Si arde el cielo,
retén del horizonte
el cristal de la noche
que abre la voz del aire,
la llama infranqueable
en torno a lo inocente.
Donde el musgo persiste,
en los ojos del bosque,
la danza de los peces
y el pulso de las fuentes
responden al destello
de la vida al dormirse.
sábado, 8 de abril de 2017
sábado, 1 de abril de 2017
Carta abierta
homenaje a Anne Perrier
Frente a tus ojos,
la moneda de oro
que se disuelve en nada,
el valor de una imagen
avivada en su calma.
En lo que tú me des
sin que yo te lo pida
-el sencillo presente
de unas manos abiertas-
trazaré la hora y senda
por donde se recoja
la tarde demorada
como una certidumbre,
por donde se recoja
la tarde demorada
como una certidumbre,
la voz de esa vivencia
en las formas que alumbra.
Sin falta de más cosas.
Una silla, la calle,
el frescor de ese caño
cercano que te alivia.
Como una ofrenda pobre
o una verdad sin lucha,
la dicha era posible
ante ti, sin palabras,
como el que corta el pan
con la mano y te mira
y su parte te entrega.
Sin falta de más cosas.
Una silla, la calle,
el frescor de ese caño
cercano que te alivia.
Como una ofrenda pobre
o una verdad sin lucha,
la dicha era posible
ante ti, sin palabras,
como el que corta el pan
con la mano y te mira
y su parte te entrega.
sábado, 25 de marzo de 2017
Visita a Yuste
Sobre la nieve
el trino estremecido
de los cerezos.
Al pie de Yuste
la mirada se ahonda
a ras del agua.
De aquel estanque
los nombres más queridos
al aire emergen.
Sientes con ellos
la misión y el alcance
de sus palabras.
No cabe olvido
ante el pie de una niña
frente a la historia.
Un ave helada
regala la armonía
de cada nota.
Silencio blanco
en torno del retiro
del monasterio.
Dentro, en la piedra,
el humo de las horas
y la penumbra.
el trino estremecido
de los cerezos.
Al pie de Yuste
la mirada se ahonda
a ras del agua.
De aquel estanque
los nombres más queridos
al aire emergen.
Sientes con ellos
la misión y el alcance
de sus palabras.
No cabe olvido
ante el pie de una niña
frente a la historia.
Un ave helada
regala la armonía
de cada nota.
Silencio blanco
en torno del retiro
del monasterio.
Dentro, en la piedra,
el humo de las horas
y la penumbra.
* (El jueves, mi amiga Carmen Fernández-Daza colgó en su perfil de FB un vídeo de la Academia Europea de Yuste en el que nevaba sobre el Monasterio Jerónimo, a la vez que se oía, brillante, el canto de los pájaros. Esta semana, la nieve de marzo envolvió los cerezos de la Vera y el Jerte, que fueron mi escenario por tres cursos en los que enseñé, si sé algo, a los alumnos de Jaraíz, o pude estar con ellos, que no es poco. La imagen invitaba a esbozar un haiku de inmediato. He aprendido que visitamos los lugares del mundo, especialmente si hemos vivido en ellos física o espiritualmente, a través de los ojos y las palabras de los amigos que de nuevo lo cuentan. En este poema, Carmen, que en Granada es huerta, viña, jardín, espacio cultivado para el gozo del hombre y de la naturaleza, pisa la entrada a Yuste en un día como este y ante el agua del estanque revive la memoria -casi presencia a veces- de los seres queridos que nos vuelven y sin nombrar evoco. Me refiero a su padre y a Santiago Castelo. Sé del valor de ambos para ella. Y de su permanencia. No sabía que la vida iba a hacer coincidir la escritura de este poema con el aniversario del primero. Siga nevando el canto de los sabios en los ojos que suelen retirarse a esta flor del silencio.)
domingo, 19 de febrero de 2017
Atardecer
Temblor de la memoria
al huir del olvido.
La materia del aire
se revela al perderse.
Cada reflejo mueve
como el humo unas claves.
Un surtidor de alas
donde el viento reside.
Figura del aliento
de una danza volátil.
No hay rastro del hechizo
tras cruzar los cometas.
Ni curso transparente
camino de la nieve.
Pero sí de una tarde
similar a frutales.
