domingo, 5 de mayo de 2013

Paráfrasis de Anne Perrier

Para la eternidad,
una silla pequeña
y el calor de una calle
en la que mi alma ha aprendido
a decir tú.
 
 
Este es mi lugar
Para la eternidad
Una pequeña silla de paja
El silencio y el verano
Un muro que el cielo ha agrietado
Como una calle
Y mi alma que se acostumbra
A decir tú


* (Leí y supe por primera vez de Anne Perrier por una muestra de cuatro breves poemas suyos traducidos por el excelente poeta canario Rafael-José Díaz a través de su blog Travesías. Sé que tiene traducida casi la totalidad de su obra, de una autora “delicada, sensible y siempre imprevisible” a la que yo también considero extraordinaria. Gustador como soy de la expresión inefable, me conmovió -como los otros suyos- este poema del que con el tiempo hice una recreación más breve en la que también reconocerme y desnudarme. ¿Qué frontera hay entre lo que admiramos y lo que somos, entre lo que al leer recibimos y lo que en nosotros se enciende? Anne Perrier nació en Suiza en 1922 y para mí ha parado el tiempo con unas pocas palabras esenciales en la boca siempre añorada de una mujer. Es verdad, estamos ante una de esas personas esenciales e invisibles, capaz de ver lo transcendente de los detalles mínimos sin que su presencia y gesto pese, reclame alguna atención, y simplemente escribe unas señales sin impaciencia para quien llegue un día a verlas, en un diálogo satisfecho con esa resonancia que cada cual consigo mismo ha de tener. Ante esos versos hago por recrear la voz, el iris, los gestos y la cadencia de la respiración y los giros del rostro y cuerpo de esta mujer a la que me hubiera gustado ver, y oír que a mí y a algunos otros nos había estado ella, en esa silla, toda la vida esperando. Mis palabras de hoy no la suplantan, son una invitación a que las suyas en nuestra lengua pronto se publiquen.)
  

miércoles, 24 de abril de 2013

Cristal limpio

Una bella mujer.
En su mirada
se intima el universo.
 
 
Refugio blanco
de esa violeta
que quedó en tus ojos.
  
     
  
* (Estas fueron unas de las primeras palabras que recibí en la mañana del 19 de abril. Estaban agazapadas en mi correo, con su belleza inesperada, y aparecieron a través del móvil:

     Querido Carlos: Cincuenta y dos veces gracias por haber nacido.

     Abrazos,
     Zoki"

Las he querido compartir porque hoy mismo hablaba de las pocas veces que mostramos sin trabas la verdad que sentimos. Olvidando el cobijo del bien que nos transmiten, que estas palabras hacen. 

Francisco Javier Irazoki, a quien conozco desde mis dieciséis años, le he querido corresponder con estos textos un poco anteriores a su Retrato de un hilo, en cuya lectura he disfrutado de haikus y otros poemas suyos acogidos al hechizo de lo sagrado femenino. Agradecido.)
  

domingo, 7 de abril de 2013

Campo Grande

                                          a Francisco Pino

                                          Sí, tu niñez, ya fábula de fuentes
                                                                        Jorge Guillén


Otoño. Vegetal humedad,
y el parque es nave
       callada
              en la ciudad
       que desconoce.
La luz, la suavidad, la tarde clara.
Lejos de mí otro parque, y otro parque...
y otro parque  
                        ¡mañana!  
                                          incandescente.
Órbita de la edad en esa piedra
lanzada sobre el agua
de un reflejo interior.
                                    Casi un bosque esa fuente,
y la voz, onda, luz, 
                                 espesa rama.

 

* (Elijo este poema vallisoletano escrito a uno de los lugares centrales y más hermosos de esta ciudad y en torno al nombre de sus dos grandes poetas del s. XX, cuya lectura e inspiración permanece y fueron esenciales, ahora que acaba de aparecer una antología en la colección Cortalaire de la Fundación Jorge Guillén con el título de Sentados o de pie, 9 poetas en su sitio, que reúne a nueve autores que en esta ciudad estábamos y escribíamos allí en los años 80. Lo escrito, cuando llega a lograrse, adquiere el don fundacional de lo indeleble, acaso el propósito más elevado y noble con las palabras, de modo que quede a salvo lo que va más allá de nuestro esfuerzo frágil. Es decir, el ejercicio de la sensibilidad en los detalles mínimos. No todos los poemas están enmarcados por la misma luz, pero todo lo escrito y la atención callada a los detalles diarios que contemplamos y vivimos ha orientado el sentido de permitir que se haga cerca de donde se abre ese reflejo.)
    

sábado, 23 de marzo de 2013

Moneda (efigie antigua)

                              a Juan Ricardo Montaña

En tu pecho percibo

intacta la palabra
que bastaba.
Después de la derrota,
el alma impregna al viento
el rumor del deseo.
Y en ese altar velado,
como quien pulsa el agua,
al fondo te reclama,
libre de un dios,
un cuerpo.



