jueves, 18 de julio de 2019

Ventanal

Carece de importancia
la muerte cuando llega.
Sentimos desde niños
una noción lejana.
Ella misma no existe
para quien cree en la vida.
Y sin embargo el miedo
agita su figura.
Bien pronto nos la inculcan
como diosa imperfecta,
fría, devoradora.
Pero ella no respira,
ni viaja, ni ama,
ni seduce una mano,
ni saborea la fruta;
no penetra en el fondo
del tacto que deleita.
Tan sólo un día asoma
porque el tiempo es frontera
e igual que el día pasa
o la flor se marchita,
y la noche no implica
que la luz no resurja,
nuestro cuerpo requiere
de su presencia un día.
Y ella cierra los ojos
que dan a otra manera
de vadear las cosas
y a la vez traspasarlas.
Mas el tiempo permite
entrar en la materia:
saborear un rostro,
sentir una navaja,
bajar hasta la sima
clave de una memoria.
Porque la muerte nunca
viene si no la llamas.
Ella tan solo espera
como en un ciclo el vuelo
de la hoja que salta
del árbol a la tierra
y esa frágil distancia
el aire la amortigua.
Mientras las nubes pasan,
y la tarde se aquieta,
o se alza la mañana,
vendrá como la música
que ilumina las horas.
Duele como una ausencia
porque es cierto, separa.
Sin embargo no hiere
a quien lleva consigo,
ni el fin es una sombra,
ni el silencio vacía.
Su quietud nos devuelve
a una unidad primera.
Nuestra mente es posible
que acuda a la nostalgia.
Si de nuevo contemplas,
perdura la armonía.


* (En los primeros días de julio, la noticia de la muerte del compositor brasileño João Gilberto me llevó a oír de nuevo algunas de sus melodiosas canciones. Su familia habló de que había tenido un tranquilo morir, como muchas veces sucede y es posible. Con el sabor agradable de su música, quise escribir otro modo de concebir este final, pues en el fondo cada detalle de la vida sucede según nuestros deseos e ideas más profundas, y lo único inevitable para los que seguimos aquí es el dolor de la pérdida.)



        

     

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