Sabes amar, huir y ser sincera.
Porque te escondes no, porque cobijas
una fogata con tu risa y forma
y la perseverancia de los días de lluvia
cuando resbala por tu cuerpo a tierra.
Ante tus pies coloco piedras lisas
que sé que son monedas y señales que escuchas
para contar leyendas y el origen del día.
Si tu mano atraviesa lo que tocas,
una canción de ausencia se convierte
en suave primavera y voz de niña,
mientras cierro los ojos y en el sueño
una mujer dormida me despeina.
* (Cuando llegué a Mallorca en septiembre de 1992 entré por Selva, uno de los lugares más singulares de esta isla, donde viví quince días en el Carrer de la Llum, número 1, en casa de una antigua y exquisita amiga de los años de estudio en la carrera hasta que encontré en Artá la mía, y aquel fue el mejor modo de llegar a esta tierra. A Selva, en la antepuerta de la Tramuntana, vuelvo con alguna frecuencia por el camino de subida a Lluc desde Inca. Este poema es un recuerdo y homenaje. Todo encuentro en la vida es un reencuentro, pues todo es movimiento y confluencia, o todo lo que se aleja un día vuelve y, como ya he contado, hay órbitas que a cada aproximación se reconocen y transforman. Para cualquier otro paseo, a la noche, entre las buganvillas -tan mencionadas en sus poemas por Castelo-, limoneros, jazmines, casas de piedra en calles que se giran mientras bajan y suben y abrazan miradores, en donde a veces adquieren forma humana las estrellas, quede este canto recuperado de un cuaderno y presente en mis ojos que bendicen lo libre.)



