sólo se pierde
un cauce tibio y leve: el que nos cubre
y abarca nuestra frágil consistencia.
La noche cae en los ojos que se cierran
y acopian lo que vieron antes de irse.


     fotografía de Manuel Torres García, tomada de la web de Pixabay
  

sábado, 18 de febrero de 2023

Sobre el azar del mapa, un canon conseguido



En la poesía de Álvaro Valverde, el entorno donde el poeta vive es una referencia de identidad y de reconocimiento de la vida en la que este espacio tan presente y definido en su obra ocupa un papel central que ha ido configurando, consciente, como un eje, la noción de lugar. Su ciudad natal, Plasencia, de provincias, pero a su vez privilegiada por su patrimonio e historia, y afortunada además por el medio natural que la rodea, es su marco elegido desde siempre para vivir y desde donde ha proyectado su escritura, con clara referencia a sus coordenadas y límites. Su correlato espacial en alguien definido por la fidelidad a este medio y por su voluntad de no abandonar su lugar de origen, son los viajes queridos o inesperados, a veces a considerable distancia que surgen. Y esta es la materia de este libro considerado por el propio autor como la suma de dos cuadernos de viaje. El de Sofía en 2018, para visitar a su hijo que cursaba un Erasmus, y otro más breve en 2022 a Suiza, con motivo de la exposición Extremamour donde sus dísticos acompañaban a las fotografías de Patrice Schreyer, que han dado lugar a otro reciente bello libro de poemas e imágenes. 

Para nada es una novedad este reflejo de otras ciudades visitadas por el autor, en general escritas una vez vuelto a casa. El precedente en libro es Más allá, Tánger, trazado de seguido en corto tiempo al volver de una estancia para reencontrar la ciudad donde vivió su infancia y juventud con su familia, Yolanda, su mujer, y por tanto poblada de referencias personales y afectivas sentidas como propias en el relato de los próximos. Y en los demás libros de Álvaro, muchos otros enclaves -de los que hacer el inventario sería interesante y extenso- ocupan apartados y poemas: el sur, de la costa de Cádiz, frecuente en tantos veraneos, ciudades europeas, españolas, del vecino Portugal, así como no pocos singulares parajes de Extremadura poseedores de la misma atracción y raigambre que reconocemos en otras geografías a distancia. Más también, esos otros viajes entrevistos en los poemas referidos a sus escritores leídos a través de cuya obra el autor se ha desplazado a otras latitudes y vivencias distintas a la suya.

En esta entrega, volvemos a esa modalidad del testimonio de lo que se ha incorporado “desde fuera” a su escenario vital al recorrerlos. Importa señalar también la forma elegida. Aparentemente conversacional, directa, ajena al ornamento literario, con la apariencia de la no mucha elaboración, al hilo de una captación rápida, con la voluntad de sostener lo lírico desde los recursos más sencillos y hasta pobres, bordeando o arriesgándose en alguna ocasión a lo que algunos lectores llamarían prosaísmo. Encontramos términos poco transitados por la tradición poética como parque temático o microbús o un Zara, por ejemplo. Y el libro discurre en secuencias de una extensión pocas veces extensa, a veces fragmentaria, como un apunte o un esbozo rápido sin más espacio que el de acoger una sensación o una idea así más realzada, sin acumularse entre otras como sucede en poemas de un aliento más amplio. La unidad de expresión no es el poema mismo sino la sucesión en conjunto de ellos. Por eso, los poemas van aquí sin título y numerados para ser recibidos como una parte continua de un todo, y ser leídos por tanto como secuencias yuxtapuestas de una serie y no cada uno como un texto independiente cuya concepción hubiera llevado a una elaboración distinta, de un calado y profundidad cuyo dominio conocemos por los anteriores libros de Álvaro, si excluimos el de Tánger, que es otro libro de viaje al que ahora se une este.
 
El metro también se adecúa a esa elementalidad expresiva que aquí se pretende. El heptasílabo predomina en tiradas ágiles donde enlaza con otros metros menores e impares y da la mano también a endecasílabos con los que con facilidad fluye, y en su brevedad transmite un ritmo amable a lo que se cuenta con aprecio. Es en los poemas más cortos donde más de una vez el poeta nos deja caer sus impresiones más intensas, pese a su apariencia de levedad engañosa, bien sea un destello de la ciudad significativo, caso del poema 32 y otros, o una confesión íntima con la desnudez del poema 48. Y en endecasílabos discurren poemas algo más discursivos o distinguibles por el deleite de la serenidad.

