Suele
decir de sí Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) que él pertenece a
la generación poética de la democracia o de los años 80 como más
o menos así se tituló una antología donde él fue incluido, elaborada
por José Luis García Martín, como también se alude por este nombre a la pléyade
de creadores entonces jóvenes que comenzaron a publicar en aquellos
años ilusionantes de recién estrenadas libertades tras la
Constitución de 1978, y que dieron voz -como en otras disciplinas- a
unos años de florecimiento creativo y confluencia de muchas
expresiones, con el referente de la alta lección literaria y cívica
de todos los poetas precedentes de más de una generación que bajo
el régimen represivo anterior alentaron en su obra el logro de otro país sin
grisuras ni limitaciones. Mirando atrás, sin duda estos años 80
fueron para quien de esto participó un periodo personal y social
estimulante y satisfactorio. Fueron jóvenes y estaban
aportando a su propio mundo, ya sin condicionantes, unas modulaciones
más ricas desde la experiencia -y no excepción- de ser libres.
Y sin
embargo, esta alusión generacional no supone adscribir la poesía de
Álvaro a una voz coral o de época en la que se mimetizase, pues su
poesía, si bien ha ido modulándose en el tiempo y ha tocado algunos
tonos y facturas diferentes, pertenece a la de los autores con una
voz propia clara y diferenciable, como es preferible, pues la
escritura de verdad, si no olvida su radicalidad creativa, no es sino
un reflejo de una personalidad, actitudes y enfoque vivencial y
comunicativo singular e irrepetible.
Atendiendo
a su origen geográfico, dentro del ámbito de la poesía extremeña,
Álvaro, sin duda alguna, ha sido desde estos años 80 hasta hoy uno
de los tres grandes autores de la lírica de esta inquieta e interesante región en
este tiempo, junto a las figuras capitales de Basilio Sánchez y
Ángel Campos Pámpano. La muerte, injustamente temprana privó al
último de ellos de completar una obra poética con el desarrollo y
calado como la que han podido aportar estos otros dos vértices de la
lírica contemporánea en nuestra región. Tres grandes autores con
proyección nacional, amistad, colaboración y reconocimiento entre ellos, con un
compromiso cultural con la regeneración cultural y literaria de una
tierra hasta entonces algo baldía en esta materia, y a la vez
referentes cercanos en quienes reflejarse para la gran mayoría de
otros jóvenes escritores de la propia región.
Estos
primeros días de febrero, en los “Nuevos textos sagrados” de Tusquets,
su editorial de siempre, Álvaro ha culminado uno de los más bellos
propósitos de todo escritor noble y conscientemente profesional,
pues este es un rasgo innegable al haber hecho de su vida literaria una labor central y
minuciosa, por otro lado, fecunda y reflexiva.
Territorio no sólo fue el nombre de su primer libro sino el
que ha elegido también para el conjunto de su poesía reunida, aludiendo así a esa identidad del espacio fielmente sentido y elegido para vivir
desde sus orígenes en adelante, en el que una vez y otra no ha dejado literariamente de explorar y de encontrarse a sí mismo en una geografía conocida y
propia, en la que también sucede, con y sin intemperie, su
trascurso, trazando al escribir la presencia y detalles de esa
naturaleza, y en sus paseos y contemplación en soledad, la
resonancia interior de las propias cavilaciones y vivencias.
Estamos
en esta recopilación de doce libros y algunos poemas más ante la
coronación de un corpus que da sentido a una labor fecunda y
constante. Una tarea desde sus inicios diaria, si atendemos a la
naturaleza de ávido y buen lector, con la meticulosidad de alguien
que desde siempre ha comenzado sus jornadas ante su mesa de despacho
antes de que el sol rayara, en esas horas silenciosas y propicias más
que otras a leer, a atender una correspondencia que antes de la
aparición de los emails solía remitir escrita a mano con esa letra
diminuta y cursiva en cuartillas o tarjetas de color crema, y horas
que también daban para un seguimiento exhaustivo de la actualidad
(pareciera que las noticias, literarias o no, existieran para que las
conociera antes que nadie Álvaro). La escritura era parte de un
conocimiento y reflexión de un amplio y buen lector, gustoso de
conocer el oficio y el abanico del mundo por las consideraciones literarias y
vitales de tantos otros escritores en sus memorias, diarios y meditaciones. La
literatura por tanto, permitía acceder a esa otra dimensión del
pensamiento y el testimonio humano ajeno a cualquier limitación de
lo físico e inmediato. En el fondo, una experiencia recogidamente expansiva para
alguien sabedor de que el espíritu del hombre es un lugar tan
incontable e inasible como los átomos del aire.
