sábado, 18 de julio de 2026

Un brote

Sueña una flor. Que crezca
en su oscilar flotante
en sus colores.
O si no,
un curso umbrío y
lento de agua
en su hondo reflejo,
o un plumaje
al cielo iridiscente.
Estás dentro de él
y nada más existe
exterior ni vacío,
sino su misma cualidad, 
su serena presencia.
No hay límites. Permites,
eres, sientes,
eso sí, te diluyes
y nada impide el tú.
Respiras como el aire
que hace oscilar la tarde
y es la tarde lo único que existe.
Respiras y eres aire
y a donde llega el aire
tú concibes algo que es conmoción
y sin cesar en ti también sucede
igual que dentro y fuera
laten y son unidos día y noche.
En tu interior,
esa mano que mueves,
el pétalo que se abre,
cualquier oscilación
del mundo o tuya
resuena como un cuenco
cuyo temblor penetra
y como arena nos deshace
y basta un mero instante
para sin dimensión, sin tiempo,
abrir lo inmensurable,
y desde ahí luego saber
volver desde ese umbral
imperceptible
de lo real tan diferente
sin diferencia de nosotros,
sin que el aroma y el color,
lo etéreo y lo compacto,
o el destello recóndito
de cada pulsación del universo
nos pesen, nos extrañen,
nos esquiven,
al ser parte también
tangible y esencial,
impensada y tan libre,
de nuestro propio cuerpo
cuando se asoma
a un monte, a una llanura,
a un abismo, a un lago,
rendido ante esa imagen,
y llega a descubrir tantas señales.


fotografía de Juan Carlos Viñals
  

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