domingo, 23 de diciembre de 2018

Homenaje

Chopin en Valldemossa,
su salud no remonta pese a tanta belleza
que invernal le recluye en la Cartuja.
Su herida juventud
en una isla de ensueño
aún no hollada, incólume,
hacia mil ochocientos treinta y ocho,
a un palmo de la culta Centroeuropa,
le arrastra sin descanso.
Pese a volcarse en nuevas piezas,
su enfermedad le humilla,
rasga su respirar y le derrota.
Setenta años después,
Ruben Darío
sigue anegado en lágrimas
frente al mar de Mallorca.
No frena su indefensión
la imagen prodigiosa de la isla,
del oro de la isla donde encuentra
la calma de pensar recontando sus años,
y la describe mítica, en la fe de su estética
que vence a su zozobra.
Parece que el dolor fuera mayor
que la belleza. Un piano melancólico
y unos cantos profanos
aún siguen transmitiendo
tal prodigio. Algo vence a la muerte
que tampoco destruye el sufrimiento.
Ambos, desde rincones que vivieron, son en mí,
los recuerdo. Y me han hecho más libre.
Llego a sus partituras y métrica pagana.
Me expongo, vulnerable, a su tos y a su pánico.
Junto a un arco de piedra
y un viejo tamarindo
me vienen las imágenes de una mujer y un lecho.
En la copa del cántico, el liquen plateado
del final de aquel tiempo da al esplendor que escucho.
 

Estatua de Rubén Darío en el Passeig de Sagreda de Palma 


Escudo de una casa del Carrer del Mar donde pasaron, como reza un cartel, sus primeros días Frédéric Chopin y George Sand al llegar a la isla.
       

2 comentarios:

Álvaro Valverde dijo...

Me sorprende este poema, Carlos. Para bien, preciso. Muy lejano de lo que es habitual en tu poesía, si este lector no se equivoca. En fin, un placer. Gracias por la primicia y que no decaiga. Esperamos más. Un abrazo.

Carlos Medrano dijo...

Muchas gracias, Álvaro, si algo necesita un poema para salir es tiempo libre y estar atento y receptivo a algo que resuena cerca de nosotros. Esto fue lo único que necesitó este texto: un paseo unos días atrás por Palma y la tranquilidad de haber acabado la tarea del curso desde uno de mis lugares preferidos para ir a comer de la isla, con vista al mediodía del campo.

Hay varios poemas así desde hace tiempo, desde el dedicado al Cementerio Alemán de 1995 cuando vivía en Jaraíz. Tal vez esté dejando una escritura discontinua similar a una isla y si alguna vez organizo lo diverso que he escrito se pueda ver, lejos de un continente, un posible archipiélago y en su limitado perímetro quepa el intento feliz de concebir un mundo.