domingo, 23 de agosto de 2015

de Contra toda razón, I

     
                - en el silbo del aire inaprensible y quieto -

Tácito amor, secreto

como el beso,
penumbra secular,
altar y asombro,
alta profanación
para un eterno asalto:
fulgor que crece en ti
y acoge íntegro.
La vida es
sin error. Cesa
un momento
el daño. Remanso
sin olvido.



* (Después de un año, vuelvo a rescatar un poema de Las horas próximas. Este que, tras tres poemas breves que enmarcaban y anticipaban el libro, iniciaba la primera parte, titulada así, Contra toda razón, porque aquel hechizo invernal se abrió, en palabras que guardo, "contra toda razón", es decir, inesperadamente, del mismo modo que, pese a su alto gozo, luego quiso cerrarse, atravesado por su alfa y omega casi desde el principio. He vuelto de Valladolid hace un mes donde he recordado el momento de aquella escritura surgida entre mis 24 y 25 años, poco antes de mi conocimiento personal de Francisco Pino, sin cuya deslumbrante lección tanto este libro como mi escritura posterior no hubiera adquirido del todo su intensidad y depuración deseadas. Sigo creyendo que aquel libro, escrito hace más de un cuarto de siglo, contiene un  homenaje  delicado y sentido a esta ciudad castellana a la que tanto debo. Aunque sin las señales externas que hiciera palpar más su itinerario de enclaves y calles. Tras este fragmento, iban tres más que iré mostrando en los próximos días. Expresaban, y expresan, el momento de la conmoción y lo puro. Aprovecho ahora para corregir un descuido -mío- visto después de editado el libro.)
  

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