El Cuaderno de Sofía ocupa 50 de los poemas del libro. Estamos ante una capital europea sin el “prestigio” de otras, invernal, visitada bajo nieve y nieblas y la grisura de una luz que no tiene los matices meridionales nuestros, una ciudad “ajada”, “deslucida”, con signos de “abandono”, “tristeza”, de hasta “desolación” y “miseria”, con "miradas que rehúyen la virtud del encuentro" y vidas aparentemente vacías y difíciles, donde se sobrevive a la destrucción y la pobreza de las pasadas guerras y la dictadura comunista que ha dejado la “fealdad” de su impersonal arquitectura. Experiencia y lugar que, al llevar al poeta a "mirar más allá" para encontrar el sentido de las cosas, esta le llega en primer lugar desde la naturaleza -y sus elementos- donde “el frío” es “la pureza” y las montañas cercanas cuya “sombra tutelar” (...) “nos ampara”. 

Hay un momento en que la lectura cuesta porque es densa la relación de lo que se cuenta y esa vibración exterior impregna aun sin quererlo las palabras. En cambio el poeta halla en esta tierra el reposo y la paz de “un paraje del que cuesta marchar”. Al hablarnos de ella se nos advierte que “Toda vieja ciudad guarda un secreto. También esta”. Y en su descripción nos lo va a ir desgranando. En la desolación, en el invierno, en los lugares de retiro cercanos como algún monasterio, en las sinagogas, mezquitas y templos ortodoxos, en los paseos por las calles y rincones en apariencia descuidados, en los aromas de los mercados y en la humanidad con que se trata a los animales hay un relato de lo íntimo de esa vida con la que sintoniza que le merece la mayor consideración y así nos lo transmite. Sin grandezas, como todo lo que ha pretendido este cuaderno, haciendo de lo cotidiano y anónimo un lugar, aunque querido, que nos deja intranquilos al apelarnos. Poemas como el 44 simbolizan la imagen global de lo visitado y que ha marcado al autor y por él a nosotros. Es por eso que la amenaza de esa nieve al derretirse -”caen / restos sucios de hielo / que se parten aún más / sobre la acera”- haga que “por momentos, / la vida se asemeja / a lo que ocurre.” El poeta, atraído por lo que ve, sin embargo no se vería capaz de vivir por siempre en este sitio. Aunque sí, de esta ciudad inesperada, se lleva su brillo “matizado” tras el cual ha encontrado “una humilde verdad”.

El otro cuaderno, el suizo, nos deja un sabor más sereno. Se disfruta, “la luz va dorando las cosas” , la realidad no es lejana a los sueños. Estamos en un país para nada precario. Surge de un viaje feliz a una exposición en Grandson, en la que sabemos que se celebra que “personas de sitios diferentes” se encuentren “en un lugar donde cualquier distancia se ha abolido”. Sin reparos se nos dice: “todo es armonioso”, y está luego el encuentro con una ciudad, Ginebra, deseada y llena de referencias literarias que acompañaban al poeta lector desde mucho antes. Felices como el recuerdo de Borges y del ejemplar con su autográfo de El oro de los tigres. Pasamos de la sensación anterior de “intemperie” y “penuria” al esplendor que puede contemplarse “sereno y en silencio”. Lo que no quita que la mirada del poeta se fije en algún jardín descuidado, y no por eso carente de encanto, en las ventanas cerradas que le inquietan por la vida escondida tras de ellas, o el recuerdo de autores que sufrieron y no pudieron evitar el suicidio que les sobrepasó en esta ciudad como José Antonio Ramos Sucre o Alfonso Costafreda.
 
Y como toda escritura es rica y amplia, y sin que una lectura haya de ser una tarea exhaustiva -sólo cito el tratamiento de la intertextualidad, que se incorpora como un guante a lo propio-, hay, entre líneas, otros detalles para la complicidad con el lector, como la atención a los ríos -el Perlovska en Sofía; en Ginebra, el Ródano- cuyos diferentes caudales nos remiten a las aguas del Jerte que aparecían, al contemplarlas y también como poética, en El cuarto del siroco.
 
Todo autor sólido no escribe por casualidad sus obras. Este libro incorpora señales o claves que lo identifican. Así se nos dice un axioma que nos recuerda aquel otro de que nada es ajeno a ningún hombre: “Lejos del mundo, / estamos en el mundo”. Y esa otra evidencia sostenida desde su primer libro: “que se hizo la distancia / para amar lo recóndito”. La perspectiva, el punto de relación y la medida con los demás y las cosas es otro de los ejes vitales y literarios de quien nombró uno de sus libros A debida distancia.
 
