viernes, 12 de noviembre de 2010

Dolor

Dolor,
luciérnaga apagada
que enraízas
más que la soledad
o lo que aterra,
por qué, si nunca cesas,
un helecho de paz
ni ya me otorgas;
tu boca sucia en mí,
losa tan ínfima.
  
   
* (En el momento en que escribí este poema me propuse explorar el territorio de la no realización y del sufrimiento tan constante en el paso de nuestra existencia. Hube de dejarlo pronto porque su escritura -para nada retórica- reavivaba en mí entonces unas raíces demasiado fuertes o heridas no resueltas. Acudí a la lectura del libro Dolor de Vladimir Holan, de quien había oído hablar fervorosamente en una lectura de su obra en Valladolid a su traductora Clara Janés. Sin el libro a mano, dejo una cita suya tal como la guardé y cuya sabiduría me ha acompañado cuando he tenido que atravesar periodos en los que presidía este estado: "El dolor (...) es siempre mayor que el hombre, y sin embargo tiene que caberle en el corazón." Son palabras que seguramente acompañarán a otros que quieran comprender la travesía de estos inevitables momentos.)
 

4 comentarios:

Alfredo J. Ramos dijo...

Estas palabras, semillas de poema, abren una puerta por la que acaso no se pueda entrar, salvo si... La final losa ínfima es también tan íntima que clausura el sentido, cualquier salida de la luz. Una forma de decir lo indecible. Sobrecoge.

Carlos Medrano dijo...

El dolor no es la esencia del hombre, pero nos marca en su zigzag asaltándonos sin preguntar desde el primer día que respiramos hasta el último. Su territorio puede ser físico, pero numerosas veces he sentido su peso emocional, como si el estado interior no explicara la consistencia o no de la capacidad de nuestras acciones o el repentino rompimiento. He conocido siempre sus visitas inesperadas, en ocasiones irracionales, en demasía hirientes. Nunca le he entregado un pedestal. No sé si me he rendido a su acoso y he claudicado en la integridad de mantener el logro de lo más anhelado o de creer todavía como antes. Con la edad se acercarán los zarpazos del tiempo, suaves o capitales, meciéndonos en la pendiente del temido declive. Espero de mí el canto sabio y la visión equilibrada de un balance que otorgue la armonía a la que propendo a diario. La mera contemplación de su buscado desprendimiento de la piel de los hombres nos hace contener el aliento y comprobar la medida paciente y relativa de su logro, a veces casi individual o sólo sostenida por instantes. Sí, contener el aliento para concebir de otro modo mucho de lo que heredamos y nos dijeron. Para nacer más limpios mientras creamos estar todavía a tiempo. Y hacer de esa tregua algo más que un deseo: un estado sencillo donde mostrar el buen sabor de los pequeños gestos. (Guillén al fondo, pensativo, oye el mar como un pájaro posado en las yemas de un niño que explora con su tacto el universo)

Mamen Alegre dijo...

No podría decir si es mejor, la entrada o la respuesta al comentario.
De cualquier modo, gracias por ambos regalos.

Un saludo.

Carlos Medrano dijo...

Cualquier saludo, Mamen, es una palabra de salud. Fíjate si en poco devuelves mucho a cambio. Gracias por tu comentario y lo que me reflejas en tu opinión al escribirlo.

El poema fue escrito hace 21 años, el comentario a partir de las palabras anteriores de Alfredo. Establecen con él, y a partir de él, un diálogo. Hubiera sido incapaz de escribirlas sin ese estímulo de hablar entre nosotros. Las palabras, para ser de carne y hueso, se dirigen o se deben a alguien. Y sin la presencia del otro no habrían en mi caso nacido. Responden a ese pulso.

Sí, el comentario va más allá del dolor descrito en el poema. Plantea el caso de qué puede hacer un violín delante de una guerra. Seguramente no pararla, pero sí ser capaz de sonar en medio de ese ruido que no es música. Porque esas notas hay un momento en que son escuchadas por personas que, al oírlas, deciden descalzarse de la historia. Ahí está el valor de nuestras palabras en esta misma hora y ante cualquier circunstancia cotidiana donde cuesta vivir, que sean música. (Gracias por tus palabras que han permitido que esta noche, como si fuera un cuento, te dijera estas otras)