En mis ojos la noche
da cabida a estas luces,
al color del ocaso
sobre la piel que duerme.
La materia del aire
se revela al perderse.
Cada reflejo mueve
como el humo unas claves.
Un surtidor de alas
donde el viento reside.
Figura del aliento
de una danza volátil.
No hay rastro del hechizo
tras cruzar los cometas.
Ni curso transparente
camino de la nieve.
Pero sí de una tarde
similar a frutales.
En mis ojos la noche
da cabida a estas luces,
al color del ocaso
sobre la piel que duerme.
sábado, 11 de febrero de 2017
Ruibayat
¿Quién
dijo que la pasión había de durar? La pasión nos llama a arder, no
a durar en el tiempo. Coge esa vela que te tienden y consúmela.
Después, muere.
Cristina Requejo
Arde en la llama que se extiende y muere.
Que la pasión describa en su ceniza
el tacto irreversible al descalzarse.
Que en sus repliegues testimonie el cuerpo
la memoria del rayo sobre las ramas de la noche,
el fulgor de los límites en la hierba sin marcas
que al gemir estremece la raíz de la tierra,
la luna que desvía su órbita al oírte.
Deja el frío que deshace aromas y señales
y perdido en el aire no conduce a los cauces,
pues confundido busca y sobre el polvo vuelca
lo que ululante araña y derrotado huye.
En cambio, tú, que sin saberlo ardes,
Deja el frío que deshace aromas y señales
y perdido en el aire no conduce a los cauces,
pues confundido busca y sobre el polvo vuelca
lo que ululante araña y derrotado huye.
En cambio, tú, que sin saberlo ardes,
quema como el que olvida en los cristales
el sueño calcinante de quien deslumbra y hiere.
jueves, 2 de febrero de 2017
Canción de tarde
(homenaje a Manuel y Antonio Machado)
Crucé la orilla
de un murmullo de flores
tras una verja.
Allí el silencio
del violín de las nubes
sobre la seda.
Mi sed sentía
a la sombra del agua
la transparencia
de los colores
ágiles en la brisa
junto a la hiedra.
La celosía
que entremezcla y desvela
una silueta.
Cielo y alondra
para mi calle blanca,
que voy de vuelta.
El tiempo espera
de la imagen dormida
su aroma y huella.
Crucé la orilla
de un murmullo de flores
tras una verja.
Allí el silencio
del violín de las nubes
sobre la seda.
Mi sed sentía
a la sombra del agua
la transparencia
de los colores
ágiles en la brisa
junto a la hiedra.
La celosía
que entremezcla y desvela
una silueta.
Cielo y alondra
para mi calle blanca,
que voy de vuelta.
El tiempo espera
de la imagen dormida
su aroma y huella.
* (Estaba en los propósitos del blog: jugar con las palabras. Y es así como surgió este poema, tras un paseo nocturno de los que limpian -no me rodea más que naturaleza-, al hilo de unas resonancias sevillanas. Hoy dos de febrero cumple años un exquisito y querido amigo para no pocos paisanos. Vaya el brindis para Juan Ricardo Montaña y, de paso, para Carmen Fernández-Daza, tan valiosa y presente, que disfrutaron del borrador de este poema pese a mi pretensión de condenarlo a las tinieblas. Ellos saben mejor, que el sur lo tienen cerca. Y yo me he de fiar, diablo.)
viernes, 6 de enero de 2017
Cruzo un parque
Ahora tienes un sol en cada mano:
la hija que te lleva,
la luz por compañía
de un paseo tras la niebla
en medio del invierno de Castilla.
Entre hojas caídas del otoño
la mañana de enero te concede
la brisa blanca, el frío que amontona
lo extenso de esta tierra
que es altura.
Enfrente al sol le cuesta
levantar su color, y su fogata
se aferra a los cristales
de humedad de las hojas y el sendero
donde el rocío perdura.
Ligero se respira lo vivido.
Limpia profundidad helada
invade tras el vaho con que miras
el prisma de las horas
que no templan.
El camino conduce
a un espacio más amplio
-el río y los pinares-
donde comienzan las afueras.
Ves la gente que pasa con la bolsa
del pan y al cruzar se saludan
en calles que conoces por vividas.
Mientras vuelves,
el día extiende al aire
unos cielos intactos
como velas de un mar que en la meseta
anclan la claridad de esta llanura.
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