Nos relacionamos con lo que resuena en nosotros y termina siendo parte de nuestro recorrido y a veces llega a definirnos o a servirnos de espejo y reconocimiento. Es la lección de estos lugares. Por esto mismo, me refiero a un afortunado detalle. Lo que sabemos por experiencia que es una garantía se vuelve parte fiel de nosotros. Es lo que hacemos los lectores con los autores que seguimos de antiguo. Y es lo que sucede con la cubierta de Sobre el azar del mapa -título que ya estaba escrito en un verso cuarenta años antes-, iluminada por una exquisita ilustración de Salvador Retana, que vuelve a dejar una certera imagen de entrada a los libros de Álvaro antes de leerlos. Esta vez, ese trazo de apariencia casi inconclusa y como si se deshiciera de esa catedral bizantina en boceto, nos anticipa la sensación que nos queda de ese invierno búlgaro y de la melancolía del autor al recordar lo vivido. Porque al cabo de un tiempo todo lo que fue nuestro se convierte en distancia. Y al revivirlo nos queda este reflejo que a su vez se diluye: “Silencio y soledad vendrán conmigo”. Sin duda, la captada y la interior del poeta, la necesaria para contemplar cualquier sitio.


Sobre el azar del mapa, Álvaro Valverde
Nuevos textos sagrados, 318
Editorial Tusquets, Barcelona, febrero de 2022

viernes, 20 de enero de 2023

Extremamour

 

Ese jirón de nube: una cigüeña               
que el aire frío en el cielo hoy pinta.              

C. M.               

           

 

Cualquier libro abierto, recién salido de la imprenta, desprende un olor que nos predispone a recibir una de esas buenas sensaciones semejantes a la del olor de la lluvia cuando empieza, cuyo don es que, al ser elemental y abrirse delante de nosotros, a su vez nos abre. Extremamour, que la Editora Regional de Extremadura ha tenido el acierto y la agilidad de ofrecer impreso ya, recoge la exposición del mismo nombre inaugurada en Grandson (Suiza) bajo la dirección de Jorge Cañete en La Galerie Philosophique en febrero de 2022, y luego traída a Trujillo en otoño, aunando las fotografías de ciertos espacios de Extremadura hechas por el fotógrafo suizo Patrice Schreyer junto a unos dísticos escritos a partir de ellas por el poeta placentino Álvaro Valverde, en un acompañamiento de viaje interior.

Las imágenes sorprenden por su tratamiento inesperado. Hechas en color, este apenas está insinuado o lo tamiza casi siempre una luz en penumbra donde la oscuridad y el vacío presiden los ámbitos apenas interferidos. La cámara parece querer captar lo que no se hace habitualmente, que se nos figura a veces trasladado de lo que en el antiguo celuloide era el negativo. Hay espacios abiertos despoblados salvo por el punteo de unas aves y hay horas crepusculares del amanecer o el poniente enfocadas desde esa pobreza cercana al desamparo que quien se asome a ella queda atrapado por quien las preside: la intemperie, la ausencia de otros recursos más gratos o templados para huir de sí mismo. Pues el trabajo mostrado es el camino de un asceta, que en su apariencia de despojamiento y ayuno se enfrenta a lo más hondo y queda expuesto a los abismos y la materia tal como sobrevive a sí misma sin otro aditamento.

Álvaro Valverde en sus palabras al cierre del libro, explica de este modo su experiencia: “el espectador (…) se ve desarmado ante una visión inédita”. Son unas fotografías “sin figuras humanas”, “sin gente”, “en medio de una soledad que estremece”, donde “un aire metafísico” es el que atrapa al “silencio” tras el cual está la “paradoja” de que, lejos de “toda ostentación”, lo fotografiado persigue “la verdad” contenida sobre esas mínimas cosas, lo “auténtico”. Por ejemplo, el destello inapreciable sobre la pobreza filamentosa de unas hierbas altas (pg. 35) que geométricamente también tienen su correlato mineral en otras fotografías como la nervadura interna de la columna de una catedral (pg. 34) o el adorno difuminado por la escasa luz de una custodia (pg. 59), que nos traslada al recuerdo de la geometría natural de los cristales de la nieve.

Dar cuenta de algo no es abarcar todas las cosas, ni todos los lugares y cimientos, ni tal vez se podría. Es más bien resonar con una sensación y vivencia que se capta, como en esta ocasión, en el testimonio de un viaje invernal de cuyas ubicaciones se nos da cuenta con precisión de latitud y longitud a pie de página y en la toponimia del índice. La fotografía se centra en esa dimensión del silencio y la inmensidad sustentada sobre unas marcas frías o tibias de colores y en la fisicidad suficiente del relieve de la tierra y del agua, más la presencia viva exclusiva de algunos árboles y plantas, salvo esa ligera lagartija semejante a una grieta en una ventana (pg. 43) o algún ave rapaz distante en la altura (pg 10 y 11). Nadie más respira en ellas.

