miércoles, 16 de diciembre de 2015

Claridad

Un ser nuevo,
-como todo lo bello-
o con los ojos limpios,
igual que tú o nosotros,
escribe al conocerse.
Mira los cielos,
atiende las señales.
Nada es en vano.
Oye.
Sin darse cuenta sabe.
Dentro del aire entiende
el lugar del origen.
Y aguarda esa palabra
donde todo sucede.
En el momento justo
de estar y de sentir
en que se llega,
aún antes de los nombres,
a ver en lo concreto
es cuando cualquier signo
abre la realidad
y evoca lo creado.
Sucede lo indecible:
lo sencillo era hondo.
El día recorre con la luz
el iris de las voces del mundo,
sus rostros semejantes y diversos.
Así, en lo temporal,
sin carencia ni pérdida,
todo lo contemplado
estaba dentro,
era parte de sí,
un silencio o un murmullo,
casi al lado, inicial 
y simultáneo.
Un instante al mirar 
donde quien habla
su idioma se hace otro
transformado,
y al decir, al oírlo,
él mismo no es ya el mismo
sin retorno.

 

* (El lunes 14 se presentó en Madrid, en la sede del Instituto Cervantes, el libro de Santiago Castelo La sentencia. Quienes sintieron el deber de asistir eran sin duda amigos, de una y otra índole, desde lo profesional a lo más íntimo. Sé que pidieron intervenir por gratitud y devoción hacia él los participantes, y a fe que reflejaron la deuda y alta atención que en vida suya recibieron. Era lo habitual, sentirse a su lado valorado -y querido-, con el regalo de su tacto, su saber y su tiempo. Un hombre espléndido -"es así como sé escribir, de esta manera, no lo sé hacer mejor, os guste luego o no, pero ante todo reconozco la valía de los que saben hacer una obra magnífica y así lo he expresado sin reservas siempre cuando algo me gusta"... o "cómo me alegro de lo que hacen los jóvenes" -dejó también constancia de la desafección y la maledicencia, aludida por cierto en algunos poemas de este libro y del anterior dedicado a la muerte de su hermana. Tras su pérdida, el sentimiento solidario de dolor hacia Castelo se dio de un modo amplio al margen de algún pobre y cobarde caso que ignoramos. Los humanos lo son para aprender a serlo, si libremente quieren, y allá el que se encizañe en sus infelices cenizas. El propio Abc, al que sirvió con fidelidad y apasionada entrega más de cuarenta años, como si ya considerara suficientemente enfriado su cuerpo, ayer mismo no estuvo representado por ningún algo cargo ni dio foto o noticia del homenaje en su edición de papel de los días anteriores ni siguientes. Solía Castelo decir que a la muerte de un poeta muchas veces el olvido de su obra comienza. A los que ayer desde la periferia nos acercamos a Madrid y nos reunió acompañarle en este último jalón de su escritura poética, nos recorría el frío de su falta. Su vozarrón, su risa satisfecha, su mirada feliz y dirigida a los ojos, su cadencia vibrante y con emoción en su lectura, su amplio poder de convocatoria fuera allá donde fuera eran ahora meras ascuas en quienes lo recordaban en un escenario sin él, presidido por una gran fotografía del joven periodista varias décadas atrás, en sus comienzos. Nadie podía llenar el lugar ni sustituirlo. Recordó Víctor G. de la Concha que el acto lo convocaron "sus amigos" y como él quiso sumarse a ese conjuro del vacío, en honor de lo mucho admirado y recibido. "Pero el cadáver, ¡ay!, siguió muriendo". Juan Ricardo Montaña, Pilar Molinos, Carmen Fernández-Daza, Paloma Morcillo, María R. Lairado, Juan Manuel Cardoso venidos desde Extremadura, o Carlos García Mera, Juan Manuel de Prada, Antonio Garrigues Walker, Carmen Posadas, Urbano, Teodoro y algunos más que no puedo nombrar sin conocerlos quisieron estar del modo más sentido al lado del amigo que sí que vivirá mientras vivamos, mucho más que por la orfandad atronadora de su enorme pasión y corpulencia. Fuimos unos pocos a cenar a uno de sus rincones preferidos conscientes de que ahora nos toca mantener en nosotros lo mejor de sus cualidades. Las personas se van, mas nunca sus valores, sobre todo en quienes con tan grata atención los recogimos. Y es que el mejor regalo que nos hiciste es ser mejores. Nos falta tanto su corpachón donde refugiarnos que una ciudad como Madrid desde su muerte es una extensa construcción desolada y entran ganas de huir de lo que antes era una cálida geografía reconocida por sus conversaciones y placeres de mesa. Este poema fue escrito en la mañana de ese lunes 14 de diciembre, festividad de San Juan de la Cruz, durante el viaje de ida emprendido para ser nuestro último modo de arroparlo. Aquí os lo dejo. Él los sigue leyendo y sé, que si cierro los ojos, Castelillo -como Lucía Mera lo llamaba, ella ausente por un viaje a la India, que si no...- estaría ordenándolos para que un día formen libro. Ya llegará, mi niño. Lo que importa es que no nos eches de menos. Eso, ya nos pasa a nosotros.)
  

3 comentarios:

Alfredo J Ramos dijo...

Lamento no haberme enterado, Carlos, ni de que andabas por Madrid. De saberlo, me habría acercado. Yo creo que el mejor homenaje que puede hacérsele es seguir leyendo su obra. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Lo que ha hecho ABC con Castelo no tiene nombre.

Elías dijo...

Bello, Carlos, muy bello. Tanto el poema como el texto subsiguiente. Un hermoso homenaje al amigo para siempre.
Gran abrazo.