sábado, 22 de enero de 2011

Afortunada mancha

Sí, el primer regalo de algunos poemas es para quien lo escribe. Es un momento receptivo donde estar a la escucha y respetar el sentido y color de lo que va surgiendo, sin interferirlo, sin más filtro que nuestra sensibilidad y vivencia. Sin duda es la culminación, en un momento de recogimiento y armonía, de una aspiración y respuesta que ha estado nebulosamente gestándose, y se logra con toda la fragilidad de lo que puede alcanzarse o diluirse, tras estar al acecho respetuosamente, con oído muy atento para llegar a decirlo.

Y esa conexión interior tan profunda de la escritura no sólo es una disposición para el surgimiento de un poema sino también para la gestación de un estado más cierto de claridad de vida. La poesía por tanto, conocedora del valor del silencio y del peso del sonido, y asomada al sentido callado e intemporal de las cosas, modula la existencia y genera su rumbo: aquel que cada autor ha pretendido.

Por eso, más que un producto filológico, es un acto de creación con todas las repercusiones de una vida más alta a la que todo lector verdadero de poesía aspira y conoce. La escritura -y su lectura (para mí, si acertadas, igual de valiosas la una y la otra)- no es un acto rutinario ni indemne. Mancha, afortunadamente mancha. Si al contacto con ella hay un reconocimiento, aunque no se volviera a escribir queda ese animal de fondo, esa memoria deseada y deseante y ese viaje sin retorno: per me si va tra la perduta gente... lasciate ogne speranza, voi ch'intrate, también el fruto cierto, el blanco lirio y colorada rosa y el toque delicado que a vida eterna sabe y toda deuda paga: la música callada, la soledad sonora.

2 comentarios:

Narci dijo...

Y es que el poema se reescribe con cada lectura, con cada interpretación, cada vez que llega al alma de un un lector y le hace vibrar, o reflexionar, o sumergirse en su belleza, o atravesar la estela diáfana de un sentimiento, que siendo ajeno, se hace tan suyo.

Saludos

Alfredo J. Ramos dijo...

... y, acaso y sobre todo, o muy al principio del impulso creador (y prolongando tus citas imprescindibles sin abandonar la misma ínsula), «los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibuxados».

Una reflexión la tuya desde dentro y que, como subraya Narci, destaca con rigor no impostado el papel creador de la lectura.