martes, 10 de febrero de 2026

Ni gloria ni poder, son lágrimas las cosas

                                                a Fermín Herrero


                                    pararte a comprender esa simpleza [...] /
                                    volver / a congraciarte con el mundo
                                                            Fermín Herrero


La vida es lo mortal. También relieve.
El bosque cruje al cobijar la noche.
Afuera puede helar y el musgo vive.
Si cae, la nieve apenas las raíces toca.
Son joyas pasajeras su blancura liviana,
la ceñida corteza de la luz que cautiva,
la incerteza del hielo que la savia detiene
en la tierra dormida como un cuerpo que ama.
Afuera, el frío hace brillar el aire y es hondura
la paz de los silencios. En esa fronda el alma
en su caudal acude e incita el vuelo
que ha de poder alzarse en la alborada.
Renace en soledad lo que queremos,
lo que cobra sentido a tiempo lento,
la oscilación de lo que descubrimos
como una flor aislada cuyo aroma
al aspirar indemne nos transporta.
Tu rostro sabe ser limpio refugio.
He vuelto a regresar y tú esperabas.


* (Tras varios meses de silencio en que llegué a perder la confianza en garabatear de nuevo un solo verso que salvar con un mínimo de resonancia lírica por una de esas circunstancias, invisibles o no, que en ocasiones nos bloquean la claridad y el bienestar suficiente para dedicarnos a esta gustosa labor que requiere de nuestra finura y fluidez para la expresión meditada y creativa, este poema anotado en un viaje de vuelta en las demoras de dos aeropuertos, el de Pereira y el de Bogotá, puedo considerarlo como el agua esperada después de una larga sequía, o el cielo despejado tras meses de tormenta. Como todo lo bueno e impensado, no hubiera surgido de no mediar la lectura en ese momento de la poesía de Fermín Herrero -en concreto, tenía a mano su libro Sin ir más lejos, que elegí para las esperas de este largo viaje- y la sintonía literaria y afectiva con su escritura y amistad. Porque la escritura no sólo parte de la experiencia de la vida, sino de la lectura misma, que es un modo selecto de reflejar la vida y trasladarnos sin ninguna carencia a cualquier sensación y vivencia posible y diferente.

Tal vez de fondo operaba mi debilidad por la tierra de Soria, a la que llegué desde la lectura juvenil de Campos de Castilla, y mi posterior estancia de un año como profesor de lengua y literatura en Covaleda, en esta tierra alta cercana a la Laguna Negra y al pie de los Montes del Urbión en donde nace el Duero. Esta querencia por la tierra soriana es la que me condujo a su poesía, desconocida hasta que la encontré tardíamente en una librería de Valladolid y al ojear esos poemas adquirí más de un libro para leer y regalar también.

Que el poema vaya dedicado a Fermín era una obligación gustosa. El título se apropia y modifica libremente algunas expresiones de unos versos suyos, y las citas proceden de otro poema de este libro, que invito a descubrir al más curioso. Además, yo sentía la deuda de no haberle podido escribir carta desde nuestro último encuentro, también por esta imposibilidad temporal ya dicha para hacerlo.

El diálogo interno con los autores leídos y apreciados es un lugar frecuentado y favorable, y sin ellos no hubiéramos escrito apenas algo de lo mejor de nosotros. Leer es transitar un seguro sendero hacia lo que buscamos, y esa fidelidad y disfrute ante algunos de ellos es la vía donde 
lo verdadero frente a lo trivial cobra nitidez y relevancia. Y donde esa tradición (entrega, transmisión) es un testimonio capaz de hacer nuestro recorrido más valioso y seguro. Por ejemplo, al recibir la sencillez de lo diario, la observación de lo pequeño, la fragilidad de lo que somos, la conciencia del error y de lo limitado, la celebración de lo que nos configura y sale al paso, la humildad como sensibilidad lúcida y sin embargo ni débil ni tampoco maleable, la discreción como sabiduría callada, la importancia de la dignidad permanente en las palabras y los hechos, la memoria familiar de la que procedemos, las enseñanzas no olvidadas de los que nos precedieron, los nombres de las cosas aprendidos en la infancia, la casa y los paisajes por los que vieron nuestros ojos, la sangre nueva que a nuestro lado crece y nos alienta, el valor concedido a cada una de las cosas, la escucha ajena al grito, la aceptación, lo que asombra, los paseos, los lugares secretos y queridos, la inquietud, lo inevitable y sabio del destino, el humor 
sobre no pocas cosas... En los libros de Fermín estamos no sólo frente a una conversación sin disfraz de un hombre ante a sí mismo sino ante un honesto espejo a la misma altura de nosotros donde reconciliarnos con lo humano.)