martes, 10 de julio de 2018

Siesta

Estival, a la sombra,
la brisa entre cortinas
agita como un junco
el deseo que reposa.
La molicie contempla
el despertar de un cuerpo.
Su mirada palpita
desde un lienzo en penumbra.
Por la piel se deslizan
nubes que son siluetas,
laberintos de agua
para una sed sin boca.
Los sentidos del aire
conducen al aroma
de un nenúfar durmiente.
El temblor que recorres
paraliza la música,
vuelve frágil las horas.
En el prisma que gira
la luz se despereza,
la muralla es morada
donde el tacto se oculta
y en su cauce trasluce
la presencia más honda.
No penetra la muerte
esta brasa tranquila,
ni merodea la calma 
de la blanda materia.
El color de la tarde
guarda el altar de un bosque.
En la alcoba hay un cuenco
que recoge la fruta.
  


        pintura de José Pando y Fernández 


* (Los poemas suceden y nos suelen visitar de una manera inesperada. La impresión de una imagen, una emoción, unas palabras leídas... pueden dar pie a su escritura, distinta de la más previsible o voluntaria de la prosa. Las palabras del poema suceden desde otra intensidad y trazan una realidad que se revela desde una disposición y señales intuitivas.

Una alusión en apariencia intrascendente de mi compañero de antología Sentados y de pie Luis Alonso dio pie para escribir Siesta. Uní a ello el recuerdo de su sensorialidad minuciosa que, cuando él escribe, con la facilidad del virtuosismo recrea. Así, en una sinestesia de sensaciones, espacios, referencias y recuerdos, comenzó a configurarse esta imagen no existente antes, aunque figurada o sucedida con todas sus variaciones multitud de veces. Pues todo lo que sentimos es universal en su alcance. Y por lo mismo, todo acontecer, situación o experiencia, de ahora o cualquier época es, a la vez y en ciertas circunstancias de sintonía o identidad, nuestra.

La palabra no sólo nombra sino que crea realidad siempre. De ahí la responsabilidad de su uso y la capacidad de su poder que origina y supone realidad. Si dijéramos que la palabra sólo influye en lo real y en nosotros, su valor o importancia sería escasa. Sostiene todo lo que somos, y es mucho más que una impresión añadida. Para quien vive cerca de las palabras, sin dejar de aprenderlas, o de captar también la vida a través de ellas -si no, cómo contarla-, la realidad son las palabras y desemboca felizmente en ellas. Y del mismo modo, el mundo está, nos llega y enriquece porque penetra en las palabras hasta crearlas, donde todo matiz, sensibilidad y vivencia encuentra su lugar y sentido. Hay quien habla del centro de las cosas como punto de toda resonancia. La voz -como otros materiales expresivos- devuelve vida a lo vivido, y nos envuelve en el proceso al hacerlo. El arte aspira, en la plasmación de cualquier ideal, armonía o belleza, a conectar con lo esencial de lo que es y somos, desde un estado lindante a la revelación y lo transcendente, al menos, al penetrar más allá de las formas y vivencias y traspasar lo evidente.

La escritura es una suma de elecciones, hallazgos y renuncias. Al terminar este poema, e incluso al escribirlo, recordé la sensualidad decadente y gozosa de un libro magnífico, no suficientemente conocido por su breve edición, las Habaneras de Santiago Castelo, que me traslada a otro, las Sonatas de Valle, de las que hablamos, y él, al poco de conocernos, me regaló gustoso. ¿Un sabor a orfandad en medio del verano? Intentamos que no, aunque nos falta su prodigio. Nunca nada está lejos, si bien, nada se escapa al tiempo. Mientras sucede el nuestro, vivir es la única exigencia, al recorrerlo y descubrirlo.)


1 comentario:

Miguel A. Lama dijo...

Gracias por este poema, Carlos. Al leerlo, se aprecia el instante, lo hace uno suyo. Casi.
Un saludo.