desde Campos de lluvia
y un claro Pámpano.
Susurro ante los montes
que no supe perderte.
Estas paredes me conocen.
He pasado un tercio de mi vida
entre ellas con vosotros.
Y al final veo al irme
el valor de un esfuerzo
sostenido en los años
con la suma de muchos.
La luz que ahora nos entra
habita de otro modo
al igual que se abre
la flor en su momento
y su aroma despierta
un sentido profundo.
Reviso en mi memoria
los colores del aire,
su matinal reflejo
cada día en el trabajo
y el rumor de las voces
al desplegar el mundo
a través de los nombres
que nos llevan más lejos
o adentro del asombro.
Va conmigo la imagen
del paso de las horas
al pie de esta ladera
que yo hubiera poblado
de árboles y el sonido
que antecede a la lluvia
y el vuelo de las aves.
Encuentro en este entorno
que he dejado algo hermoso:
me voy porque me quedo,
me llevo lo que es vuestro.
Pude ser en las clases
de nuevo otra vez niño,
joven adolescente
sonriente e inquieto.
Mi edad no la conozco,
ha crecido entre libros,
cuadernos y los ojos
que me atendían en clase.
Compartí, he aprendido.
Seguiría escuchándoos.
La riqueza más grande
que dejo en estas aulas
es el pulso de muchos
compañeros y alumnos,
las palabras de aliento,
el corazón que aprende
a que puede hacer algo.
Decidme que fue hermoso
abrir algún camino,
enseñar que el diálogo
no limita los sueños.
Dejadme que os recuerde.
Cada día comienza
y es bello descubrirlo.
Estaré ahora leyendo
los días desde otro sitio,
al lado de esta tierra,
su color y sus frutos.
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