Los textos poéticos de Álvaro Valverde afloran sin esfuerzo, por sintonía con este “arte pobre” con el que reconoce darse su voz la mano. Son dísticos, ya de por sí concisos y obligados a la mención limpia del aforismo o el destello, que prescinden del ornamento, o de la elaboración complicada, y escritos a partir de una manifestación instantánea no filtrada, suficiente para poder hablar de lo que hay en lo que casi no hay, desde la mera mención o enunciación sustantiva de las cosas. Poética que consiste en nombrar lo más cercano a lo suficiente y necesario, y pretender que el silencio pueble al lector (y primero a quien lo escribe) de esa consciencia y temblor ante lo que se es y se presiente en esa dimensión desconcertante, y hasta desasosegante alguna vez, de estas cien imágenes cuyo total recorrido es una vía purgativa para el que lo realice antes de volver a su realidad de agitación y trampantojos. No es lo mismo leer el libro a sorbos. Aconsejo la experiencia de leerlo completo y sin interrupciones.

Álvaro declara haberse “limitado a acompañar con versos, nuevos o ya escritos en mis libros, esas imágenes”, donde la luz es “melancólica”, “un tanto oscura y, en consecuencia, misteriosa”, en las que ha encontrado la resonancia interior de la melancolía y la tristeza. Su inspiración -y hablamos de un poeta discretamente prolífico- entronca con su voluntad y convicción por el despojamiento, presente ya en su voz desde Una oculta razón, y acendrado en la depuración expresiva de El cuarto del siroco. Lo nombrado en estos dísticos (cuya limitación impide expresar un complejo desarrollo) se recibe con una resonancia de valor absoluto. La libertad, el vuelo, el cielo, las aves... cualquier otro elemento o dimensión mencionados se dan casi sin adjetivos o estos, de aparecer, apenas matizan esa condición natural y no mediatizada de la realidad y existencia, aquí libre y al margen de los cauces habituales donde se busca la atención o bajo cuyo foco generalizado la naturaleza sucumbe.

Son elementos para la contemplación interior de quien sin otro fin y desprendido de lo externo, se encuentra y bucea en ellos y hace ante sí su reconocimiento. Su realidad y descripción es nombrarlos estando solo ahí, delante de ellos, dando voz a un reflejo recogido en nosotros. Ambos, el fotógrafo y el poeta lo hacen, desde el propósito de enfrentarse a lo exento sin intervenir, expresando en lo mínimo lo que están recibiendo. Por eso “No hay nada más concreto / que lo abstracto.” O “La más humilde flor echa por tierra / cualquier tratado en torno a la belleza.” Sumergirse en el libro es un retirado viaje en el que advertimos que “Los tejados ocultan esa vida / que sabemos que existe por debajo.” Y en el que, al fin y al cabo, “Es esa luz que prende en la ginesta / la que al cabo persigo.” Sorpresas, para el lector y el observador sensible, muchas. Alicientes, todos. Las citas que he incluido no agotan la frescura y la pluralidad de esta tarea tenaz de responder y dialogar de cien maneras a cien imágenes que al captar el leve hilo que entrelaza la vida con la muerte sobre lo que parece imperturbable no dejan de inquietar. En el afán de alcanzar la esencia de las cosas, estas fotografías y palabras nos permiten entrar a esos momentos donde no podemos librarnos de su condición, pero sí si querer ir más allá de lo que atrapa el tiempo.



Extremamour, fotografías y poemas a Extremadura
Patrice Schreyer y Álvaro Valverde
Editora Regional de Extremadura, Mérida, noviembre de 2022 


miércoles, 17 de marzo de 2021

Cadozo

                             a Álvaro Valverde

En el estanque
encontró su reflejo 
el propio Basho.

Agua que corre:
los días y las noches
son como peces.

El cielo cabe
en el orbe imprevisto
de una burbuja.

Dentro del agua
el rumor y el silencio
de lo visible.


* (Pese a que me había propuesto no volver a escribir poemas en haikus enlazados después de culminar el verano pasado la composición de Entorno claro, que en unos meses aparecerá dando cuenta de mi convivencia con ellos a lo largo de una década, la lectura de una reseña elogiosa de Á.V. sobre el libro en haikus A póla branca del gallego Xavier Seoane dio pie a escribir este otro que, contagiado de lo que guarda frescura, quiso brotar con ella en las palabras. Y puesto que la cercanía y el reflejo del curso del agua en algunos poemas de Álvaro Valverde aparece con la atracción y hondura -o "metáfora y verdad"- del paso de la vida y como una poética, qué mejor que brindárselo con la claridad de los cielos que la mañana de aquel viernes ondeaba y a cuya luz esperamos acoger más certezas. El título es una complicidad con los poemas de Francisco Pino asomados al cauce de sus ríos castellanos.) 
  

lunes, 12 de agosto de 2019

Tanka de cumpleaños para Á. V.

Sesenta años
caben en el espacio
que ya has leído.

Y en los cielos azules
de aquel sol de la infancia.

 

* (Con unos días de retraso, valga esta felicitación a uno de esos bien apreciados amigos desde hace tantos años, con la sensación a la vez rauda y lenta del paso de la vida y del tiempo, y ese guiño esencial machadiano que sin haberlo querido nos resume.) 
 
