Crucé la orilla
de un murmullo de flores
tras una verja.
Allí el silencio
del violín de las nubes
sobre la seda.
Mi sed sentía
a la sombra del agua
la transparencia
de los colores
ágiles en la brisa
junto a la hiedra.
La celosía
que entremezcla y desvela
una silueta.
Cielo y alondra
para mi calle blanca,
que voy de vuelta.
El tiempo espera
de la imagen dormida
su aroma y huella.
* (Estaba en los propósitos del blog: jugar con las palabras. Y es así como surgió este poema, tras un paseo nocturno de los que limpian -no me rodea más que naturaleza-, al hilo de unas resonancias sevillanas. Hoy dos de febrero cumple años un exquisito y querido amigo para no pocos paisanos. Vaya el brindis para Juan Ricardo Montaña y, de paso, para Carmen Fernández-Daza, tan valiosa y presente, que disfrutaron del borrador de este poema pese a mi pretensión de condenarlo a las tinieblas. Ellos saben mejor, que el sur lo tienen cerca. Y yo me he de fiar, diablo.)