domingo, 6 de marzo de 2022

Te percibo en el aire

La brisa configura
al moverse tu nombre.
Las palabras recuerdan, 
como el agua, su origen.
Y lo mismo que el agua,
las palabras se impregnan
de aquel que las invoca.
Como somos resuenan.
En ellas todo cabe, 
pero eliges tu forma.
Una dulce mirada 
las hace diferentes,
una sabia manera 
de acoger lo que dicen.


* (Sin duda lo que tiene más valor en nosotros suele ser lo que existe de un modo espontáneo y sentido. Nos atrae lo que sin ningún esfuerzo genera en lo que hacemos un impulso o una profundidad intuida latente desde lejos e interna, o nos reconcilia con esa serenidad y disfrute del presente en sus cosas, o nos acerca al origen del devenir que somos. Y eso, a partir del diálogo con los elementos concretos de cada día vivido. Trabajando hace tiempo en un proyecto sobre alguien querido y siempre vivo, estos versos recrean algunas referencias en las que con frecuencia me acojo y me siento confortado. Como el regalo con que quedaron grabados los varios momentos compartidos, su modulada voz indeclinable y su modo de ofrecer las palabras como si no pesaran a la hora de mencionar el mundo y al hacerlo, a sí mismo. Hablaba de un amigo.)  
  
La luna sobre Artá. Els Pujols, 9 de enero de 2022
 

jueves, 17 de febrero de 2022

Tras el vuelo

Un árbol seco
sostiene intacto un nido
abandonado.

En él sabemos
lo que el cielo concede
a nuestro paso.

Claridad, nubes,
el perfil a lo lejos
de una montaña.

Ahora delante
el cóncavo silencio
de la materia.
  

lunes, 24 de enero de 2022

Atardecer

Despega un ave
de la rama en que estaba,
pero ¿quién vuela?

La lluvia imita
el trino de los bosques
al caer a tierra.

Todo es aroma
en la altura afilada
de una semilla.

Era la música
los colores del aire
a ras del agua.

Baja desnuda
la umbría que se impregna
en las cortezas.


* (Hay varios cauces de escritura, desde el poema breve al más largo y discursivo, pasando por otros de longitud intermedia. Y cada uno implica su diferente intensidad y trazado. El hecho de escribir, más que una seguridad conlleva una extrañeza y una sensación de posible zozobra de conseguir o no el poema en sucesivos instantes de su ejecutoria. La voluntad de querer salvar un texto de sus momentos de inconsistencia es un ejercicio de aprendizaje continuo, sin el cual no se llegaría a ningún sitio, ni siquiera a merodear la condición de escritor. Porque escribir es aceptar el riesgo de generar algo nuevo desde el vacío inicial e imprevisible, al menos en poesía, donde para el arranque nada vale el oficio. 

El poema de la entrada anterior, Lugares donde hallarse, quiso reflejar una realidad y reflexión desde los elementos naturales de un paraje arbolado cuya cualidad y retiro tengo cerca. Este poema en haikus, Atardecer, fue escrito poco después queriendo partir de la misma experiencia y de un similar arranque: la imagen, atendida también por otros autores, del momento en que un ave alza el vuelo al desprenderse de una rama con la consiguiente cuestión: hasta qué punto ave y rama eran, sostenido en el aire, lo mismo o si ambos, por imitar el aire, eran la manifestación de ese deseo de profundidad de lo alto. Escritos uno a continuación de otro, aquí quedaron ambos modos de resolver en distinta medida un apunte poético).

  autor de la fotografía: Lonelyshrimp, en flickr

jueves, 6 de enero de 2022

Lugares donde hallarse

Árbol, pájaro, 
espejo quién de quién,
sereno en soledad, casi en despegue, 
dónde
comienza cada cuál,
el vuelo verde, el raudo desplegar
la claridad, la ingravidez donde el día y la noche
se suceden y laten
como una oscilación entre las alas,
el canto perdurable
y a la vez no escuchado
de la brisa y los cauces
que escalan dando cúpula al ramaje,
cuando el testigo es nadie más
que el bosque mismo a solas en silencio
y el ámbito del aire
sobre el polen y el musgo
que desde tierra crece.
Ves un tronco sereno 
que al elevarse nos sostiene
en este espacio de resurgimiento
donde el humus renace
y era respiración internarse en su fronda,
o leve amor rodar por la ladera
de inclinada hojarasca donde roza la luz
entreverada en hojas de la cumbre.
Un aullido a la noche
resuena en el espacio inabarcable
a donde hemos venido a recalar
desde la travesía persistente
que empuja por encima de nosotros
incluso en la espesura de espejismos
de las horas sin norte. Y como un barco
viejo en su trajín y su velamen,
acude nuestro paso tierra adentro
a esta ensenada libre 
a recobrar las luces y el sentido 
material del reposo.
En donde el mástil desgastado siente necesidad
de brotar como antaño y una rama
tendida hacia nosotros nos concede
en el brillo variable y germinal
del rocío ante los ojos
el brocal del reflejo del cielo entre las nubes.
No otro lecho
que el del cuenco de paz
del sonido del tiempo al caer suavemente
de nuevo sin distancias, en mitad del origen.