 

sábado, 8 de diciembre de 2018

El cuarto del Siroco, una lectura

Esta última entrega poética de Álvaro Valverde es su décimo libro de poesía si contamos desde el inicial Territorio (1985), que hace tiempo su autor menciona sin arrancar desde él el conjunto de su obra canónica, salvo por el poema de cierre destinado a Eliot; por tanto, una dedicación central, no episódica, sostenida y consciente extendida más allá de tres décadas de uno de los autores más conocedores, y a la vez sólido, de nuestra actual lírica. Libro materialmente cuidado y a la vez más voluminoso respecto a los anteriores, que lo convierte en un proyecto minucioso y denso, -75 poemas, si bien buena parte de ellos algo más breves de lo usual en las entregas anteriores-, y que se hace querer desde la portada con la inspirada y sugerente viñeta del pintor Salvador Retana que, amistad personal y literaria por medio, vuelve a colaborar así en la edición de un libro de Álvaro Valverde, quien en una cercana presentación ha calificado este dibujo como el primer poema del libro.

El libro, desde que fue anunciada su aparición un año antes, nos llegó a algunos de sus lectores envuelto, a través de las manifestaciones públicas y privadas de su autor, con reservas sobre su resultado y efectos, como aquel que previene de algún fruto inseguro o menor, lo cual para nada obró en perjuicio de su lectura pues esto no dejaba de ser una manera humilde y comedida de protegerlo y salvar así su entidad y su logro; o bien, una muestra del rigor de trabajo, que comparto, de no conformarse con el halago sincero y correcto de los lectores y amigos, sino con la última e íntima convicción de haber acertado, depurado, construido del mejor modo posible cada poema y el libro, en su conjunción y sentido, es decir, desde la conciencia exigente que regala, cuando es y llega, la sensación espontánea de lo conseguido.

Más allá de la expectación entendible y no exenta de emoción acerca del modo en que iba a ser recibido, presentimos -y participamos, pues, antes de recibirlo- de esas dudas acerca del acierto de su tono emocional, sobre el pulso de la creatividad al cabo de los años, sobre su propia entidad como libro unitario, que más bien eran y cabía considerarlas como un ejercicio sincero y sensato de un autor muy consciente y reflexivo de su obra, tanto en la decantación de su forma y lenguaje como en la de su construcción, enfoque y sentido.

En cambio, una vez con el ejemplar ya en las manos, la experiencia de entrar en su lectura no dejó de ser una sensación de escritura en conjunto placentera y renovada, pues esa diferencia de hasta mayor cuidado en la edición del propio sello Tusquest respecto a libros anteriores como Ensayando círculos o Desde fuera, constituía parte del logro de esta entrega. Ante todo, el lenguaje concreto y limpio de Álvaro Valverde seguía desde el arranque identificando el hacer de este autor sin el menor desmayo. La emoción del poema surge de esa misma concisión depurada capaz de describir en nítidos trazos cualquier detalle de su entorno integrando a la vez antes del cierre del mismo el hallazgo del modo de mirar o la vivencia, reflexiva también, en la que como propósito consciente evita recurrir a soluciones de alarde recargado o efectista. No es una poesía que opte por el virtuosismo sino por una elementalidad expresiva -usar las palabras cotidianas- incluso llevada a más, con sus riesgos, en algunos de los últimos poemas del libro. El autor ha hablado recientemente de su predilección por el “lenguaje pobre”. El hallazgo lírico del poema está en la captación de los detalles de la realidad descritos desde una mirada singular consciente del sentido del tiempo. Y en el ritmo de estas composiciones, más inclinadas hacia el metro breve, no sólo se concreta en unos frecuentes, logrados y no pocas veces muy bellos heptasílabos sino en algunos ejemplos de una grata combinación de estos con el endecasílabo que aportan una agilidad renovada sobre el reconocible ritmo y cadencia valverdiana, también presente en poemas de este libro, y tan capaz para ese poema habitual suyo de amplio aliento, reflexión y acopio.

Otro elemento sorprendente y constitutivo de esta obra concebida como refugio poético contra el tiempo -donde la experiencia del que escribe permite un espacio a salvo para el lector y el poema concede un recurso lleno de humanidad por el testimonio personal que recoge y su reflejo del mundo- es la presencia admirable y lograda de no pocos poemas inusualmente íntimos, de una confesionalidad tan abierta y honesta como delicada. El papel acoge sin reserva la longitud del riesgo y el sabor y medida de lo vivido, como cuando nos deja las sensaciones internas de esos logros vitales material o espiritualmente recorridos, o el reconocimiento de los seres cercanos desde la verdad de ese acompañamiento, algo que en este libro abarca no sólo el territorio familiar y amoroso sino el de los amigos homenajeados y próximos a pesar de la muerte -Ángel Campos Pámpano, Santiago Castelo, Ricardo Senabre, Fernando Pérez González...-, pues el autor reconoce que no sería “el mismo sin tenerlos”. Pese a ya no estar, sabemos que parte de lo que somos es por ellos, y el presente permite que si por el recuerdo permanecen, ahí, desde esa intemporalidad, ellos nos viven. Frente al Siroco, se alza la voluntad y la conciencia. Y mucho más cuando la causa son los otros.