* (Hay lugares de los que uno salió hace mucho tiempo sin posibilidad de retorno. Eso sucedió en octubre de 1979 con Don Benito, en cuyo ámbito había discurrido mi relación con el mundo hasta entonces. Al cabo de casi 34 años, acabo de dar una lectura de mis poemas, ayer 22 de marzo, en la magnífica y acogedora Casa de la Cultura de esta dinámica población extremeña. Invitado por quienes de corazón han querido hacerme sentir de nuevo en casa con esa calidez del "no estás lejos". Fue un emotivo acto donde hablé de poemas y recuerdos y en el que quise ir a ese lugar de las palabras que hace de lo contado un universo compartido. Había escrito días antes de venir este poema que, en su reflejo pagano, mi buen amigo Juan Ricardo podrá también regalar a todos los que disfrutaron, y así me lo hicieron pasar, de este encuentro. Gracias.)
   

martes, 12 de marzo de 2013

Profundidad

                          I

Y el día que la memoria se disuelve
y la palabra escrita torna
a ser tachón o marca sin sentido,
y el aire es aire pero ya sin nombre,
y todo es un recuerdo insostenible
de lo que sabe a fin pero es olvido,
¡ay!, clara despedida de las cosas,
¡qué se eleva y qué dejas
en tu llama impalpable
antes de irte!


                II

En mis ojos de arena
la luz ahora es líquida
y permanece al pie
de las horas selladas,
envueltas en la herida
y el silencio interior
de todo lo vivido.
Oculto en el desvelo,
las horas no detienen
el tacto derramado,
la renuncia, la espera.
Ni hay palabra que puede
devolver ahora nada.


*(El sábado pasado, en un corto viaje, que siempre es ir camino de algo, tal vez hacia uno mismo con lo nuevo y el espacio por techo, volvieron a asaltarme unos versos e ideas que anoté antes de perderlos. Poco después, comiendo a solas, busqué su mejor forma con el placer de escribir e hilar su reflexión que incluso en lo fallido nos devuelve una imagen que es un aprendizaje perseguido. Hoy, creo que esa imperfección que pende de algunos borradores ha apartado la niebla de una silueta capaz de hablar y darse por sí misma, a pesar del autor y por encima de él. Eso deberían ser los textos, criaturas libres que nacen para algo que va más allá de nosotros, que no nos pertenecen, como tampoco a nadie. Quien lo escribió se reconoce en su presente en ellos, pero cede ese cuerpo y su testigo a lo que quiera la fortuna y el tiempo. Leo en estos días Retrato de un hilo de F.J.Irazoki y me asombra la sintonía de estos dos poemas con lo frágil y vulnerable de lo recogido en su libro. Por él y sus mejores deseos ahora brindo, así como agradezco la lectura previa que tuvo a bien hacerme Efi Cubero.)

Ayer fue 11 de marzo. Algo me invita a ofrecer este poema a todas aquellas víctimas de aquel terrible y no resuelto atentado. Nada se escribe al margen de lo más humano.
  

jueves, 28 de febrero de 2013

Desierto

Sobre lo que fue error
-si admites la derrota-
se alzó pronto el poder
de un tacto mudo,
la negación
a una truncada ofrenda.
Creí sin red donde
se helaron cauces,
volví de un sol
que me otorgó cenizas.
Tu imagen me acercó
la belleza del mundo,
relámpago en el cual
el vacío fue el fruto
y el canto la extensión
para un dolor sin cuerpo.
Tantos años después
y fiel a mi espejismo,
renuncio a la ambición
de captar el murmullo,
de sostener la luz
donde brota el castigo.
 
 
* (Con la conciencia de no dejar abandonado el blog más de la cuenta, y a pesar de tareas y fastidios que nos impiden la clara captación en la escritura de las cosas y el ocio necesario para estas tareas, hoy de viaje hacia Valladolid buscaba entre los cuadernos que me traje un texto de 1983 que me apetecía sacar con alusiones a aquel año que transcurrió en Cáceres. ¡Ay!, quedó en casa. La entrada la ensoñé en mi imaginación mientras cruzaba en autobús la sierra de Madrid algo nevada, por cierto. Pero releyendo unos poemas de amor de esos años 80 nunca impresos, me dió por reescribir un final o enlazar una continuación de ellos, allí donde esa reflexión me pareció hoy posible. Este ha sido el efecto que, en cualquiera de sus lecturas, comparto y ofrezco.)
 

domingo, 10 de febrero de 2013

Inercia

Sabes que no te mueres.
Un día te confundes con la tierra.
Entonces tal vez creces o reposas.
Antes, sientes que te vacías,
asistes a pequeñas extrañezas:
es más ligero o más profundo todo,
no hay peso, o los ojos
no ven igual, en ellos ya está el mapa
donde las claves de la vida
eran al margen de la lucha.
¡Qué queda! Puede crecer
la hierba encima o ser el pecho
una oquedad yacente, una bahía,
la efímera conciencia de una nota, de una luz
o de la tibia sensación de esta morada
en la que hoy sigue amaneciendo aunque golpea.