Chopin en Valldemossa,
su salud no remonta pese a tanta belleza
que invernal lo recluye en la Cartuja.
Su herida juventud
en una isla de ensueño
aún no hollada, incólume,
hacia mil ochocientos treinta y ocho,
a un palmo de la culta Centroeuropa,
lo arrastra sin descanso.
Pese a volcarse en nuevas piezas,
su enfermedad lo humilla,
rasga su respirar y lo derrota.
Setenta años después,
Rubén Darío
sigue anegado en lágrimas
frente al mar de Mallorca.
No frena su indefensión
la imagen prodigiosa de la isla,
del oro de la isla donde encuentra
la calma de pensar recontando sus años,
y la describe mítica, en la fe de su estética
que vence a su zozobra.
Parece que el dolor fuera mayor
que la belleza. Un piano melancólico
y unos cantos profanos
aún siguen transmitiendo
tal prodigio. Algo vence a la muerte
que tampoco destruye el sufrimiento.
Ambos, desde rincones que vivieron, son en mí, los recuerdo. Y me han hecho más libre.
Llego a sus partituras y métrica pagana.
Me expongo, vulnerable, a su tos y a su pánico.
Junto a un arco de piedra
y un viejo tamarindo
me vienen las imágenes de una mujer y un lecho.
En la copa del cántico,
el liquen plateado del final de aquel tiempo
da al esplendor que escucho.
Estatua de Rubén Darío en el Passeig de Sagrera de Palma
Escudo de una casa del Carrer del Mar donde pasaron, como reza un cartel, sus primeros días Frédéric Chopin y George Sand al llegar a la isla.