La zozobra del autor ante el desgaste de vivir a diario es expresada en estos poemas a amigos o de carácter amoroso en un equilibrio y un tacto admirable, procedente de un alto modo de concebir a estos seres queridos como partes imprescindibles de sí mismo y, por supuesto, es producto de un especial don poético concretado en el modo de decir y sentir que aquí va sin más filtros que la mención de la verdad interior y el impacto de lo mínimo. Como sostiene y recordaba hace poco Fernando Aramburu en un artículo, lo poético es aquello que va más allá de la propia escritura canónica del verso y puede transcenderla, máxime, como ahora, cuando proviene de decantadas actitudes, estados, perseverancia y retos que nos llevan hacia la verdad de un modo sostenido y tácito, “hacia adentro”. La intimidad personal, no la de los espacios, había hecho su eclosión, sin demérito alguno, en el precedente Más allá, Tánger, donde ambas, como aquí, se suceden. Ahora, en El cuarto del Siroco, continúa aflorando sin pudor o reparo intelectual que la desmerezca, sino al contrario, e invita, en su elementalidad de lo breve e intenso, a recordarla incluso sobre otros poemas más complejos.

El libro se despliega así en su avance y desarrollo -y eso es también una modulación ante otros anteriores-, como un diario poético donde aparecen distintos materiales que se combinan y alternan: estampas de paseos por rincones urbanos de Plasencia, las veredas del río, el entorno de los valles y sierras, aves como los mirlos que cruzan este libro y tanto llamaron la atención a lectores sutiles que nos los señalaron antes de leerlo... El poeta nos habla de ese gusto -ya antiguo- por los lugares que parecen perdurar más allá de lo deletéreo del tiempo, tan consciente ahora mismo. Destaca esa declaración del espacio como un "presente eterno". Y el autor halla la clave: "Tal vez por eso escribo / acerca de lugares. / Sitios donde la muerte / simplemente es más lenta." Pero a la vez aparecen otros enclaves igualmente vividos o definidores de quien los describe, desde el admirable poema a las calles de Azuaga, a la memoria del sur con sus palmeras agitadas por el levante del litoral de Cádiz, o ámbitos más lejanos rescatados a través de figuras recreadas en primera persona o desplegados desde las lecturas capaces de saciar la aventura vital de este viajero inmóvil -por usar el feliz título de un poeta como Javier Dámaso-, y diría que incesante, que es todo lector ávido. Los cuales conocen cómo el mundo les llega, y sus seres, con sus zozobras e inquietudes, a través de su esfuerzo relatado en los libros. Y así la escritura es el diálogo permanente a salvo del Siroco aun en las peores circunstancias.  

El cuarto del Siroco combina los espacios interiores de la reflexión de un hombre que camina poco antes de los sesenta años hacia ese tercio postrero de la vida y expresa su respeto ante el adelgazamiento del tiempo y su capacidad de vencernos por encima de balances y logros (la vida camina hacia su final, casi sin darnos cuenta), y se sabe deudor de su vieja tendencia al pesimismo, la melancolía y el miedo, y lo hace junto a otros espacios luminosos o diurnos, externos, donde las formas y elementos representan el rastro de una identidad elegida en el entorno, recreando las señales y el trazo de la vida que nos queda en los labios. Sobre todo es un libro diurno, sometido a la claridad de la luz y al relieve concreto -léase No humo- de los elementos del mundo, en especial el propio.

El gusto de Álvaro Valverde como lector por la literatura confesional y diarística tiene aquí su propio reflejo poético, y el modo en que se enhebran los poemas responde a esa heterogeneidad de los múltiples estados y tareas que atendemos, nos suceden, asaltan y nos interesan a lo largo del día, y nos deja la suma de un devenir concreto o un mapa de la vida en su diversidad de componentes. El libro sucede como un abanico gradual de elementos que constituye el vivir a lo largo de un tiempo, en esa soledad acompañada de la escritura compartida que recoge lo que se ve, se estima, se reflexiona y se valora. En esta preferencia por los espacios sucesivos y cotidianos nos llegan los escenarios del autor desde su cuarto de lector a las calles de su ciudad y por extensión de otras ciudades y ámbitos naturales que le rodean e identifican.

