martes, 19 de mayo de 2026

Del color de los días

Un ángel es de barro
y sin caer no vuela
y sin dañar no ama.
Un ángel se desploma
y tirita de frío,
no sabe y se equivoca,
tropieza sus palabras,
tiembla, padece y calla
lo que más necesita,
teme herir y es herido
y nadie se percata
de su íntima grandeza.
Un ángel pasa cerca
y no nos pasa nada.
Puede caer al suelo
en nuestra indiferencia.
Un ángel también siente
la sed, el frío, el miedo,
la soledad más honda
y la desesperanza.
Un ángel se levanta
muchas veces a solas,
pasea bajo la lluvia,
mira crecer la hierba
y en esa paz reposa.
Un ángel como un niño,
un viejo, una amiga,
un animal perdido,
un ave solitaria,
un reflejo entre sombras,
una pared aún firme,
una gota de agua,
un instante de aliento...
sucede como el tiempo
delante de nosotros.
Está ahí y ya se ha ido
y tiene nuestra forma.
A cada instante muestra
lo que apenas decimos,
lo que a solas nos falta,
la ausencia que arrastramos,
la comprensión herida,
la mano que aparezca
sin exigirnos nada.
Un ángel se parece
bastante a la intemperie,
a unos ojos cansados,
a un siglo de fatiga.
Está a la espera siempre
de que lo recibamos.
Se nos parece tanto
que quiere recordarnos
tanto olvido en nosotros,
tanta pérdida ingrata.
Sus manos son tan huérfanas
que en ellas cabe el mundo.
Y casi nunca vemos
el ángel en nosotros.

 
Marc Chagall, El violinista celeste, 1934

Vuelo sobre el caballo de ébano, 1948

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