* (Hay poemas nacidos a medias de la siempre inspirada lectura, como en este caso ha sido acercarse a los que configuran el Jardín botánico de Federico Gallego Ripoll -Libros de la Errantía, 2021- y la cotidiana visita a estos lugares intactos de los que se regresa cambiado por lo impecable y diáfano de su limpia experiencia).

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Es piel que huye

Vuela un vilano
sobre el río que pasa
y lo desconoce.

Tras él las nubes
al cruzar sobre un cauce
no permanecen.

Pido a la vida
que me mire a los ojos
sólo un instante.

Tanto que corre
que el soplo de su aliento
es piel que huye.


* (La mecánica del blog me condujo a titular cada uno de los poemas subidos desde su comienzo. Hasta entonces, su presencia era algo ocasional y más bien escaso. Pero ese requisito de nombrar cada entrada de un modo distintivo supuso una vuelta de tuerca favorable para la creatividad. Hasta el punto de convertirse en parte de la arquitectura del poema acabado, cuyo equilibrio y estructura final pasaba por esa palabra o mención preferentemente nominal convertida en parte inseparable del conjunto al dar señal de él antecediéndolo. El título no podía ser redundante o banal. A veces surgía por contraste, por asociación, por complementariedad, permitía introducir un elemento más allá de lo dicho en el texto y aportar una resonancia personal o ampliada a quien fuera a leerlo. 

Los lectores y amigos más de una vez han contribuido a fijar un poema al devolverme la sensación exterior de algo aún en marcha. Este poema, surgido al escribir una dedicatoria de Entorno claro guardaba varias posibilidades para ser titulado. Consulté a mi señor don Antonio, mi maestro en jaiquillas, la duda y el abanico de soluciones y por fidelidad a su ojo especialmente fino acepté titularlo como me sugirió con la expresión del verso último. Al igual que el patio de mi casa, mi señor don Antonio es particular y por ello capaz de convertir una nube que pasa en razón filosófica del cielo para que al trasluz de ella baje el matiz del color ese día deseado. O de convertir la impureza del barro en un rincón a salvo donde florezca libremente lo sin nombre y valioso. Hace tiempo descubrió con los lápices y rotuladores de uno de sus nietos que era capaz de dibujar como un druida travieso y a ello se dispuso en cuadernos donde guarda poemillas inéditos ilustrados que no transcienden más allá del salón de su casa. Lejos de poder visitarlo hace años, alguna vez recibo sus jaiquillas que matinalmente escribe cada día al levantarse, antes que raye el alba. Con su permiso comparto dos recientes. O cuento una de esas anécdotas de como la vida puede seguir siendo una aventura zascandil para quien nunca dejó seriamente de serlo sin necesidad de quitarse las zapatillas ni salir de casa. El último de sus artículos donde fustiga con humor la tiranía de lo fuliginoso, apareció en la edición en papel de El Mundo escrito por completo en latín. A saber cuáles fueron los duendes informáticos que quisieron que su dictamen se oyera desde la fuente de lo clásico. Ahí seguimos, por encima del frío, la seriedad y las tardes con viento. Y para quien guste, con el anís del mono y al brasero.)


jaiquillas con dibujo de Antonio Piedra

viernes, 26 de noviembre de 2021

Tanka para el recuerdo

Te llamo, Ángel,
desde Campos de lluvia
y un claro Pámpano.

Susurro ante los montes
que no supe perderte.
  
 
* (Ayer, 25 de noviembre, cada año no pocos de sus amigos mitigamos su ausencia teniéndolo presente y volviendo a releer sus poemas. En las redes sociales, desde el día anterior, fui encontrando señales de quienes fueron sus amigos coetáneos, otros lectores fieles en difundir sus versos, y de jóvenes autores que a falta de tratarlo lo leyeron tras su muerte, con citas - por abrazar el aire me he acercado hasta aquí - y palabras de afecto renovando lo íntimo. Miguel Ángel Lama quiso decirlo de este modo que al verlo a medianoche me sorprendió. Inesperadas correspondencias para este 25. Y al responderle, este tanka contenía su nombre. ACP poseía el don de entender lo que en la literatura sucede. No sólo lo ejerció; como el guardián del fuego que quería trasmitirlo, no paró de inculcarnos su querencia por la hermosa tarea del creador: Anterior al oficio del que escribe / las cosas no existían. Y así hacerlo de todos.)




jueves, 4 de noviembre de 2021

Un pájaro en su vuelo

Trazo el aire,
la nada me sostiene.
Lo que cruzo sucede
con la facilidad de respirar.
Mis alas me conducen 
porque el cielo conocen
y nada pesa, impide
lo veloz que se funde
en la profundidad
de la luz sin señales
que hieran, rompan, hielen.
Quién pudiera llegar
al espacio o lugar
que presiente y no sabe
cómo volverlo a ver
o dónde nace.
Y en el que todo vuelo alcanza el vuelo
y la sed y la fuente se diluyen
sin dolor al fundirse
en el mismo destello de brillo y soledad
por el que el día resuena y se nos abre.
Y como el orbe, un bosque
o un latido en la noche,
certeramente existe
y sin temblor
su aliento cuando mira,
igual que el ciervo brama 
o la montaña se oye,
detiene la tiniebla que ocultaba a la muerte.


     fotografía de Mingta Li de la serie Dark Eyed Junco Flying in Snow 
     Y el poema es para Isabel Jimeno, en su pulso vital y zambraniano.