No es un libro más, ni tampoco es un libro menor o de transición. No estaba escrito -y menos así- antes. Su factura, si algo tiene de diferente, no atiende a una exigencia más relajada o de escritura menos sistemática. Es más bien que el trazo germinal de este libro se da desde estas referencias personales: el entorno, las personas cercanas y las propias sensaciones. La renovación poética que antes he mencionado llega también en la factura de poemas dispuestos en prosa, Una elegía, Mujeres o Noche por ejemplo, que aprenden a alejarse progresivamente de una rítmica métrica. Por suerte, el libro tiene una riqueza de matices y elementos que sin pretender aquí agotar esperan la atención de sus lectores, porque hay una variedad, hacia adentro y afuera, de motivos tratados con la espontaneidad de lo que es un recorrido vital y por tanto sucesivo. Y así se presentan los poemas en un todo continuo no separado.

Llamativa es la presencia del agua a lo largo del libro que discurre desde el primer poema o sirve para trazar una poética -”tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed”- y cruza páginas con su claridad, su genésica fuerza y su misterio. Aguas y cauces que brotan y pasan pero nunca acaban -”duran”- y permiten la permanencia del relieve de la vida y el tiempo. O el elogio de la lectura, del saber. O los espacios rescatados desde la perspectiva inusual, como el elegido para un Cáceres enfocado de otro modo, o el minuciosamente rico como en Évora, que se nos presenta bajo el sabor de lo intensamente vivido, anhelado e identificador de un concepto de vida volcado hacia el conocimiento y el alcance del mundo por los libros. El paisaje no sólo aparece desde la amplitud de los espacios abiertos, sino a través de lo menor muchas veces, de un elemento singular -los árboles, las aves o las piedras- y dota al libro de una sensación pictórica de estampas salvadas por la imagen de las palabras, no pocas veces desde una mirada inédita. Así, de un viejo cerezo aprendemos que “Su grueso tronco / no se aferra a la tierra: / la sujeta.”

Y ante todo la reflexión, en cualquier momento o unida al lirismo, pues el hombre que mira -el autor- no deja de concebir y captar su experiencia y de reconocerla al valorarla. Destaca la reflexión esbozada en numerosos apuntes rápidos, no sólo en los poemas donde su extensión acoge mejor lo meditativo, pues en los poemas de metro y extensión breves se encuentra este rasgo testimonial de sentir el transcurso como una pincelada más que completa el dibujo en la imagen captada del presente.

Si se me permitiera una discrepancia ante la alta lección no pretendida de este libro, y que merece la pena anotar y extender en nuevas relecturas, yo señalaría la extrañeza ante la elección del poema final que más bien hubiera situado en otro emplazamiento por la intensidad o crudeza de sus afirmaciones. Lo que abre y cierra un libro tiene siempre su valor de declaración y balance. Al llegar a este poema se da un choque inesperado y no deducible de todo lo leído antes y, como conclusión de esta obra, tal vez cargue en exceso la sensación de lo adverso, de ese Siroco, que de este modo no deja de soplar ni queda ajeno a quien lo escribe. Porque el soplo devastador de este viento para quien lo reconoce y el lugar desde donde sopla termina siendo una raíz o un pozo interno propio, no percibido desde fuera como el paso de las estaciones y de los cielos, sino desde un pulso periódico interior en su manifestación, requerimientos y sus ritmos. Y de hecho, por poemas como este, vemos que la concepción del poeta de lo externo transmite un bienestar y comprensión superior, diferente al enfoque mostrado aquí de desolación hacia dentro. La vida, en sus elementos expuestos en este libro, es positiva en un grado mayor que el peso percibido por el autor de sí mismo.

Si poco antes en el poema Así se nos había dicho que “la luz, la brisa, el agua / favorecen la idea / de que la vida es dulce, / sereno este vivir ante el abismo”, y quien había dicho antes “que no todo perece, / que otra vida es posible”, en este autorretrato de cierre nos fustiga con una impresión más amarga y no desasida de un inevitable fatum. Frente a lo que hacia afuera elevaba o redimía, hacia adentro el autor siente un claroscuro no resuelto: “la muerte se le acerca”, en lo que hace no ve “más motivación que la costumbre”, se “camina con un turbio pasado a las espaldas”, se contempla a sí mismo como “el que ignora que existe la alegría, el porvenir”, y hasta “el amor sólo es quimera”… y quien al menos “resiste sereno la intemperie” sin embargo “no consigue ni darse por vencido”. El cuarto del Siroco al cerrarse de este modo no esconde la sensación pesimista de un hombre desprotegido cuando se queda a solas con el viento dentro de las rodillas. Otros refugios han complacido previamente al mismo personaje, claustros, jardines, libros, calles, así como la amplitud y frecuencia de los cauces y al fondo las montañas en cuyas cumbres cifra la serenidad del misterio en que hubiera querido con más frecuencia -como en el deseo ascético de fray Luis-, elevarse y, de hecho, se serena, se eleva.

