lunes, 12 de marzo de 2012

Certidumbre

                                            ¡Cuánto silencio mío!
                                            (Tomás Sánchez Santiago)

Mira el mar azulándose...
¿Quién puso en nuestros ojos
cielos petrificados, esas oscuras aves
del rigor de la muerte?
He ahí los colores que no ha arruinado nadie.
¿Quién nos dijo "no eres"
o cegaba los nombres?
Luces que de repente sin cesar amanecen,
lluvias y sensaciones de raíces que nacen...
Sin embargo, la noche de ti no se descose.
Bájala de tu espalda sobre el tiempo lacustre,
que la vida ya sabe y la luz nos merece.
  
  
* (De este poema de mayo de 2002, nacido a partir de esta poderosa expresión que estaba en una carta de Tomás S. Santiago, lo que no suponía es que iba a dar nombre a un periodo de seis años de ausencia de cualquier otra escritura poética. Hasta que la noticia del fallecimiento de Ángel Campos, desconcertante, inesperada, por encima del mucho tiempo en que no nos habíamos visto ni sabido uno del otro, me hizo escribir de nuevo. Un movimiento interrumpido. ¡Cuántas veces, pese a ser este un territorio deseado o propio! Me acaba de llegar por Tomás la antología salmantina de Ángel. Y con ella, esta selección de su cercana voz alzada como el trazo limpio de un círculo y con la forma apacible de la caída de la lluvia. Algo en común podría acogernos bajo aquel prodigioso primer verso de la obra de Claudio, Siempre la claridad viene del cielo, a los lectores y poesía de Ángel. Una poesía que nace, en su parte de naturaleza pictórica, de la profundidad de la mirada. Tal vez, también, de la memoria pero, sobre todo, me llama su voluntad de ampliar hacia lo intemporal el presente, o de dejar un mundo a salvo en la manera de disponer las palabras. El pasado se asoma, o se reclama, arropado de la orfandad por la raíz de su sentido fundacional y afectivo; pero Ángel, ante la sensación inmediata del presente, hace que ese espacio y vivencia se abran en la sencilla magnitud de una materia liberada -por la palabra elegida- del posible pesar o su deriva en el tiempo: esa clara costumbre de los ríos / de morir en el agua o en el aire. Bien pronto concibió el cuidado de ese lugar accesible en la cualidad del poema.)
  

3 comentarios:

Alfredo J. Ramos dijo...

Una página luminosa, Carlos, toda ella. El poema cumple para mi gusto, y a la perfección, la cualidad que me parece debe tener la poesía: lo que no puede decirse de otro modo. Así que huelga todo comentario.

Pero es que el "contexto", esa nota explicativa que permite profundizar en los alrededores del poema y vislumbrar el color de su misterio, contiene una valiosa lección estética, en la que me parece muy atinada y valiosa la mención de Claudio Rodríguez, paradigma en sus mejores poemas de lo que podríamos denominar la fluidez de las palabras esenciales.

Un post para guardar, Carlos. Gracias por compartirlo.

Un abrazo.

Carlos Medrano dijo...

Gracias, Alfredo, por esta contestación y elogio con palabras de las que, por su nitidez y precisión, también aprendo. El logro de un poema -más que la fórmula o definición de su hallazgo- es el propósito de este esfuerzo que, como en los buscadores de diamantes, participa de la constancia y acecho a la iluminación (cotidiana, más que mística): un estado personal en cuyo centro las palabras acuden para expresar esta espontánea y certera vibración de algo propio. Es un encuentro o una revelación, más que el proceso, laborioso pero puede que recargado, de un orfebre. El poema como conocimiento aspira a una conexión con las claves y resonancias que en el exterior o hacia adentro perseguimos. Es un momento sin ruidos, previamente nuestro, y por eso cierto.

Recuerdo una antigua conversación con un amigo de igual nombre al tuyo en la plaza de la Universidad de Valladolid, al que le oí esta afirmación: "todo poema ha de ser un esfuerzo irreemplazable". Y ahí está una clave del logro. Ni una palabra en vano, o la conciencia del valor de cada término empleado. Valor no sólo literario, pues el poema es mucho más que un producto estético, o una apariencia agradable. Es un testimonio de nosotros y una percepción especial de la vida para intervenir en ella y ampliar su sentido.

Me tropiezo con otras dos anotaciones de las que he perdido la noción de cuando las leí o escuché, pero a cuyo lado está el nombre del que proceden, Basilio Sánchez. Las cito de un modo aproximado: "Si no hay transformación o transcendencia, la literatura no interesa". Y esta otra definición -posible y no excluyente de otras- de la poesía: "Contemplación apacible y luminosa de la verdad y la belleza". Las dos obligan a respetar el silencio.

Luis Arroyo Masa dijo...

La poesía es la vida. Y también lo es la amistad. Un abrazo, Luis.