miércoles, 12 de octubre de 2011

Vivaldi nos asalta por sorpresa

                                               Descalzo las esquinas de un triángulo
                                               inerme, inacabado y lluvia,
                                               descoso en alacranes
                                               y voy como bajando
                                               recodos vulnerables de placentas,
                                               una estación donde Vivaldi
                                               está muy triste,
                                               donde tu cuarto crece
                                               y nos inunda,
                                               y hasta tu voz se viste paranoica
                                               intermitente de polillas.


Los curas pelirrojos se suicidan.
Noticias como estas no están en los
periódicos, y no hace falta descubrirlas
a los pies de la gente. Lo efímero
lo advierte. Y usted, usted
que no comprende sino labios de
amor y en este río me dice que es
tristeza mirar la cumbre de los árboles,
esconde lagrimones que le ruedan
como niños perdidos por sus ojos.
No hay estación donde subir
su sueño de violines
y esta noche lejana de palomas internas.
    
 

* (Un salto atrás para volver a este poema juvenil de cuando la escritura se poblaba de imágenes y una musicalidad que inundaba todos los sentidos. El modelo que había supuesto Canto de la distancia de María Rosa Vicente y el interés por cierta poesía de irracionalidad metafórica de aquellos años explican este enfoque. El lenguaje descubre el hechizo del mundo recreado con la intención original de lo intacto. Como decían entonces los jovencitos donostiarras de Cloc que se habían dejado caer por el Don Benito del 77, había que ser con la capacidad de pureza de los ojos de un niño. Incluido el autor, es evidente. Aquella tarde de Valladolid, ante el asombro de una inesperada pieza de Vivaldi en la radio, aquel joven escribe, como un Magritte o un Chagall, unos sueños que en su fragilidad quedan a salvo. Se me ha preguntado alguna vez, pero la disposición de los versos respeta la espontaneidad de aquel instante.)
   

3 comentarios:

Miguel A. Lama dijo...

Gracias, Carlos, por este poema de CORRO (pág. 61), aquel libro de 1987, que en la primavera de aquel año me regaló nuestro amigo Fulgencio Parralejo desde su librería de Pela, "La Quimera". Trae unos aires muy agradables y dice mucho de la importancia de tu escritura y de la de otros amigos en aquellos años.

Alfredo J. Ramos dijo...

Me parece que convocar el nombre de Chagall para describir este modo (joven o sólo previo) de escritura es una marca de época muy precisa. La Andreu de entonces (un poco después) también lo puso al frente de su primer, inocente libro. No sé si será solo puro nominalismo, pero me parece que hay otras afinidades en esa danza. Por lo demás, mucho aún por leer en escondrijos diversos de la Isla.

Un abrazo, Carlos.

Carlos Medrano dijo...

Sí, Alfredo, hay palabras teñidas de connotaciones por las que su uso es un riesgo o bailar en esa cuerda floja de las imprecisiones.

También lo es rescatar lo escrito en torno a los 20 años y aceptarlo, que por fortuna hicimos.

En esos años de comienzo de escritura, y que eran de cambios alrededor (finales de los 70 y primeros 80), me atrajo que la escritura en sí misma inaugurara algo y ofreciera otro mundo posible donde ciertas claves personales estuvieran a salvo.

Mencionar con justicia los nombres que nos condujeron a ello no sé si era un propósito de esta entrada, pero todos hemos leído en nuestra inicial formación literaria con asombro la expresión de algunos autores magistrales con el lenguaje. Con la consistencia de una visión y de un mundo, por supuesto. Prefiero ahora la complicidad del secreto de recordarlos e imaginar los tuyos.

La Andreu (tan exitosa y a la vez un bluf), como también Velasco pudieron ser nombres conocidos de esa irracionalidad poética que venía de lejos, de muy lejos, de esa necesidad creativa periódica de no sucumbir a lo rutinario, de optar por otros valores.

A aquel jovencito cuyos ojos poéticos se abrieron a la luz del Guadiana, se le han removido hoy otras nostalgias literarias y personales de entonces, como algunos viajes en tren a Badajoz para volver a casa con algún disco y el encuentro agradable con el amigo venerable a quien también se le escapaban duendes y otros destellos en sus libros.