Hay más lecturas posibles si se miran otros detalles que aparecen y se despliegan variadamente dentro de este libro tan grato de leer como minucioso. El autor en sus tres citas iniciales ha declarado el juego sin reservas del ejercicio de testimonio personal que entrega: “la poesía es la meditación de la vida” (Kenneth Koch), “hay demasiado de mí en mi escritura” (Anne Carson), y -aproximada traducción- “sentí en mi piel Sirocos”(Emily Dickinson). En los 75 poemas que modelan el libro no hace más que confirmarnos lo antedicho. Podíamos añadir una afirmación más tras cerrarlo: “y en mí habita el Siroco”. La sinceridad del poeta es tal que no finge los momentos teñidos de este modo pese al trazo concreto y luminoso de los espacios, elementos y vivencias participadas de su mundo.

Al final, la escritura y la vida conducen a uno mismo, y la palabra es el cauce que expresa y une todo, y comunica. Hay quien descubre la plenitud de su transcurso en la escritura y desde ese lugar se entrega, organiza, comprende y justifica su vida, quizás así más a salvo de nuestra naturaleza temporal y fugaz de la que nadie, por fuerte y feliz que sea, es capaz de escapar y salvar de la muerte. En la tinta se guarda la resistencia y las formas sensoriales y físicas de quien, desde su clara identidad y lucidez con las palabras, espera y nos describe con la luz de los días el lugar elegido de su vida y su casa.

No estamos ante un buen poeta más, sino ante uno de los que desde hace muchos años nos acompaña y cuya palabra y esfuerzo aún siguen explorado las sensaciones fundamentales de la razón de escribir y de entender la experiencia de la vida y el tiempo.

El cuarto del Siroco, Álvaro Valverde
Nuevos Textos Sagrados, 303
Editorial Tusquest, Barcelona, octubre de 2018
 

  

lunes, 14 de julio de 2014

Palestina

Una piedra en el aire.
Parábola de infancia
golpeada, no libre,
contra quién, desde siempre.
Flor que brota y se rompe.
La venganza se hereda
desde cunas de sangre.
Dioses pobres asisten
al odio en su reparto,
la frontera inservible
y el muro de la muerte. 


* (Los nuevos acontecimientos de masacres en Gaza me han hecho recordar este poema escrito en 2009 a raíz de una entrada del blog de Á.V. sobre una antología de poemas sobre este drama. Las palabras no pueden devolver nada de lo que ha sido destrozado por la muerte, pero sí señalar y exclamar por esta terrible situación y sus consecuencias. La brutalidad no otorga más razón o verdad, ni justifica a ninguna de las partes. No parece tampoco llegado el momento de ver ceder o que alguien con suficiente autoridad moral lo frene. Me remito a las palabras finales del poema de Álvaro: "Un pueblo herido se olvida del horror / matando a otro." Y mientras, la metralla y el odio aseguran sus siguientes sentencias.)
   

martes, 7 de febrero de 2012

Contraluz

                                                           a Álvaro Valverde

Cu
alquier lugar conduce al universo,
resuena en uno mismo, acerca lo minúsculo,
deja todo al alcance,
mas tan sólo la mirada consciente
o el amoroso tacto sobre el mundo
permite descubrirlo,
deja un rastro de signos
a otros seres que intenten la armonía de unos pasos.
Entonces, el roble que plantamos,
el molino de agua,
la sábana tendida tras la lluvia
son una identidad
en donde vernos,
o un pozo, o un secreto, o un desconsuelo,
o todo junto porque todo está pasando.
  
  
* (En septiembre de 2010, cuando inicié la aventura de este blog, leí en Las razones del aviador con evidente gusto tres poemas de Álvaro Valverde que me condujeron a escribir este Contraluz que es un diálogo con ellos, lo cual no deja de hacer la literatura muchas veces. Pese a mi satisfacción, el poema quedó a la espera de una ocasión propicia para publicarse. Tal vez esta. La resonancia del espacio en torno a Plasencia -viví cerca tres años- me procuró esta visión de lo conocido sin nostalgia, pues el destino y el tiempo en su deslizamiento de horizontes nos responden que ese pasado son puentes que no existen salvo en la voluntad de referirlos. Y sin embargo, ciertos.)
   


fotografías de Alberto Valverde del molino en el valle del Jerte tantas veces disfrutado 
por el escritor en familia y referido en sus poemas

viernes, 8 de abril de 2011

Cuatro emblemas

               Ángel Campos Pámpano
  
Como lámina el río a la luz de la tarde,
así el verso en el aire a salvo de la muerte.

                   Álvaro Valverde

También el sur te llama.
En la ciudad antigua
las calles son poemas
que escribes y recorres.

                   Santiago Castelo
  
En ti deseó el verano
saciar sus plenitudes
y el claro corazón buscó una fuente.

                   Carlos Medrano
             
Quise estar con vosotros.
  
Seguro de esos ojos,
esperé a que se abriesen.