sábado, 16 de octubre de 2010

En el parque

La suavidad con la que un niño confunde su pulgar con el meñique del guante y se deja ayudar es la misma de este sol vespertino del otoño que intermitentemente templa unos segundos entre nubes y alienta, en una tarde húmeda, intacta pero frágil para quien, si respira, cansa el hilo de vida que le queda y la piedra en la espalda cuya sombra no deja de apartar.
 

2 comentarios:

Alfredo J. Ramos dijo...

Vivaqueo de nuevo en este blog. Compruebo cómo crecen sus palabras en varias direcciones, pero brotadas siempre, me parece, de un mismo humus. Un deje de tristeza (inevitable, claro), el tono reflexivo del que sabe pensar con ritmo, el gesto casi heroico de quien conoce cuánto cuesta de verdad cada palabra; y también, aquí o allá, un adorno o dije que se mira en un espejo de retórica aún no prescindida (quizás como esta misma frase). Y siempre un impulso creíble que invita a seguir la travesía. Y al retorno. Me apunto la contraseña en clave de conjuro egipcio: «Secipáled alsi».

Un saludo.

Carlos Medrano dijo...

Te respondo, Alfredo, en la entrada siguiente. Gracias por el reto de tus palabras que me han originado este diálogo contigo acogido a las brasas de Jaime Gil de Biedma.