martes, 13 de agosto de 2013

Isabel

Una paloma, amor, mujer que vuela,
mi madre ya partió, retengo ahora
su última mano que es la mía
y el hueco de su huella mudo expresa
esta separación, la hora
donde el aliento eleva la tibieza
querida de aquella carne y luz
no abandonada, menos rota.
Hoy sostienen mis huesos entera tu estatura.
Aunque te vayas, más cerca ahora ves.
Aquí en mi cuerpo te ofrezco que residas.
Yo soy también lo que tú eras.
Contemplo la levedad hermosa de tu alma:
qué ventana no da dolor abierta a la belleza
que hoy por doquier asalta.
Madre, mira la gratitud continua de la vida,
el reposo maestro de tu ternura y nombre.
Nacido de tu ser, este latido
da fe del mundo que ante ti se entrega.



* (El pasado 11 de agosto, hacia el mediodía, falleció mi madre, en su casa, de manera rápida y sencilla. Es una pérdida que conmociona desde el momento de recibir la noticia, pero que al día después de su ausencia definitiva vuelve a tomar en el dolor su extraña forma. Es el duelo y la inevitable despedida humana, por encima de nuestra concepción de la muerte o de las claves invisibles o tácitas de la vida, pues este juego y recorrido lleva con él estas inaprensibles cartas. Tras la bondad y satisfacción de lo palpable, viaja también la frialdad de los perfiles de la separación y de lo que no continúa. Este poema estaba escrito hace un tiempo. En las muchas crisis de salud de estos seres queridos se vive y anticipa la realidad de la muerte que, como otras experiencias de la vida, no sólo son el fruto de un momento y están presentes en distintos instantes y reflejos. Todo lo que es un camino serenamente culminado tiene sentido, igual que tuvo consistencia y cobijo, para ella misma y para nosotros, su anterior cercanía y su memoria. Es todavía el momento del silencio y entender la medida que ahora tiene todo, sin su presencia y gestos, para quienes la conocimos, pero hay un impulso por el que queremos, con algunas palabras, conjurar estos hechos y dejar la constancia de nuestra gratitud y sentimiento. Hablo esta vez en plural, en voz de mi familia y mis hermanos, hace tan poco, al despedirla, todos juntos.)
  

6 comentarios:

Elías dijo...

Mi más sentido pésame, amigo. Lo único que consuela es ese morir de manera "rápida y sencilla".
Morimos ahora de tan mala forma en general...

Un gran abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Ser en cierto modo, y con la levedad que hace posible la respiración por las palabras, "madre de la madre", en la hora de la despedida y ya para el tiempo que nos reste, es una vivencia capaz de tanta consolación que tal vez resida en ella la clave más profunda para entender el misterio de vivir. Serena, hermosa, íntima despedida, Carlos. Te envío un gran abrazo. Hazlo llegar también a los tuyos.

E. Cubero dijo...


Ya sabes, mi querido Carlos, que la amistad verdadera siempre está cerca. Muy cerca, aunque esté lejos.
Lo sabes. Como sabes que no hay palabras que acompañen el dolor, sólo el abrazo de los que recuerdan...
Un abrazo grande, amigo.
E.Cubero

Lucía Mera dijo...

El poeta decía que se hace camino al andar. Yo no soy quien para meterme con los poetas pero creo que el camino, el camino bueno, se hace al despertar.

Carme Sánchez dijo...

Mi sentimiento por ese suceso. Yo ya pasé por ello hace años y te aseguro que con el paso de los días se siente una más cerca de ella y se comprende de verdad lo que es una madre cuando no está.
Pero el recuerdo que nos queda es siempre amable y cercano.
Un beso.
Carme

Jesus María García Calderón dijo...

Un abrazo muy grande