El
corpus que supone la aparición de Territorio como poesía
reunida muestra también la huella de un escritor sistemático, acostumbrado a ritmos habituales y predecibles en los cuales esa mecánica natural era parte de una armonía desde la que componer un universo que se despliega de esta forma. Desde
bien pronto, por la lectura o las veces en que afortunadamente nos tratamos, la imagen que de Álvaro se me iba formando era la de estar
ante un escritor inglés, meticuloso, elegante, con corrección desde
su imagen al trato considerado, observador con aprecio, generoso en
una conversación confiada y sin tamices, y además de su predilección por la
proporción y la medida, raudo en una ironía sagaz y viva, cercana a su
rapidez nerviosa. Tal vez, esta experiencia de lo personal me acompaña
sin interferir en la lectura, dándole una corporalidad añadida la suerte de
haber vivido cerca y paseado Plasencia, como también sus
alrededores de la Vera y el Jerte.
Hablo
de ello porque todos estos rasgos los considero humanamente complementarios de una
obra que al presentar ahora completa permitirá la lectura sostenida
y global, hasta ahora tal vez sólo al alcance del propio escritor
en su trabajo consciente de intimidad y tinta. Una
escritura correcta y a la vez sensitiva, a veces perceptible como
cinematográfica, en escenarios y disertaciones que desde una
pantalla atrapan al lector como a un espectador privilegiado en su butaca ante un
personaje que desgrana las luces y las sombras de sus pasiones y
fragilidades, y la preferencia de sus parajes y lugares algunas veces
abiertos, naturales, u otros, como los jardines urbanos de una
naturaleza menor trazada por el hombre, que permiten una delectación y un
refugio para abstraerse y recrearse. Estamos, en general, ante una
poesía concreta de sucesos, situaciones, personas y lugares que
podían tocarse con la mano, desde el agua que corre sin detenerse río abajo a los ojos de dos personas que se cruzan y se pierden estremecidos en
direcciones diferentes. Los sentimientos personales pocas veces o
discretamente se expresan, y por eso mismo, por esa reserva y
dignidad ante lo íntimo, cuando afloran ante seres queridos con los
que se comparte la vida o que nos han abandonado, conmueven en una
expresión en que la propia mención de lo que se cuenta es muestra
de una biografía íntima sentida con un certero aprecio. En la
visión del poeta hay un tacto presente hacia el relieve de los días
y el mundo. La fragilidad, el pesimismo de algunos momentos, el claro
desgaste de algunos acontecimientos en el paso del tiempo no eclipsan una
referencia amable y justa que contiene el ideal de armonía con el que se contempla la vida y desde el
que empezó esta aventura de escribir en una edad desbordante mucho más fascinada
por los brillos y la estética. Y sin embargo, no estamos ante una
poesía de oropeles y retórica. El lenguaje es lo que identifica la
obra de Valverde, y este bien pronto optó por la cercanía a las
palabras usadas a diario, sin afectación, sin rodeos, de tal modo
que esta dicción y el ritmo de sus versos de naturaleza impar
conformaran la identidad de una voz reconocible de autor, que a la
vez con pericia y naturalidad se hacen parte fundamental de la
experiencia poética transmitida. Lo particular y lo universal, lo
íntimo y lo externo adquieren el color de estas palabras, como el
tono y la luz de ciertas fotografías son parte y señal de la visión
de quien las toma.
Esta
edición -impecable, pulcrísima; no hay mejor homenaje para un escritor que culmina su obra- de la
poesía reunida de Álvaro, se completa con la novedad de un breve y
reciente libro inédito fechado en 2025, Geografías del jardín.
Me atraía abrir la obra por aquí. En general, son apuntes más
rápidos, alguno cercano al haiku, y tendentes a la brevedad de sus últimos versos, con la herida esencial de lo lírico en ellos. De nuevo esos
espacios reducidos y apreciados que se abren a la vez como ventanas
del alma para el que busca esa sensación invisible de lo que se
presiente y se ha perdido, pero a veces en su placidez se nos hace
presente. En el arranque de la página 17 del libro leemos un verso conocido de
antiguo: “Lenta procede la enramada”. Y en el final de la página 648, se nos dice
“Que la naturaleza, / en suma, / se ocupó de crear / ese simple
prodigio.” Esta palabra es la sensación con la que los lectores amigos hemos recibido este libro. Si la poesía, como concebía Paco Pino -entre
otros poetas más- radica en la mirada (recuerdo los poemas de una de sus
plaquettes, Nada más que mirar), la escritura poética de
Álvaro Valverde es un testimonio sincero de alguien que
con una contenida palabra ha recogido algunas huellas del mundo -el
enclavado en su Plasencia natal y el de sus proyecciones y viajes-
donde ha encontrado las señales de la luz y del tiempo que
fugazmente se nos ha concedido e inquietamente atravesamos
descifrando. Tras adquirir el libro, hay noches que no deberían
acabarse hasta llegar a las últimas páginas de lo que recogido en un solo volumen a lo largo de cuarenta años de escritura es un esmerado regalo. Agradecido.
Territorio (Poesía reunida, 1985-2025)
Álvaro Valverde
Editorial Tusquets, Nuevos textos sagrados, 335
Febrero de 2026




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